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Opinión

Erika Martínez: Una alcaldesa de “Apruebo Dignidad” que se la juega por la probidad

En la comuna de San Miguel, a partir de la nueva administración municipal, se terminaron las artimañas especulativas para sacar ventajas comerciales con la explotación del recurso suelo urbano. ¿Será posible que se produzca un milagro para que en todas las municipalidades del país exista la probidad acreditada por la alcaldesa Martínez? 

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Durante la campaña electoral del año pasado para elegir alcaldes fuimos invitados a una reunión por ZOOM por el movimiento ciudadano de la comuna de San Miguel “No más edificios”, la que se realizó el 10 de mayo de 2021, ver link con la intervención activa de todos los candidatos, menos Luis Sanhueza, político miembro de Renovación Nacional (RN) que se repostulaba al cargo de alcalde. Dado que se iba a tratar un asunto relacionado con prácticas indebidas en el otorgamiento a la Fundación sin fines de lucro Ciudad del Niño, de 4 permisos de edificación por un total de 23 torres habitacionales en alturas de entre 14 y 23 pisos, las que él avaló, era lógico que se restara a participar en dicha reunión cibernética con sus contendientes. Quien ganó la elección fue la ingeniera civil, Erika Martínez, del Frente Amplio, conglomerado político que forma parte de “Apruebo Dignidad”.  

Los lectores deben saber que los terrenos en donde se otorgaron esos permisos, hace unos 70 años atrás, le fueron donados por el Estado a la aludida fundación sin fines de lucro, predios que, a partir del 25 de noviembre de 2016, con la publicación en el Diario Oficial del Plan Regulador (PRC), consideran alturas máximas de entre 5 y 10 pisos con densidades variables de entre 500 y 800 hab/ha. Debido a que la institucionalidad no ha aprobado un Estudio de Impacto Ambiental para estos invasivos proyectos ilegales las obras de los mismos no se han iniciado. 

En el ZOOM con los candidatos al cargo de alcalde quedó en evidencia que las extemporáneas fechas de los anteproyectos y permisos eran improcedentes y por ello, debido a que también se detectaron otras irregularidades en la tramitación de esos actos administrativos, se convino que la nueva autoridad municipal, quienquiera que fuera, con la certeza de que el alcalde en funciones, Luis Sanhueza, no podía ser reelecto, debía iniciar el procedimiento de invalidación de los 4 permisos, ello con el sano objetivo de que se cumpliera el marco regulatorio aplicable.  

Recientemente, el 6 de enero de 2022, se publica en el Diario Oficial el inicio del procedimiento de invalidación de los permisos contrarios a derecho números 32, 46, 68 y 69, todos del año 2019, ver link  con lo cual la alcaldesa Erika Martínez honró su palabra, aspecto poco habitual en este tipo de funciones dentro de la Administración del Estado, destacando en todo caso la férrea y terminante fiscalización ciudadana liderada por la vecina Tatiana Lizama del Movimiento “No más edificios” y el indispensable apoyo técnico de la competente arquitecta Gloria Flores.  

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Conclusión:

Ahora, los astutos empresarios de la Fundación Ciudad del Niño, los que intentaron pasar gato por liebre para vender en el mercado esos permisos en mayores precios, ello dadas sus encumbradas alturas, tienen 2 caminos a seguir: 1.- solicitar nuevos permisos de edificación respetando ahora la regulación urbanística más restrictiva de la comuna de San Miguel y 2.- interponer en la Corte de Apelaciones un recurso de protección en contra de la invalidación de los 4 permisos, aduciendo que tendría “derechos adquiridos de buena fe”, ardid recurrentemente empleado por quienes han intentado saltarse las reglas. Por otro lado, entendemos que el ex alcalde Sanhueza para ayudar al crecimiento demográfico de la nación, ya está ejerciendo su profesión de matrón en una clínica privada o en un hospital público de esta saturada megalópolis. 

