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Opinión

Enrique Paris y el matinal de la desgracia

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En sus últimos minutos en cadena nacional, Paris destaca los artículos que llenan de gozo su alma, felicita a sus periodistas favoritos y promociona los medios de su agrado. Un auténtico niño taimado, lanzando patadas desde un rincón y tensionando el rol de la prensa, pilar de cualquier democracia. En su relato de control y agradecimientos no entran las críticas y ni siquiera la realidad constatada por los científicos más expertos. La realidad crítica es falsa y los medios que se atreven a cuestionarlo, lamentables.


Mira a su cámara de televisión mientras sostiene en las manos una carta de papel. Pestañea fuerte y rápido, dos, tres veces, como quien remarca una intención de llorar. Lo hace a propósito. Pero las lágrimas no salen. La vista, en el acto, se dirige al mesón. El clímax no es completo, pero el ministro Enrique Paris hace parecer que sí. Que todo su estudio está conmovido ante una nueva carta de agradecimiento recibida. El aire es incómodo. A ratos, recuerda a patéticos conductores de matinal intentando una catarsis colectiva con temas que no dan. O, tal vez, una mala actuación de un connotado galán de teleseries.

La carta la escribió una mujer que no puede dejar pasar la ocasión para decir lo mucho que han hecho bien los encargados de la salud, remarca el conductor del panel. El sentido escrito es la manera escogida hoy para comenzar una nueva entrega de datos de la pandemia en Chile. Más de ocho mil casos otra vez. Decenas de contagiados y muertos que, como regañó la eminencia intensivista de la UC, Glenn Hernández, se pudieron haber evitado con medidas que el señor Paris nunca anunció. 

Paris, al mando del matinal de la desgracia, busca combatir al virus como si ello dependiera del rating logrado por su espacio televisivo. Del éxito de los discursos emotivos, las reprimendas e interpelaciones. Entonces, cada día se convierte en una nueva puesta en escena que busca golpear a la competencia, imaginarios rivales de la disputa que terminamos siendo nosotros mismos, los periodistas, las personas en sus casas, los países vecinos, o los diarios de Estados Unidos. 

Así, en lugar de un jefe de la política sanitaria, lo que vemos es al vocero de un relato. Un personaje medio ficcionado que a ratos recuerda a viejas caricaturas ruidosas sin poder, o al bufón encargado de divertir a la corte mientras los hombres del palacio toman las decisiones. Y el espectáculo trae de todo. 

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En el capítulo del jueves, el show comenzó con una polémica orquestada. Ajeno a cualquier tono cercano a una autoridad pública que busca transmitir información sensible y cuidada, Paris usó los primeros minutos de su alocución para emprenderlas contra un señor “de un matinal” no identificado que manifestó su  molestia por los redundantes y majaderos agradecimientos del secretario de Estado. Entonces, como en una auténtica escena pauteada de un reality show, el ministro elevó el tono para dejar en claro a sus anónimos enemigos que aunque les moleste “seguiré agradeciendo”, para luego dar las “GRACIAS a Anatel” y “GRACIAS a las radios”, con un énfasis al borde del grito, como si en ello se jugara el presente y el futuro de una peste mundial. Decadentes imágenes del Peluche Dueñas y Edmundo Varas se vinieron a mi cabeza, predisponiendo de inoficioso picante la entrega de nuevas noticias catastróficas anunciadas por las voces de escuderos de rostro mustio. 

Pero el desplante televisivo de Paris también puede ser inquisidor y poner cara de malo. No todo es agradecimiento y felicitación constante en su set. Lo demostró a inicios de semana, atacando a dos de los más prestigiosos medios de Estados Unidos por, a su criterio, ponerse de acuerdo para acusar al gobierno chileno por su exitismo y la falsa sensación de seguridad creada en el proceso de vacunación. The New York Times planteó que la campaña de inoculación “dio a los chilenos una falsa sensación de seguridad y contribuyó a un fuerte aumento de nuevas infecciones y muertes que está sobrecargando el sistema de salud”. Para Paris, sin embargo, todo esto, complementado por un exhaustivo texto del Washington Post, “no es verdad”. 

