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Opinión

Escenas de la vida postmoderna: El Cóndor Rojas y la postdictadura

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Los sucesos del fútbol (con la trampa del arquero patriota, el llamado Cóndor Rojas) fue el rito fundante de la viscosa transición chilena a la democracia. Era un tiempo donde Aylwin, Büchi y Errázuriz estaban largados a la competencia electoral. Con todo, y de modo premonitorio, por aquellos días se comenzaba a fraguar el más eficiente mecanismo deshistorizante para un «Chile dócil» por medio del «simulacro».


                                                                                              a los marxistas de siempre.

Transcurría el año 1989 y nuestro valle se preparaba para ingresar a la “democracia pactada” y cumplir el mandato del mundo informacional -léase espectacularizante- interrumpiendo la estructura narrativa del tiempo histórico. El cumulo de imágenes terciarias, untadas en memorias comerciales presagiaban la miseria cognitiva que la coalición del arcoíris -Tironi/Correa- debía administrar. Todo el tren del progreso implicaba fragmentar la vida cotidiana en escenas de fugacidad, desmemoria y consumo.

En Brasil, en el contexto de una eliminatoria para el mundial de Italia 90’, la selección chilena apeló a la metáfora de la “mano negra”: una herida patriótica auto-infligida por un futbolista dejó al descubierto la lepra heredada de una oligarquía rentista -abstracto-financiera- que posteriormente fue sancionada ante la comunidad internacional. En lo doméstico ello estaba agudizado por la irá parroquial contra las instituciones eurocéntricas, combinando la rabia periférica, el nacionalismo catolicista y la saturación mediática.

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Por esos años la Confederación y la FIFA eran los enemigos de turno. Bajo la metáfora de un pueblo homogéneo-oligarquizante, la confabulación se puso en marcha y contempló diversas hebras, personajes lúgubres, corporativismos travestidos, agencias mediáticas y maridajes espurios que auguraban el colofón de la post-dictadura. Las falsas lealtades del equipo, los sofismas de los médicos ante el escándalo (Maracanazo), las militancias serviles hacia el régimen, la obsecuencia de los dirigentes, la información sesgada de los medios, fueron los hitos fundantes de la “democracia carnavalesca” (1990). Ello incluye al utilero de aquella selección que recién el año 2019 -coincidente con la revuelta nómade- sugirió nuevos nombres enlodados en la trama del «maracanazo»: hito fundante del Chile de la post-dictadura. Y sí, todos estuvieron confabulados en una trama de clandestinajes.

Una secuencia de transgresiones e impensadas bastardías -en la cita en 1989- solo podían ser retratadas por un mecanismo espectacularizante. Aquí concurrieron sucesos ruines, pueriles, propios de un clima sedicioso -herencia del golpismo republicano- como sala de parto del partido matinal y pivote de la “política de los consensos”. Todo conjuraba en favor de la anulación de cualquier público articulado y un travestismo infinito de los hábitos perceptivos. Al mismo tiempo el imperativo de asistir al sacerdocio de la FIFA en interminables caravanas (“primer mundo de la futura OECD”) e higienizar a las elites ensombrecidas por el botín estatal, presagiaba un frenético «credencialismo globalizador» que debía establecer una comunicación basada en fragmentos y unidades aisladas para diluir el tiempo histórico y sus ideologías.

En suma, los sucesos del fútbol (con la trampa del arquero patriota, el llamado Cóndor Rojas) fue el rito fundante de la viscosa transición chilena a la democracia. Era un tiempo donde Aylwin, Büchi y Errázuriz estaban largados a la competencia electoral. Con todo, y de modo premonitorio, por aquellos días se comenzaba a fraguar el más eficiente mecanismo deshistorizante para un «Chile dócil» por medio del «simulacro». Hay que subrayarlo; los matinales han sido el partido político más efectivo a la hora de producir un pueblo pedagógico-hacendal por la vía de una democracia audiovisual. El tiempo atomizado abrió una nueva economía cultural, a saber, una comunicación discontinua -hermafrodita- donde no hay nada que pueda religar los acontecimientos en un relato. El tiempo informacional representó un golpe a la lengua que abjuró de toda ética de la comunidad. Hoy se ha intensificado el desmoronamiento de las relatorías sociales que antes proporcionaban continuidad, duración y horizontes de sentido.

