El zoom

¿Fue la de la Democracia Cristiana, una junta nacional? No, no lo fue. No es esta la memoria latente de lo que es una junta nacional. El ritualismo de lo presencial lo convierte todo en una acción colectiva distinta a esta escenificación. Oradores que caminan desde sus sillas hasta el podio, creando expectación. Miran, saludan, hacen inflexiones de voz, gesticulan, exaltan a la audiencia y reciben el aplauso

En el pasado solía hablarse de junta líquida para aludir a un estado de la opinión que aún no decantaba. Las opciones, o no se habían perfilado o, aunque claras, no habían despertado preferencias rotundas en la audiencia. Hoy la expresión puede seguir denotando aquella fluidez y desarraigo de las cuestiones aún pendientes, solo que dentro de un contexto social, cultural y tecnológico, en sí mismo, enteramente líquido. Aquí todo pasa rápido, todo es breve, a veces fugaz, como un relámpago, según La modernidad líquida de Zygmunt Bauman, pero nunca tan veloz y transitivo, como la pandemia que nos sobrecoge y dispara las curvas de contagio al menor movimiento. La covid-19 nos ha puesto de bruces contra el Zoom, el popular programa de videollamadas y reuniones virtuales, y no es una excepción la última junta nacional de la Democracia Cristiana, evento paradigmático de la política líquida que adviene vertiginosa al ritmo del ajuste tecnológico introducido por el capitalismo global.

El espejo negro

Realizada el sábado 26 de septiembre, la junta nacional se extendió quince horas, solo interrumpida por un breve receso de sesenta minutos que, sin embargo, también se empleó para cumplir con los referendos programados. La teleconferencia conectó en su mejor momento a 477 aparatos, entre computadores, tablets y celulares, y, a través de una red privada virtual, a 315 miembros de la instancia partidaria con derecho a voto. Probablemente las audiencias de televidentes y escuchas de cada hogar llevaron el número de receptores a unas mil quinientas personas.

Durante la primera parte de la jornada la comunicación fue vertical y descendente, desde el centro del evento hacia los terminales. Se inició con la cuenta de gestión del presidente del partido —que no fue sometida a aprobación, como ha sido tradicional—, seguida por las intervenciones de algunas vicepresidentas, de la presidenta de la comisión organizadora del VI Congreso, y del subsecretario nacional explicando los contenidos y los procedimientos de sufragio. Los delegados de la Junta debían pronunciarse sobre la concurrencia de la colectividad a primarias para la nominación de candidatos a gobernadores regionales y a alcaldes, y la suscripción de pactos electorales con los demás partidos de oposición. Asimismo, debían aprobar enmiendas y reglamentos de frentes y departamentos, de elecciones internas, del VI Congreso, y de los aportes financieros de los militantes.

Esta primera parte se cerró con las intervenciones del exalcalde Alberto Undurraga y de la senadora Ximena Rincón, quienes habían manifestado su aspiración de ser candidatos presidenciales de la colectividad, motivo por el cual buscaron que el voto político de la Junta incluyera el compromiso de organizar primarias internas dentro de cuatro meses. También había sido invitado a participar bajo este formato el senador Francisco Huenchumilla, quien declinó compartir el podio y supeditó su decisión, según varias cartas públicas, a la instalación de una directiva de consenso.

En la jornada de la tarde se realizó el clásico debate político, secuencia de opiniones de longitud variable que, en general, abordó la coyuntura abierta por el estallido social, la relación del partido con el gobierno, la pandemia y sus efectos económicos, sociales y políticos, y el giro copernicano que dieron todos los órganos internos a favor de una política unitaria hacia la centroizquierda. Ninguno de quienes quiso hablar quedó sin derecho a la palabra. Se vieron rostros nuevos, de todas las condiciones sociales y profesionales, pero también se vio una estandarización de los consensos que quedó demostrada por la ausencia de debate en torno a las únicas cuestiones que se sometieron a votación. La disparidad de las cifras es tan inverosímil como elocuente: 307 contra 7 votos; 295 contra 20 votos; 265 contra 28 votos; y 221 contra 94 votos. Estas dos últimas fueron las oposiciones más reñidas. La explicación es que la pregunta buscaba sondear la opinión sobre el otorgamiento de facultades del Consejo Nacional a la mesa ejecutiva, como concertar pactos electorales con Ciudadanos, pese a que la audiencia se pronunció explícitamente en contra. Finalmente, una declaración de veinte párrafos que concitó el amplio respaldo de los delegados, resumió el espíritu de una experiencia cuyo éxito tecnológico no pudo ser validado sino hacia el final de la actividad.

En una videoconferencia como esta, todos los sentidos se distorsionan —la vista y la audición— o anulan —el olfato, el tacto y el gusto—, por consiguiente, las percepciones están mediatizadas por las tecnologías. Proyectamos imágenes irreales de nosotros mismos y recibimos imágenes ficticias, luces, sombras, contornos y encuadres de los demás. Lo mismo ocurre con la fidelidad de las voces, sus tonos, sus silencios, sus acentos. Todo es virtual, y lo único que lo hace objetivo, es que somos parte de un fenómeno colectivo, simultáneo e instantáneo, y podemos estar entendiendo y acreditando más o menos lo mismo que perciben los demás.