Habrá sido creación del público, entonces, la celebración de la primera meta de dosis en La Moneda. Inventados también por los televidentes, los completos bloques de cobertura a cada llegada de nuevas partidas embanderadas; las coberturas a los triunfalistas gráficos de liderazgo mundial a los que sólo faltó acompañar con cóctel y champán. Celebraciones proyectadas a la misma hora en que se usaban los últimos permisos de vacaciones para atravesar regiones enteras, hora en que centenares de santiaguinos se bañaban felices en Copacabana y ministros daban la vida por asegurar retornos presenciales a colegios contagiados a los dos días. Ciudadanos, todos nosotros, moviéndonos confiados, sin culpa, y con la plena libertad regida y promocionada por el rostro de Paris, el vocero de un relato acorralado por la realidad.

*

Son los últimos minutos del matinal de la desgracia. Los números son trágicos, pero el ministro insiste en dar con un tono diferente. Como es habitual, Paris ofrece la palabra a los periodistas, los mismos a quienes da las gracias cada mañana de transmisión. Pero antes de dar el pase a su panelista estrella, Paula Daza -quien responde con una expresión que parece pedir auxilio para salir de ahí- aclara que la pregunta viene con nuevas falsedades. Paris, desautorizando al periodista, niega el caos y el descontrol y pide que lo traten con la deferencia que lo hizo Canal 13 anoche. Sólo hay más casos, dice, pero el gobierno tiene al virus controlado. Entonces vuelvo a recordar la entrevista al doctor Hernández. “Lo que prima es el agobio. Estamos claros que nuestro deber es seguir, pero uno siente que este es un incendio, una tragedia que no amaina”. 

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En sus últimos minutos en cadena nacional, Paris destaca los artículos que llenan de gozo su alma, felicita a sus periodistas favoritos y promociona los medios de su agrado. Un auténtico niño taimado, lanzando patadas desde un rincón y tensionando el rol de la prensa, pilar de cualquier democracia. En su relato de control y agradecimientos no entran las críticas y ni siquiera la realidad constatada por los científicos más expertos. La realidad crítica es falsa y los medios que se atreven a cuestionarlo, lamentables.

De pronto la imagen de Paris se arroja a la inspiración de lástima. “Los chilenos creen que están en el peor de los mundos, que hay que criticar todo, se ríen de mí”, reclama. Actitud similar tuvieron en el Titanic los músicos que decidieron simular normalidad, alegría forzada creada por profesionales ensimismados. Para el doctor de la Universidad de Chile, Juan Espinoza, quien habría motivado una de las rabietas de Paris por sus palabras en Chilevisión, más bien se trataría de un “élite de tarados” que ha cometido “errores imperdonables”. Lo cierto es que este lunes el ministro Paris volverá a sentarse en su asiento para mirar fijamente una cámara. Habrá anuncios rimbombantes que se caerán por la tarde, por la intromisión de no sabemos quién. Nombrará enemigos nuevos que entorpecen, por malicia, el lucimiento de un relato insostenible; y creará emociones levantadas a la fuerza por arengas inocuas que colindan con la vergüenza. La plenitud del artificioso mundo televisivo que sustenta la precaria presencia de Paris en la escena política actual. Es el matinal de la desgracia, luminoso y de fondo azul, mientras afuera acecha silenciosa la contagiosa muerte.

Opinión

Arturo Alessandri. Futuro constitucional y luchas hegemónicas

El nuevo progresismo de Apruebo/Dignidad (2022-2026) es una “fusión” que defiende el vigor mesocrático-institucional y limita los vicios del realismo neoliberal mediante la “morada hegemónica” que debe convivir con la intensidad de las imágenes historiográficas.