Lo anterior supone dos simulacros. De un lado, y con pobreza franciscana, el «caso Rojas» develó un descontrol de metas y arribismos modernizantes. Luego se precipitó una lepra arribista para los años venideros. Emprendedores fue el termino instruido por elites sin destino. Y, de otro, el matinal post 90’ se instauró como el más fiel exponente del Aylwinismo y un ritualismo purificante para consumar una mutación antropológica: el llanto de la unidad nacional fue la liturgia de aquellos años.

De tal modo, el arcoíris con su estribillo «Chile, la alegría ya viene» fue la perpetuación inquebrantable del axioma clasemediero destinado a desplegar la modernización como un eje de la comunicación neoliberal. El matinal oligárquico-pinochetista,  de alta concentración mediática, fue concebido para masificar los simulacros múltiples. La disputa por la comunicación virtual fue la batalla -del día a día- por preservar la acumulación originaria de capital y domesticar la violencia fáctica de la acumulación. Nuestra oligarquía nunca ha tolerado la comunicación fluida que comprometía la mayordormía modernizante encarnada en la dupla Tironi-Correa.

El nuevo formato televisivo se consagró a fragilizar lo público, evitando la deliberación política, administrando la separación incremental del chileno con el sistema de partidos, impulsando las memorias fugitivas de la cibercultura. En suma, llegó el turno de un pinochetismo coral, que limitaba los disensos a la diferencia turística y reorganizaba las memorias insípidas en una clave testimonial en materias de DDHH. El matinal fue el recurso espectacularizante que mejor supo domiciliar los mapas de existencia bajo la dominante neoliberal. Una intensificación de los “contratos de temporalidad” donde las redes sociales devinieron en un “tiempo informacional” (no lineal) que se opone al “tiempo histórico”.

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Todo migró en la intimidad pública del populismo medial: Tonka Tomicic y el catolicismo liberal. Camiroaga, el bacheletismo sodomizador y un progresismo de derechas fue la estética anestesiante para el imaginario popular. Matamala como un demócrata del grupo Turner. Julito Cesar en su afán carnavalesco manosea la marginalidad urbana de la revuelta derogante (2019) como un “ahora de la segmentación” (discontinuidad) -sin horizontes de integración social. Julito administra la simbolicidad de los oprimidos. Lejos de las tropelías de un partido político, el matinal capturó los lenguajes del progreso y fue capaz de ambientar la estridencia del consumo, la codiciosa del acceso Piñerista, ofertando una semántica del reconocimiento para la glotonería de los grupos medios.

No es casual que cuando el padrón electoral comenzó a caer, a mediados de los 2000’, el formato televisivo mediatizaba malestares y consolidaba el control de la vida cotidiana. Y así quedaba consumada una coreografía hedonista que prometía estilos de vida, consoladores de boutique, objetos  psiquiátricos, aspiraciones gerenciales y accesos simbólicos, desplazando los lenguajes de la disidencia. Toda la épica se centraba en consumar la iconografía hedonista del emprendizaje. A poco andar, y con nuestra parroquia castigada ante la comunidad internacional, se agudizó el aislamiento y la vileza elitaria.

La frustración popular se extendió y eso fue revertido desde un incontrolable deseo de legitimidad que implicó transitar desde la FIFA a los paraísos galácticos (OCDE) exaltando de modo muy creativo el «milagro chileno» (PIB). La consigna fue erradicar la endogamia -la marginalidad pordiosera- y las elites (gente con dinero) en un movimiento populista apoyaron la masificación de los servicios. Y así, nuestra plebeyización, reflejada en el «Chile de Huachos» (40% de pobreza en 1989) debía migrar por la vía crediticia, moderando las «poblaciones callampas» y recreando inéditas formas de pipiolaje digital, segregación urbana e indigencia simbólica que hoy son la prueba de fuego para el pacto Apruebo/Dignidad.