Por lo descrito, está claro que, en la comuna de San Miguel, a partir de la nueva administración municipal, se terminaron las artimañas especulativas para sacar ventajas comerciales con la explotación del recurso suelo urbano. ¿Será posible que se produzca un milagro para que en todas las municipalidades del país exista la probidad acreditada por la alcaldesa Martínez?    

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El palco de Ximena Rincón: Una reflexión sobre su cómoda y fracasada generación

En las palabras de Ximena Rincón no sólo podemos leer cierto regocijo con lo incierto que será el futuro inmediato de quienes nos gobernarán; también podemos ver la frustración de los que esperaron que les entregaran el bastón de mando, mientras éste ya había sido arrancado de las manos de sus superiores por una generación menor.

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Esta semana, debido a un descuido con un micrófono, se conoció públicamente una opinión de la presidenta del Senado, Ximena Rincón, respecto al escenario que legislativo que le tocará al gobierno entrante. Con tono burlesco, la senadora señaló que lo que le viene a la nueva administración no es nada fácil, y ella tomará palco.

Una vez que este comentario comenzó a ser desmenuzado en las redes sociales, Rincón le bajó el perfil a lo dicho y le dio otro tono al original. Luego, al día siguiente, al lado del presidente electo en Enade, hizo como si nada hubiera pasado, y dio un discurso en el que trataba de abordar el tema con cierta gracia.

Pero más allá de lo que esto pudo causar en los pasillos del centro de operaciones de quienes entrarán a La Moneda el próximo 11 de marzo, sería bueno detenerse en la generación que representa la militante DC y sus intentos de ser parte importante de la historia reciente de Chile.

Ella, como muchos, es parte de quienes crecieron al alero concertacionista y se enamoraron de las oportunidades que sus padres políticos les dieron para usar uno que otro cargo de importancia, sin nunca ser realmente importantes ni tomar grandes decisiones sobre la democracia o el modelo económico. Ellos eran los hijos, los que esperaban que los viejos y fatigados héroes dieran su brazo a torcer y entregaran el poder.

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No importa cuán al interior estés de la máquina, o cuánto camino hayas recorrido, porque el poder no se cede, no se hereda; en cambio, se le arrebata a quienes no quieren soltarlo. Y esa es una dura enseñanza que tanto ella como sus pares han aprendido con la llegada del Frente Amplio al Ejecutivo.

Admitámoslo, no ha sido un tiempo fácil para Rincón, quien, a diferencia de lo que cree, nunca ha dejado ese palco del que habla burlescamente. Ha estado sentada en él durante décadas, mirando la historia pasar, esperando ese minuto en que su partido entienda que ella es una líder. Esto, claramente no ha ocurrido; sus intentos de experiencias presidenciales no han tenido éxito. Siempre sucede algo. Y lo más reciente fue cuando la reemplazaron por una, entonces, popular Yasna Provoste, quien, a pesar de tener una edad parecida, no pertenecía a la misma generación política.

En lo expuesto podemos encontrar razones para entender las diferencias entre sus acciones públicas y sus pensamientos privados, cuestión que, aunque muchos se escandalicen, pasa bastante en la política y entre los políticos; y, si extremamos el argumento, también en las relaciones cotidianas del ciudadano con su entorno, con el otro.

En las palabras de Ximena Rincón no sólo podemos leer cierto regocijo con lo incierto que será el futuro inmediato de quienes nos gobernarán; también podemos ver la frustración de los que esperaron que les entregaran el bastón de mando, mientras éste ya había sido arrancado de las manos de sus superiores por una generación menor.

Por lo tanto, ese palco no es nada para enorgullecerse, mientras haya otros que hagan la historia que ellos no pudieron hacer por comodidad y miedo.

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Opinión

¿Hasta cuándo ANID financia a investigadores con comprobadas faltas a la ética?

Es preciso destacar que la principal responsabilidad ética de este engranaje de malas prácticas recae sobre el investigador Claudio Hetz, sin embargo, también involucra a la universidad patrocinante, pues el actuar de la Universidad de Chile en este caso es a lo menos cuestionable.

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Quiero abordar una crítica desde las ciencias sociales al financiamiento público de la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID) a investigadores con comprobadas faltas a la ética como es el caso del académico de la Universidad de Chile Claudio Hetz.