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Mi camino en cambio, no es recto, ni curvo, llevo conmigo el infortunio, vamos hacia nunca, hacia ninguna parte. Como un tren sobre el abismo.  Ana Ajmatova                                                                           

Existe un “verbo lumínico” en el texto con que Arturo Alessandri saludaba la nueva época ante la Convención Liberal (1920). El final de su “improvisada” liturgia tiene un broche estruendoso, desbordante en rimas de reconocimiento. Vibrante en pasiones liberales para trascender el invencible “Chile de huachos”. Era la hora de abrir el futuro desde el tiempo Constitucional. Y así, cual mesías de sus aires, el Diputado de Tarapacá comprometía una glosa ante las masas esquilmadas por el hambre y la tuberculosis.

El texto reza así: “Yo quiero antes de terminar haceros una declaración: [yo] no soy una amenaza para nadie. Mi lema es otro: yo quiero ser amenaza para los espíritus reaccionarios, para los que resisten toda reforma justa y necesaria: esos son los propagandistas del desconcierto y del trastorno. Yo quiero ser amenaza para los que se alzan contra los principios de justicia y de derecho; quiero ser amenaza para todos aquellos que permanecen ciegos, sordos y mudos ante las evoluciones del momento histórico presente, sin apreciar las exigencias actuales para la grandeza de este país…”.

Tal declamación, librada a la soberanía popular (la canalla dorada), retrata fielmente la confianza en el tiempo histórico-juristocrático. En las exclamaciones de su oratoria, revela las ambiciones de abrazar los recambios generacionales (época) y exaltar un “pipiolaje de reformas” que sepultaría la noche salitrera. Chile también despertó en 1920 ante la bastardía patronal. Y la imagen reformista fue una lectura de plancha para todos los tiempos  modernizantes. De aquí en más nuestra hacienda no aceptará más que experimentos típicos de un “subdesarrollo exitoso”. Desde ahora, el titular será “Desarrollo del subdesarrollo”, según André Gunder-Frank.

Los temibles lastres de la cuestión social “forzaban” un viraje que debía asumir la alborada de modernidad y propiciar la restitución de un orden ético. Todo sucedió tras las luchas populares que denunciaban la obsolescencia moral que acompañó la celebración del centenario. Una lengua de la reforma intentaba profanar los vestigios del París Americano e instaurar el tren del porvenir mediante una nueva legislatura social: la convención de 1925 capturaba los pueblos excedentarios y las demandas de Luis Emilio Recabarren.

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El ensayismo oligárquico pudo conciliar la institución presidencial y la tutela representacional; la política quedaba encerrada en los cerrojos del derecho. Lo anterior derivó en un Estado de compromiso -hacia 1938- que dejó tibiamente atrás las figuras de la “misericordia”, la “caridad” y el sistema de dadivas. Figuras intimas del repertorio parlamentario (1891-1920) y su desidia oligárquica con los rebaños populares.

En aquellos días, aparentemente más nítidos o menos intricados que los nuestros, quedaba de manifiesto la reivindicación de los derechos seculares bajo el “iluminismo dieciochesco”. Tras este ímpetu identificamos la teología republicana que se extiende desde 1938 hasta 1973. Un institucionalismo portaliano dibujó el paisaje hasta septiembre de 1973 y abundó en revueltas caudillistas, perpetrando la conflictividad entre tiempo homogéneo y temporalidad medial en la Convención Constitucional de nuestros días. Todo ello tras el asedio del Leviatán Portaliano cobijado en el actual “catolicismo de izquierdas”.

La “revolución preventiva” (1920) fue la realización de la facticidad portaliana (De Mario Góngora a Hugo Eduardo Herrera). En cambio, la fractura de 1973 aleccionó a las izquierdas sobre desbordes e insurrecciones (tiempos imaginales) que terminan en la resaca de El Leviatán. En suma, el programa consistía en separar Estado de Iglesia, inaugurando un campo de reformas que incluía el reconocimiento de los derechos de la mujer, el incremento de las remuneraciones, la construcción de habitaciones obreras, la ley de instrucción primaria obligatoria, el impuesto a la renta, el Código del Trabajo, la fundación del Banco Central [que aún nos asedia] y que inclusive nos permiten sugerir una “moderada similitud” con la actual coyuntura social. Bajo el clivaje orientalista, civilización y barbarie, el programa de reformas compromete un momento de inflexión que inaugura el proyecto civilizatorio y “formaliza” el ingreso al pequeño siglo XX.