En este contexto el matinal dejó de ser un programa marginal al estilo «Cocinando con Mónica», Jorge Rencoret o Pepe Guixé -los rostros autoritarios de los años 80’-como emblemas de un mundo gris y misógino. Y así transitamos hacia figuras de alta mediatización.

El matinal (pos)transitólogico, higienizador de antagonismos, como el dispositivo más flexible, fluido y eficiente para domesticar la vida cotidiana escenificando aquello que el coro transicional sentenció: la convivencia centrada en un historial de felaciones entre viejos militantes de izquierda, grupos de presión, conversos y guionistas del marketing, reyezuelos de la edición, políticos, civiles y funcionarios de la Dictadura, cincelando el fetiche del capitalismo alegre. Y cabe admitirlo: el territorio virtual del matinal estableció la perfomance de los consumos culturales. Contra todo pronóstico este formato ha logrado sobrevivir al viejo mundo que la revuelta (2019) vino a emplazar. En suma, aún funciona -aunque a menor escala- aquel formato que ayudó colonizar por más de dos décadas el sentido común, so pena de que fue radicalmente denunciado por el «movimiento octubrista» (2019).

Contra la ola negra que representó la revuelta se ha desplegado un nuevo rectorado visual que -pese al estallido- aún controla el relato medial, sobreviviendo a su propia destrucción, cuando el movimiento de calle condenó su régimen de desigualdades, clasismos e injusticias cognitivas. El matinal sobrevivió a su propia derogación el 2019. Un formato lleno de silogismos de orden y trampas visuales, capaz de tornar prevalente un orden semiótico de una eficiencia neutralizante para aquietar toda insurgencia o imaginación política. Más allá del aluvión de las redes sociales, comunicación memética y su combustible, la participación ciudadana fue desplazada por el raiting.

Lo popular fue sometido a una despopularización, lo social fue transado por lo estadístico. La gobernanza cedió a una economía mediática y pacificadora de los antagonismos. Por su parte los grupos medios henchidos en la vulgaridad consumista el 2011 decidieron marchar ante el estupor de la pobreza.   Todo esto es parte de la época de la nueva cultura digital que nos anuncia la llegada de la comunicación cibernética. Con todo, algunos críticos no interrogan la ferocidad de la época, e insisten en denunciar la tragedia imaginal del pacto Apruebo/dignidad. Quizá es la hora para que el nuevo progresismo pueda implementar una nueva política comunicacional y rompa el eterno luto de la comunicación oligaquizante.

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Al Trizano 312, Temuco

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El palco de Ximena Rincón: Una reflexión sobre su cómoda y fracasada generación

En las palabras de Ximena Rincón no sólo podemos leer cierto regocijo con lo incierto que será el futuro inmediato de quienes nos gobernarán; también podemos ver la frustración de los que esperaron que les entregaran el bastón de mando, mientras éste ya había sido arrancado de las manos de sus superiores por una generación menor.

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Esta semana, debido a un descuido con un micrófono, se conoció públicamente una opinión de la presidenta del Senado, Ximena Rincón, respecto al escenario que legislativo que le tocará al gobierno entrante. Con tono burlesco, la senadora señaló que lo que le viene a la nueva administración no es nada fácil, y ella tomará palco.

Una vez que este comentario comenzó a ser desmenuzado en las redes sociales, Rincón le bajó el perfil a lo dicho y le dio otro tono al original. Luego, al día siguiente, al lado del presidente electo en Enade, hizo como si nada hubiera pasado, y dio un discurso en el que trataba de abordar el tema con cierta gracia.