El caso de Claudio Hetz es paradigmático en varios sentidos. Por una parte, la soberbia y la falta de autocrítica del investigador es escandalosa, pues a pesar de haber reconocido la adulteración de imágenes en sus papers y además haber sido cuestionado en una veintena de publicaciones científicas por inclusive una experta mundial en fraudes científicos como es Elisabeth Bik, igualmente se presenta para competir por fondos públicos para financiar sus investigaciones (Interferencia, 2022).

Y, por otra parte, es paradigmático porque la misma casa de estudios a la que pertenece Hetz y que lo investigó por faltas a la ética, comprobando la veracidad de estas acusaciones, al mismo tiempo, le prestó patrocinio institucional para postular al concurso Fondecyt Regular 2022, del cual hoy es uno de los investigadores con proyecto adjudicado.

Es preciso destacar que la principal responsabilidad ética de este engranaje de malas prácticas recae sobre el investigador Claudio Hetz, sin embargo, también involucra a la universidad patrocinante, pues el actuar de la Universidad de Chile en este caso es a lo menos cuestionable.

A pesar de lo anterior, me parece que más allá de la controversia con la institución patrocinante, es necesario cuestionar el rol de ANID en el financiamiento de proyectos de investigación.

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Hay un listado de aspectos que el Ministerio de Ciencias, Tecnología, Conocimiento e Innovación debe abordar con seriedad durante este nuevo trayecto político que nos convoca a través de la revuelta social y del proceso constitucional: nivelar las brechas de género existentes, abordar y proponer cambios sustentables en materia de implementación de nuevas tecnologías, hacerse cargo en términos de políticas públicas del financiamiento para el capital humano avanzado que forman y que luego queda eternamente cesante, en fin, el listado es largo y el desafío es enorme. Sin embargo, aquí a un punto central que atraviesa transversalmente la conversación científica y es la pregunta de ¿para qué se investiga?

En esa interrogante existe un imperativo ético que en el caso de Claudio Hetz se obvia sin mediar cuestionamiento, porque ¿qué pasa en otros casos, por ejemplo, cuando se investiga con seres humanos?  ¿Se puede consultar a distintas personas, comunidades o pueblos para obtener la información que queremos y luego repetirla sin diferenciar identidades, proyecciones futuras, modos de ser, prácticas cotidianas, etc.? ¿Y en esta repetición de resultados ganar fondos públicos, publicar papers, obtener patrocinios institucionales y hacerse reconocido como académico?

Mi crítica (y autocrítica por cierto, pues soy parte de este mundo académico) desde mi campo de estudio que son las ciencias sociales , es la necesidad de que la academia haga un reconocimiento al histórico rol colonial que ha sustentado en la obtención de datos y en el manejo de información y que dicho reconocimiento vaya de la mano con transformaciones en las prácticas éticas de investigación, para que se posibilite la construcción de una academia menos elitista que deje de absorber el conocimiento local para beneficio propio, sin generar metodologías y mecanismos que permitan una devolución equitativa de lo entregado por las comunidades (Tuhiwai, 1999). 

En este sentido es válido también preguntarse acerca de ¿cuál es la formación en ética de la investigación que imparten los programas de posgrados? ¿Cuán éticamente preparados salen a investigar los académicos/as en Chile? ¿Es una materia que les importa a las Universidades en la formación científica que ofrecen?

Mi impresión sobre este punto es que la ética en la investigación no es abordada con la seriedad que amerita y que más bien se trasforma en una temática subyacente, que se asume como sabida, pero que no se trabaja a un nivel institucional ni mucho menos desde un enfoque crítico-reflexivo del rol que la investigación puede y debe cumplir en los distintos ámbitos del desarrollo humano y científico.

Ahora bien, ninguno de estos argumentos es válido para el caso de Claudio Hetz. Nadie medianamente involucrado en temas científicos podría asumir que no sabía lo que estaba haciendo o que manipuló datos sin darse cuenta -a pesar de que la Universidad de Chile señale en su declaración pública de que el investigador no tuvo la intención de defraudar-.