Cien años más tarde, tras el actual ciclo de demandas populares y contratos modernizantes (demandas de género, plurinacionales, de convivencia, ecológicas, identitarias, estudiantiles, cibercultura, etc.) nos hace presumir que la política del siglo XXI experimenta otro fulgor de derechos -cuarta generación-. Ello ha estimulado una intensa liturgia en torno a ritos generacionales e izquierdas meméticas -plasmados en una nueva Constitución. Un proyecto tibiamente regulacionista que pretende destrabar la furia consumista mediante el favoritismo fiscal, pero siempre en favor de una “subsidiariedad ampliada” que entremezcla ordoliberalismo y socialdemocracia.

Telón de fondo del nuevo pacto juristocrático. Cual sea el caso, la teología liberal encuentra su fuente de inspiración en el reconocimiento de los nuevos territorios ciudadanos y populares. Es importante rescatar que este desafío supone ritos paritarios y los textos pastorales que nos impone el mainstream católico-reformista cuando la democracia es limitada al formato liberal. Entonces, el desafío consiste en superar la vigencia de progresismos conservadores -adversarios de la democracia- que restringen las energías vitales del “pueblo ausente” al futuro del mito institucionalista (1925).

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El imaginario anti/oligárquico que se inicia en 1920 invoca una separación radical entre Estado e Iglesia y empieza a remover el armatoste jurídico que perpetuaba los “estrechos moldes” denunciados en el primer Gobierno de Arturo Alessandri (1920-1925). Tal “promesa democrática”, tan propia de los tribunos laicos, aquella oratoria cargada de baños de masa, establece el trazado que la sociedad chilena asume posteriormente, al precio de disentir en los énfasis ideológicos y culturales. Qué duda cabe, los lastres de la cuestión social pavimentaron el camino a un álbum de reformas que también ilumina nuestro presente político si concebimos la actual coyuntura como una extensión de derechos y gravámenes institucionalistas.

No se trata de murmurar una secuencia arbitraria entre dos imágenes de mundo, inconmensurables en cuanto a representación, o bien, negar el ritmo frenético del presente movilizado que debe convivir con el aceleracionismo de la temporalidad técnica. En este sentido el nuevo progresismo de Apruebo/Dignidad (2022-2026) es una “fusión” que defiende el vigor mesocrático-institucional y limita los vicios del realismo neoliberal mediante la “morada hegemónica” que debe convivir con la intensidad de las imágenes historiográficas.

Con todo, la espectralidad Alessandista es una sombra que nos recuerda que todo orden-futuro se debe a la normalización política. Entonces lo que está en juego es que el presente-futuro solo es posible cuando el mundo destinal se proyecta mediante las leyes oligárquicas. La sombra fantasmal de la reforma de 1920 permanecerá imaginariamente activa como desborde y limite que censura las pretensiones nómades (revueltas en el lenguaje de Karmy-Bolton) por un dominio consolidado de representación política e institucional.

Con todo, en los últimos días Maquiavelo irrumpe mediáticamente como el primer post-marxista de las nuevas formas enunciativas-expresivas. Todo en medio de una performatividad que, al parecer, no podrá superar el golpismo republicano, ni menos la insustancialidad ontológica del presentismo neoliberal. Si bien la destrucción de La Moneda, a manos de la Dictadura, fue el último ritual de la vieja república, nos interesa subrayar un “parecido de familia” centrado en un conjunto de demandas insatisfechas, que nos obliga a interpretar el cambio histórico-generacional, en vías de des/pinochetización, la inclusión de nuevos territorios ciudadanos y el estupor ante la fisonomía de la reforma.