Pero este es un acto de generosidad empática, porque deseamos creer lo que se nos está diciendo, y deseamos aceptar el tono en que se nos está hablando. ¿Por qué habríamos de creer que los publicados fueron realmente los cómputos oficiales? ¿Por los ministros de fe? ¿Qué ministros de fe? ¿Los que vieron sumarse cifras en una pantalla? ¿Pertenecían esas preferencias a quienes las digitaron? Frente a la incertidumbre, y no habiendo nada crucial en juego, preferimos creer en la Virtual Private Network y donar confianza a quienes controlan el circuito. Tampoco podemos capturar todo lo que recibimos. De entrada, porque las cosas transcurren rápidamente, como que nadie espera que le prestemos atención; los micrófonos de los no hablantes están simplemente silenciados, o son silenciados. Y quien habla no puede mirar a toda la audiencia en un vistazo general, pero actúa bajo el supuesto de que se le está prestando atención. En los hechos un holograma sería más real que dicha representación.

El futuro efímero

¿Fue la de la Democracia Cristiana, una junta nacional? No, no lo fue. No es esta la memoria latente de lo que es una junta nacional. El ritualismo de lo presencial lo convierte todo en una acción colectiva distinta a esta escenificación. Oradores que caminan desde sus sillas hasta el podio, creando expectación. Miran, saludan, hacen inflexiones de voz, gesticulan, exaltan a la audiencia y reciben el aplauso. La mitad de la junta, más los operadores, los invitados y las estrellas, fuera del salón, en los pasillos y patios, construyen otra política, adjunta, complementaria de la que ocurre adentro. Se coordinan las adhesiones, se afinan los votos políticos, se hacen filas para llegar a las mesas de votación. Todo es controlado físicamente por todos. Y luego, esa vieja tradición que se fue perdiendo con los años, de permanecer hasta la madrugada, entre frazadas, café, consomé y sándwiches. El ritual es en sí mismo una verificación empírica de que el evento está ocurriendo. Para aquilatarlo habría que imaginar un país sin televisión, sin teléfonos, sin Internet, sin autopistas, sin vuelos comerciales, sin autobuses de alta velocidad, muy dependiente de la radio, de los impresos y posteos.

La junta nacional de julio de 1967 fue convocada para definir el curso de la revolución trazado por el II Congreso de la Democracia Cristiana. La vía no capitalista de desarrollo fue entonces el discurso que llevó a «rebeldes» y «terceristas», encabezados por Rafael Agustín Gumucio, a disputar la conducción del partido a los «oficialistas», liderados por Jaime Castillo Velasco. Hoy estas nomenclaturas heavy son incomprensibles, a más de ocultarnos la densidad histórica e ideológica que cargaban. A esa junta asistieron 450 delegados, de los cuales 244 votaron por Gumucio y 197 por Castillo. Para el Gobierno de partido único, lo que se había configurado en aquella ocasión había sido una dualidad de mando que habría de dar origen a reiteradas fricciones entre el gabinete de ministros y la mesa nacional. Pero una tensión semejante, que hoy no debería durar más de algunos días, se prolongó por espacio de seis meses para recién venir a ser aplacada en enero de 1968. Esa vez se celebró la junta nacional de Peñaflor. Fue entonces cuando se produjo la renuncia del senador Gumucio a la presidencia de la colectividad tras ser derrotada por 202 contra 278 votossu tesis política de autonomía relativa del partido. El vacío de conducción lo vino a ocupar Jaime Castillo que resultó elegido con 118 votos y 93 abstenciones.

La junta nacional de principios de octubre de 1970 debía decidir el apoyo de la DC a Salvador Allende en el Congreso, puesto que éste no había alcanzado la mayoría absoluta en las urnas, y por entonces no existía la segunda vuelta presidencial. La asamblea aprobó la decisión por 271 contra 191 votos y 91 abstenciones. Y la disciplina del partido de masas se reflejó fielmente en el Parlamento. Todo el mundo, sin embargo, intuía la pesantez densa y maximalista de la catástrofe humanitaria que se avecinaba.

Medio siglo después, ¿qué hay detrás de ese consenso estandarizado que se dio en la conferencia del pasado sábado? Tras ella está la práctica individualista y minimalista a que nos obliga la tecnología telemática. Individualista, porque mi comunicación con los demás es uno a uno. Puedo admitir o rehuir la conexión, pero sin quedar envuelto en una situación social que me demande presencia de cuerpo, actitud y conducta. Pero, es especialmente minimalista, primero, porque es tan poco lo que debo decidir, que bien puedo dejarlo registrado en las casillas «apruebo» o «rechazo». Segundo, son tan pocos los diálogos que puedo compartir con los otros y, además, de un modo virtual, que nunca obtendré la información necesaria para introducir mayores contrastes en el debate y concordar ideas comunes. Si no se debatió sobre lo que se votó fue porque el asunto permaneció en estado líquido y seguirá así.

Estas mayorías son episodios breves, como sus candidaturas son volubles y volátiles. La verdad es que no quieren llegar donde dicen que quieren llegar. Tienen fecha de caducidad, como el voto político aprobado, una pieza de vanguardia en un partido que se resiste a perecer en la quietud del pasado. Será un relato efímero, temporal e inestable, porque no se trata de conservar la idea, sino de renovarla para responder a la voluntad de poder y a su reproducción.

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