Pero más allá de lo que esto pudo causar en los pasillos del centro de operaciones de quienes entrarán a La Moneda el próximo 11 de marzo, sería bueno detenerse en la generación que representa la militante DC y sus intentos de ser parte importante de la historia reciente de Chile.

Ella, como muchos, es parte de quienes crecieron al alero concertacionista y se enamoraron de las oportunidades que sus padres políticos les dieron para usar uno que otro cargo de importancia, sin nunca ser realmente importantes ni tomar grandes decisiones sobre la democracia o el modelo económico. Ellos eran los hijos, los que esperaban que los viejos y fatigados héroes dieran su brazo a torcer y entregaran el poder.

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No importa cuán al interior estés de la máquina, o cuánto camino hayas recorrido, porque el poder no se cede, no se hereda; en cambio, se le arrebata a quienes no quieren soltarlo. Y esa es una dura enseñanza que tanto ella como sus pares han aprendido con la llegada del Frente Amplio al Ejecutivo.

Admitámoslo, no ha sido un tiempo fácil para Rincón, quien, a diferencia de lo que cree, nunca ha dejado ese palco del que habla burlescamente. Ha estado sentada en él durante décadas, mirando la historia pasar, esperando ese minuto en que su partido entienda que ella es una líder. Esto, claramente no ha ocurrido; sus intentos de experiencias presidenciales no han tenido éxito. Siempre sucede algo. Y lo más reciente fue cuando la reemplazaron por una, entonces, popular Yasna Provoste, quien, a pesar de tener una edad parecida, no pertenecía a la misma generación política.

En lo expuesto podemos encontrar razones para entender las diferencias entre sus acciones públicas y sus pensamientos privados, cuestión que, aunque muchos se escandalicen, pasa bastante en la política y entre los políticos; y, si extremamos el argumento, también en las relaciones cotidianas del ciudadano con su entorno, con el otro.

En las palabras de Ximena Rincón no sólo podemos leer cierto regocijo con lo incierto que será el futuro inmediato de quienes nos gobernarán; también podemos ver la frustración de los que esperaron que les entregaran el bastón de mando, mientras éste ya había sido arrancado de las manos de sus superiores por una generación menor.

Por lo tanto, ese palco no es nada para enorgullecerse, mientras haya otros que hagan la historia que ellos no pudieron hacer por comodidad y miedo.

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¿Hasta cuándo ANID financia a investigadores con comprobadas faltas a la ética?

Es preciso destacar que la principal responsabilidad ética de este engranaje de malas prácticas recae sobre el investigador Claudio Hetz, sin embargo, también involucra a la universidad patrocinante, pues el actuar de la Universidad de Chile en este caso es a lo menos cuestionable.

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Quiero abordar una crítica desde las ciencias sociales al financiamiento público de la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID) a investigadores con comprobadas faltas a la ética como es el caso del académico de la Universidad de Chile Claudio Hetz.

El caso de Claudio Hetz es paradigmático en varios sentidos. Por una parte, la soberbia y la falta de autocrítica del investigador es escandalosa, pues a pesar de haber reconocido la adulteración de imágenes en sus papers y además haber sido cuestionado en una veintena de publicaciones científicas por inclusive una experta mundial en fraudes científicos como es Elisabeth Bik, igualmente se presenta para competir por fondos públicos para financiar sus investigaciones (Interferencia, 2022).

Y, por otra parte, es paradigmático porque la misma casa de estudios a la que pertenece Hetz y que lo investigó por faltas a la ética, comprobando la veracidad de estas acusaciones, al mismo tiempo, le prestó patrocinio institucional para postular al concurso Fondecyt Regular 2022, del cual hoy es uno de los investigadores con proyecto adjudicado.

Es preciso destacar que la principal responsabilidad ética de este engranaje de malas prácticas recae sobre el investigador Claudio Hetz, sin embargo, también involucra a la universidad patrocinante, pues el actuar de la Universidad de Chile en este caso es a lo menos cuestionable.