He aquí una tenue analogía entre el liberalismo clásico (1920) y el Chile de la post-revuelta en cuanto a la promesa del tiempo constitucional. El futuro trazado por la nueva Constitución (deseado y conflictivo), no solo debe considerarse a salvo de los tumultos desencadenados por los meses de la revuelta octubrista (2019), sino fundamentalmente por el martillo de la herencia feudal (La Hacienda) y sus compromisos con el mundo ensayístico-experimental de Diego Portales. Una identificación que hoy se viste ordo-liberalismo y no termina de llegar.

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Por de pronto podemos citar un nombre que junta las intersecciones entre tiempo moderno y temporalidad tecnológica: Martín Rivas.

Calle Trizano.

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Opinión

Balas locas

Es necesario avanzar en una ciudadanía activa y superar la aplicación de políticas públicas que no reconocen el rol de las y los interlocutores, de quienes vivencian tales contextos, para así pensar desde el diálogo con dichas comunidades a partir del ejercicio de sus derechos

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Madrugada de un día de semana, balazos al aire acompañados de fuegos artificiales y en ciertos momentos autos en exceso de velocidad. A los días siguientes, un funeral narco y el uso excesivo de armas de grueso calibre, transmisiones en vivo de los asistentes acompañan el cortejo fúnebre, esto sucede al medio día, agentes del Estado observan, pero no intervienen. No es la primera y de seguro no será la última vez que esto suceda.

Lo antes mencionado, es la tónica de muchas poblaciones. A veces, incluso, cámaras e iluminación se instalan en dichos sectores, para luego retratar aquella realidad a través de un videoclip de trap o mambo que repercutirá en plataformas digitales. Así, a través de youtube, principalmente, se producen y reproducen el contraste de quienes hoy se han inmiscuido en el éxito de la sociedad neoliberal, a partir de la marginalidad que ésta produce. En aquel contexto, al amanecer cientos de trabajadores, estudiantes, niños y niñas realizan sus labores diarias.

En el año en curso, tras 14 años de tramitación, luego de pasar por Comisión Mixta, la cámara de diputados y el senado aprobaron la reforma a la Ley de Control de Armas. Permitiendo así, que la legislación sea más estricta en materia de posesión, tráfico y utilización de armas de fuego. Con esto, el Gobierno recalcó la importancia de regular el uso de armas de fuego, el ministro del Interior y ex alcalde de Estación Central, Rodrigo Delgado expresó que “para nosotros como gobierno es tremendamente importante porque esto nos acerca a la realidad que estamos viendo en los barrios, en las poblaciones, en distintas comunas”.

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¿Cuál es esa realidad a la que se refiere el ministro, cuando habla de barrios, poblaciones y comunas? aquella realidad a simple vista no responde a un hecho en específico, menos a situaciones aisladas, sino que, a un sinnúmero de circunstancias que traen a la palestra identidades e imaginarios de grandes sectores de la sociedad, atravesados por el empobrecimiento y la exclusión, que no permiten y que ya no se permiten, la sombra gris del reflejo perturbante del Costanera Center en sus territorios.

Qué podemos esperar de los cambios a la Ley N°17.798 en aquellos territorios, en donde su configuración espacial determina la convivencia, allí en las denominadas zonas rojas, que no cuentan con equipamiento ni áreas verdes y en donde la presencia del Estado se reduce a uno que otro programa de intervención que no logra paliar la desigualdad estructural. En aquel lugar nadie quiere estar y los nadie fueron condenados. No podemos esperar nada, no basta con reformar la Ley de Control de Armas.

Reducir la violencia al uso de armas de fuego es no entender cómo se han configurado aquellos territorios y es atacar el síntoma mas no la enfermedad. Pensar que el problema comienza en las balas y fuegos de artificios es no entender cómo se han ido constituyendo actores y legitimando experiencias de vida que hoy tienen a sus propios vecinos y vecinas encerradas antes que caiga la noche, a niñeces y juventudes ensimismadas en los costos/beneficios y la urgencia de adquirir para “tapizarse” y así estar en sintonía con las exigencias del mercado. Es definitivamente mirar para el lado cuando el problema se presenta y no asumir la responsabilidad histórica con aquellas comunidades que ante la ausencia de una oferta estatal que garantice el ejercicio de sus derechos han articulado soluciones que hoy horrorizan al resto de la sociedad.