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El tema pasa por ¿qué viene después de este escenario repetido en el tiempo? ¿Esto queda en simplemente la molestia de un sector de la comunidad científica? o bien podemos llegar a impulsar desde todos los ámbitos involucrados/as -sujetos de estudios, investigadores, ANID, rectores, universidades-, cambios significativos en materia de ética de la investigación para mejorar la calidad de la relación investigadores-sujetos/objetos de estudio y conocimiento?

Lo digo porque no puede ser que los estándares éticos del investigador/a no sean considerados al momento de adjudicar financiamiento público por parte de ANID. No puede ser que un académico tenga comprobadas faltas a la ética y a nadie le importe.

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Opinión

La porosidad octubrista

No se trata de si el gobierno será o no receptivo a las pulsiones populares, sino cuánta potencia podrán ejercer los pueblos para hacer “poroso” al gobierno e impedir que la premisa de la gubernamentalidad termine asfixiando al nuevo ciclo iniciado.

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Es célebre el pasaje de “La República” de Platón donde el filósofo se arrima al poder y deviene gobernante. Para Platón la necesidad de instalar al filósofo allí tiene que ver con impedir que el poder del gobernante devenga tiranía. Solo el filósofo –según Platón- en la medida que está vinculado intelectualmente a la eternidad de las Ideas puede garantizar un gobierno justo: “A menos –escribe Sócrates- que los filósofos reinen en las ciudades o que cuantos ahora se llaman reyes y dinastas practiquen noble y adecuadamente la filosofía, que vengan a coincidir una cosa y otra, la filosofía y el poder político.” (473 d) Sin embargo, ¿cuál es el efecto de la filosofía sobre el poder político? ¿limitarlo, domesticarlo e intentar arrastrarlo hacia la verdad? ¿Sería, entonces, la filosofía un dispositivo de neutralización de las pasiones políticas que, desatadas pueden conducir a la tiranía?

En una singular entrevista que hiciera el filósofo argentino Diego Sztulwark al filósofo japonés Jun Fujita Hirose a propósito de su libro “Cine-Capital. Cómo las imágenes devienen revolucionarias”, Fujita ofrece una lectura spinozista del asunto al que nos convoca Platón: “La “izquierda” –señala- para mi, es sinónimo de la voluntad de potencia. Un gobierno no crea nuevos posibles: sólo puede ser más o menos “poroso” a la creación de posibles por parte de las minorías. La creación de posibles no concierne a los gobiernos sino a cada uno de nosotros, a los procesos creativos de posibles de lo que somos capaces cuando creamos un conjunto de imposibilidades. Es la gente y n el gobierno, quien dice “podemos” (…) Es el grado de porosidad –termina el filósofo- lo que define a un gobierno.” Podemos precisar, ahora, otra lectura posible de la apuesta platónica, pero desde la lectura spinozista que nos ofrece Fujita: neutralizar las tendencias a la tiranía, adquiere, en Fujita, un significado mucho más preciso y material: abrir grados de “porosidad” a la “voluntad de potencia” de los pueblos. No simplemente “canalizar” o menos “neutralizar” sino dejarse trastornar por la corriente callejera, por la irrupción popular.

Por supuesto, en la lectura de Fujita resulta imprescindible trasladar la otrora figura del filósofo platónico en la forma de los pueblos de Chile. Quienes abrieron en proceso de transformaciones profundas, denunciaron el “abuso” institucionalizado del régimen heredado y refaccionado tantas veces, de Pinochet; la movilización popular –el octubrismo- ha impregnado toda la realidad política e institucional del país. Más aún, en el momento en que desde la elección del 25 de Octubre de 2020 (Apruebo/Rechazo) el octubrismo –con toda su heterogeneidad, discursiva, pulsional y creativa- no ha dejado de triunfar en las diversas instancias. Salvo las elecciones parlamentarias donde la derecha logró un empate en ambas cámaras, en todas las demás, incluidas la segunda vuelta que dio el triunfo a Gabriel Boric de Apruebo Dignidad, el octubrismo no ha dejado de abrir campos de “porosidad” al interior de la misma institucionalidad.