A pesar de lo anterior, me parece que más allá de la controversia con la institución patrocinante, es necesario cuestionar el rol de ANID en el financiamiento de proyectos de investigación.

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Hay un listado de aspectos que el Ministerio de Ciencias, Tecnología, Conocimiento e Innovación debe abordar con seriedad durante este nuevo trayecto político que nos convoca a través de la revuelta social y del proceso constitucional: nivelar las brechas de género existentes, abordar y proponer cambios sustentables en materia de implementación de nuevas tecnologías, hacerse cargo en términos de políticas públicas del financiamiento para el capital humano avanzado que forman y que luego queda eternamente cesante, en fin, el listado es largo y el desafío es enorme. Sin embargo, aquí a un punto central que atraviesa transversalmente la conversación científica y es la pregunta de ¿para qué se investiga?

En esa interrogante existe un imperativo ético que en el caso de Claudio Hetz se obvia sin mediar cuestionamiento, porque ¿qué pasa en otros casos, por ejemplo, cuando se investiga con seres humanos?  ¿Se puede consultar a distintas personas, comunidades o pueblos para obtener la información que queremos y luego repetirla sin diferenciar identidades, proyecciones futuras, modos de ser, prácticas cotidianas, etc.? ¿Y en esta repetición de resultados ganar fondos públicos, publicar papers, obtener patrocinios institucionales y hacerse reconocido como académico?

Mi crítica (y autocrítica por cierto, pues soy parte de este mundo académico) desde mi campo de estudio que son las ciencias sociales , es la necesidad de que la academia haga un reconocimiento al histórico rol colonial que ha sustentado en la obtención de datos y en el manejo de información y que dicho reconocimiento vaya de la mano con transformaciones en las prácticas éticas de investigación, para que se posibilite la construcción de una academia menos elitista que deje de absorber el conocimiento local para beneficio propio, sin generar metodologías y mecanismos que permitan una devolución equitativa de lo entregado por las comunidades (Tuhiwai, 1999). 

En este sentido es válido también preguntarse acerca de ¿cuál es la formación en ética de la investigación que imparten los programas de posgrados? ¿Cuán éticamente preparados salen a investigar los académicos/as en Chile? ¿Es una materia que les importa a las Universidades en la formación científica que ofrecen?

Mi impresión sobre este punto es que la ética en la investigación no es abordada con la seriedad que amerita y que más bien se trasforma en una temática subyacente, que se asume como sabida, pero que no se trabaja a un nivel institucional ni mucho menos desde un enfoque crítico-reflexivo del rol que la investigación puede y debe cumplir en los distintos ámbitos del desarrollo humano y científico.

Ahora bien, ninguno de estos argumentos es válido para el caso de Claudio Hetz. Nadie medianamente involucrado en temas científicos podría asumir que no sabía lo que estaba haciendo o que manipuló datos sin darse cuenta -a pesar de que la Universidad de Chile señale en su declaración pública de que el investigador no tuvo la intención de defraudar-.

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El tema pasa por ¿qué viene después de este escenario repetido en el tiempo? ¿Esto queda en simplemente la molestia de un sector de la comunidad científica? o bien podemos llegar a impulsar desde todos los ámbitos involucrados/as -sujetos de estudios, investigadores, ANID, rectores, universidades-, cambios significativos en materia de ética de la investigación para mejorar la calidad de la relación investigadores-sujetos/objetos de estudio y conocimiento?

Lo digo porque no puede ser que los estándares éticos del investigador/a no sean considerados al momento de adjudicar financiamiento público por parte de ANID. No puede ser que un académico tenga comprobadas faltas a la ética y a nadie le importe.

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Erika Martínez: Una alcaldesa de “Apruebo Dignidad” que se la juega por la probidad

En la comuna de San Miguel, a partir de la nueva administración municipal, se terminaron las artimañas especulativas para sacar ventajas comerciales con la explotación del recurso suelo urbano. ¿Será posible que se produzca un milagro para que en todas las municipalidades del país exista la probidad acreditada por la alcaldesa Martínez? 