Es necesario avanzar en una ciudadanía activa y superar la aplicación de políticas públicas que no reconocen el rol de las y los interlocutores, de quienes vivencian tales contextos, para así pensar desde el diálogo con dichas comunidades a partir del ejercicio de sus derechos. Se requiere avanzar en las instancias participativas de evaluación, planificación y organización de los territorios, en donde la participación de las comunidades sea vinculante y protagónica y, no se limite tan solo a lo consultivo (PLADECO, PRC, COSOC, entre otros). La incidencia de las y los sujetos en los asuntos que son atingentes en su realidad, condiciona su propia lectura en torno al lugar que habita y la posibilidad de identificarse y apropiarse del espacio territorial, para así postergar la sobre-intervención, clientelismo y la relación instrumental entre los sectores postergados y las instituciones y, que solo, reproduce la pobreza.

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Opinión

“The Lost Daughter” o la Mala Madre

Leda se roba una muñeca, esa es la hija perdida. No está robándole los afectos de un ser vivo a una niña, está librándola de un objeto inanimado que tiene el peso de la maternidad en las vitrinas del capital.

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Muchas podrían imaginar que “a las mujeres no hay nada que explicarnos sobre ser madres”, acto seguido aparecerá la retórica sobre ¡la maravillosa maternidad!, la admiración por las madres sacrificadas (mientras más sufrientes, mejor), y por qué no, hay quienes imaginan hoy en Chile, que “el feminismo” es una madre exitosa profesional joven, que tendrá un puesto importante en el gobierno venidero (pero ese, es otro tema). Igualmente, contra algunas de esas falsedades, “The Lost Daughter” desnuda, un poco, a la institución materna.

“Netflix” la tradujo como “La hija oscura”, y aunque no sé inglés, me parece que es la hija “perdida”. “Oscura” sería entonces, solo otro destello inquisidor racista-misógino de esa empresa privada con capitales trasnacionalizados, y ahora “con género” incluido.

Por otra parte, algunos críticos de cine han decidido que deben “explicarnos” la película. No pueden descalificarla, pero sí “explicarla”, “empoderándonos” cuando permiten decir que la maternidad es aplastante. En tiempos de utilización del feminismo (muy a diestra, y siempre a siniestra) hay tanta condescendencia que incluso se evade que enjuiciar la maternidad es sacrílego y desviado: un desvío de las mujeres para quitarles privilegios a todos los hombres (también a los políticos que capturan úteros para sus campañas).

Shirley Valentine

Desde “Shirley Valentine” 1989 a esta hija perdida de 2022

“Shirley Valentine” (de Lewis Gilbert), hace menos de 30 años vacacionaba en una Isla Griega, y Leda (Olivia Colman), en este siglo nuevo, también. Ambas tienen en común que, con su poder adquisitivo, pueden rozar un instante sin interrupciones en la arena, y acariciar una autonomía que no va a durar. Pero nada más: Shirley Valentine, creada por un hombre, le pone fin voluntario a su libertad con un amante griego. En esto, ella es más como la madre joven, Nina (Dakota Johnson), con la que se encuentra Leda después. Shirley y Nina (desde distintas películas), podrían ser socias de feminidad, pues ambas le suman a su tedio matrimonial, un amante. Pero Nina no llega sola a la playa, sino con su familión “aclanado” y disruptivo, con su marido agresor y con su hermana enjuiciadora y muy embarazada, y así le ponen fin a la libertad de consumo de Leda. Son de esas familias extendidas que esconden daño y crían a “sus” mujeres para que coronen la maternidad. De hecho habrá consecuencias si no lo hacen, por eso ellas siempre lo pregonan: “¡Adoro ser madre!”.