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Quizás, parte del juego destituyente implicó trastocar a esta institucionalidad, de férrea matriz portaliana, en algo más “poroso” que permitiera abrir un puente, un conjunto de nexos entre la calle y el Estado o, si se quiere, entre el filósofo (los pueblos) y el poder (la oligarquía). El filósofo platónico deviene los pueblos y el gobernante el lugar mismo de la soberanía estatal. Y entonces, los pueblos no ingresan en esta coyuntura simplemente como agentes pasivos, sino como aquellos que tendrán que seguir luchando por hacer “porosa” a la misma soberanía estatal; no solamente vía la redacción de la Nueva Constitución, sino de su implementación a cargo del nuevo gobierno. Así, no se trata de si el gobierno será o no receptivo a las pulsiones populares, sino cuánta potencia podrán ejercer los pueblos para hacer “poroso” al gobierno e impedir que la premisa de la gubernamentalidad termine asfixiando al nuevo ciclo iniciado. Las fuerzas están ahí, ad portas de actuar y abrir múltiples conflictos; el punto es, al igual que lo fue para Platón, impedir que el gobierno devenga en tiranía, es decir, en el léxico actual, que la gubernamentalidad termine por devorar nuevamente la posibilidad de la democracia.

Este es el punto crucial: la revuelta de octubre abrió un hiato decisivo entre democracia y gubernamentalidad neoliberal.

Porque si a principios de los años 90 los dos términos parecían calzar sin fisura, gracias al pacto transicional que introducía la dinámica de “en la medida de lo posible”, el conjunto de luchas contra la devastación neoliberal que llegan a su punto máximo en el octubre de 2019 abrieron la disyunción entre ambas instancias mostrando que la gubernamentalización neoliberal del país podía ser perfectamente coherente con un proyecto autoritario liderado por la derecha de Kast y, a su vez, que la democratización que puede acabar con el “abuso” institucionalizado instalado a fórceps desde 1973, resulta posible sólo si se contrapone a la forma neoliberal de gobernar, es decir, si abre suficientes grados de “porosidad” para que el nuevo gobierno no termine hundido por la exigencia managerial de la gubernamentalidad y sea atravesado por la imaginación octubrista.

Porque estamos en una coyuntura decisiva: si la elección de Boric no fue una simple elección entre otras sino una férrea defensa popular de la “porosidad” octubrista impulsada, ante todo, por la potencia popular, femenina y feminista, es porque lo que está en juego es cuán capaces seremos de enterrar definitivamente el cuerpo institucional de Pinochet abigarrado monstruosamente en la forma del Estado subsidiario y la preeminencia que tiene la lengua del poder –y por tanto el privilegio de los poderosos- antes que cualquier otra cosa.

Como la figura del filósofo en Platón, la imaginación octubrista puede abrir grados de “porosidad” al interior del nuevo gobierno y, en vez de reproducir las viejas prácticas transicionales de una democracia oligarquizada, intensificar el proceso de democratización e inventar nuevas prácticas de gobierno capaces de desafiar a los marcos de la gubernamentalidad neoliberal-transicional.

Las transformaciones, que en este gobierno podrán apoyarse en la legitimidad de la Nueva Constitución, una vez aprobada, no será un asunto de exclusiva materia gubernamental, sino campos por los que habrá que luchar y abrir formas de “porosidad” al interior del ejercicio de gobierno para que las “transformaciones estructurales” –aquellas que fueron prometidas por el presidente electo en su discurso triunfal del pasado 19 de diciembre de 2021- encuentren las condiciones para hacerse efectivas (quizás no en este, sino en el próximo gobierno). Porque la única forma de desactivar al fascismo no es ni con buenas intenciones ni con grandes discursos de “defensa de la democracia”, sino con acciones transformadoras que, al menos, inicien el proceso que haga retroceder a la oligarquía militar y financiera que se tomó al país por asalto en 1973.

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