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Durante la campaña electoral del año pasado para elegir alcaldes fuimos invitados a una reunión por ZOOM por el movimiento ciudadano de la comuna de San Miguel “No más edificios”, la que se realizó el 10 de mayo de 2021, ver link con la intervención activa de todos los candidatos, menos Luis Sanhueza, político miembro de Renovación Nacional (RN) que se repostulaba al cargo de alcalde. Dado que se iba a tratar un asunto relacionado con prácticas indebidas en el otorgamiento a la Fundación sin fines de lucro Ciudad del Niño, de 4 permisos de edificación por un total de 23 torres habitacionales en alturas de entre 14 y 23 pisos, las que él avaló, era lógico que se restara a participar en dicha reunión cibernética con sus contendientes. Quien ganó la elección fue la ingeniera civil, Erika Martínez, del Frente Amplio, conglomerado político que forma parte de “Apruebo Dignidad”.  

Los lectores deben saber que los terrenos en donde se otorgaron esos permisos, hace unos 70 años atrás, le fueron donados por el Estado a la aludida fundación sin fines de lucro, predios que, a partir del 25 de noviembre de 2016, con la publicación en el Diario Oficial del Plan Regulador (PRC), consideran alturas máximas de entre 5 y 10 pisos con densidades variables de entre 500 y 800 hab/ha. Debido a que la institucionalidad no ha aprobado un Estudio de Impacto Ambiental para estos invasivos proyectos ilegales las obras de los mismos no se han iniciado. 

En el ZOOM con los candidatos al cargo de alcalde quedó en evidencia que las extemporáneas fechas de los anteproyectos y permisos eran improcedentes y por ello, debido a que también se detectaron otras irregularidades en la tramitación de esos actos administrativos, se convino que la nueva autoridad municipal, quienquiera que fuera, con la certeza de que el alcalde en funciones, Luis Sanhueza, no podía ser reelecto, debía iniciar el procedimiento de invalidación de los 4 permisos, ello con el sano objetivo de que se cumpliera el marco regulatorio aplicable.  

Recientemente, el 6 de enero de 2022, se publica en el Diario Oficial el inicio del procedimiento de invalidación de los permisos contrarios a derecho números 32, 46, 68 y 69, todos del año 2019, ver link  con lo cual la alcaldesa Erika Martínez honró su palabra, aspecto poco habitual en este tipo de funciones dentro de la Administración del Estado, destacando en todo caso la férrea y terminante fiscalización ciudadana liderada por la vecina Tatiana Lizama del Movimiento “No más edificios” y el indispensable apoyo técnico de la competente arquitecta Gloria Flores.  

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Conclusión:

Ahora, los astutos empresarios de la Fundación Ciudad del Niño, los que intentaron pasar gato por liebre para vender en el mercado esos permisos en mayores precios, ello dadas sus encumbradas alturas, tienen 2 caminos a seguir: 1.- solicitar nuevos permisos de edificación respetando ahora la regulación urbanística más restrictiva de la comuna de San Miguel y 2.- interponer en la Corte de Apelaciones un recurso de protección en contra de la invalidación de los 4 permisos, aduciendo que tendría “derechos adquiridos de buena fe”, ardid recurrentemente empleado por quienes han intentado saltarse las reglas. Por otro lado, entendemos que el ex alcalde Sanhueza para ayudar al crecimiento demográfico de la nación, ya está ejerciendo su profesión de matrón en una clínica privada o en un hospital público de esta saturada megalópolis. 

Por lo descrito, está claro que, en la comuna de San Miguel, a partir de la nueva administración municipal, se terminaron las artimañas especulativas para sacar ventajas comerciales con la explotación del recurso suelo urbano. ¿Será posible que se produzca un milagro para que en todas las municipalidades del país exista la probidad acreditada por la alcaldesa Martínez?    

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