Leda es un bicho raro para el familión: Está sola, sin hijos, sin marido, tampoco “marida”, ya que estamos en 2022 y podría darse un giro a la “inclusión”, pero no (lo que fue un alivio para continuar viendo la película). Lo que sí sucede, es que realmente a nadie le gustan las mujeres solas, mayores y que no estén criando nietos. Justo lo que es Leda. Las esposas pueden llegar a odiarla, las jóvenes a burlarla, y los hombres a acosarla y despreciarla, que es lo mismo.

Para los críticos de cine, Leda actuaría de una manera “misteriosa”. Al parecer sería “un misterio no resuelto” esto de mujeres sin hombres con ganas de vivir placeres que no involucren amantes ni maridos.

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Leda

Leda más me parece una voyerista (ese ocio maravilloso) que observa pasar el patriarcado que ha intentado abandonar, pero a la vez, es una mujer “culpable” (como todas), y se debate entre el placer de la autonomía y no haber sido “suficiente”. Abandonó la frustrante castración de su matrimonio por tres años, y sabe que “nunca antes de eso había estado tan bien”. Lo dice, pero claro, las mujeres no entienden, no quieren entender, pues les costaría caro.

Leda, siendo joven, abandonó su matrimonio por tres años, probó el sexo fuera, que suele ser fugazmente bueno, olvidó el estrés doméstico, estuvo en hoteles escuchando y dando conferencias, y se ganó por un tiempo limitado esa libertad capitalista de que le lleven la comida al cuarto y el placer de dormir sola en una cama sin despertarse con llantos de guaguas ni acoso sexual del marido. Imaginamos que como Mrs. Dallaway (de Las Horas, novela, película y homenaje a Virginia Woolf), Leda logró en esos años abrir un libro en la mañana sin deberles atención a nadie.

Apenas un guiño lésbico

Siendo lesbiana (y habiéndolo no sido justo antes) sé de miradas ganosas entre nosotras. Ella la tiene con una mochilera cuando su marido “aliade”, invita a una pareja de desconocidos a casa. La mujer es la amante del mochilero con la que Leda termina emborrachándose. Se miran y se admiran. También Leda se entera de que el mochilero dejó a sus hijos con su esposa para irse con su atractiva novia, y que no siente ni pizca de culpa por ello.

Pero no es solo la mirada deseante entre mujeres, es así mismo la indiferencia de Leda ante los halagos masculinos de un hombre machista que la ronda. Esos halagos que otras sienten que una (“a su edad”) debería agradecer, y que Leda no agradece (es una malagradecida). Supo bastante en su juventud de tipos hablándole de poesía mientras la cosificaban. También se le ve entretenida en un bar conversando con un joven inteligente, y no parece ser para follárselo. Tampoco se traga que las otras mujeres le digan que se ve “genial”, que “ni se le nota la edad” porque esa es solo la violencia moral hacia las viejas, una que tiene expectativas machistas con nuestra apariencia.

Leda se roba una muñeca, esa es la hija perdida. No está robándole los afectos de un ser vivo a una niña, está librándola de un objeto inanimado que tiene el peso de la maternidad en las vitrinas del capital.

Todo el tiempo temí un ataque lesbofóbico de los machos a Leda, la miran, la burlan, la acosan, la cercan, pero no, la que se encarga de eso es una mujer, claro, la feminidad secunda el poder de los patrones de manera eficiente siempre.

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Esta película no es sobre que los hombres no cooperan en la casa y por eso pierden a sus esposas (otra idea absurda de críticos de cine algo femilistos), es sobre la asfixiante maternidad que a su vez asfixia a las demás.

Si al final Leda muere o no, si superó la maternidad para amar y ser amada por sus hijas, son cuestiones que quedan a la interpretación.

Interesante “The Lost Daughter” de la directora Maggie Gyllenhaal, basada en la novela del mismo nombre de la autora italiana Elena Ferrante, que parece saber bastante de esas familias aclanadas que tanto enorgullecen al chileno.

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