El yeta

Foto: Agencia Uno

¿Por qué Piñera? Porque él expresa el fin de la transición. El fin de su gramática pastoral, de su alfabeto administrativo. Pero ¿cómo devino Piñera al gobierno? Porque las luchas sociales de los últimos 30 años no dejaron de irrumpir. Y, frente a un modelo roto, el pequeño electorado que vota siempre preferirá lo conocido antes que una apuesta constituyente que en ese momento había sido invisibilizada por el giro más conservador que había experimentado la administración Bachelet.


Habitualmente el discurso oficial sostiene que la irrupción del 18 de Octubre podría haber ocurrido en cualquier gobierno. Si bien, dicha afirmación es correcta en la medida que destaca el carácter estructural de la crisis, es menester reparar por qué dos de los diferentes momentos de sublevación ocurrieron bajo la administración de Piñera 1 (movimiento estudiantil) y Piñera 2 (18 de Octubre).

Sobre todo, Piñera 2 que fue embestido por la asonada feminista del 2018 y luego el 18 de Octubre del 2019 en que los estudiantes secundarios y los movimientos feministas convergieron en sus ritmos. Ni siquiera el terremoto o el derrumbe minero frente al que un Piñera premunido de chaleco rojo que simulaba eficacia impidió que los estudiantes secundarios y universitarios irrumpieran en el escenario del 2011, menos un Piñera comprometido por la “causa venezolana” y el crecimiento económico para el 2017.

El movimiento telúrico de febrero de 2010, por cierto, removió las capas subjetivas del pueblo y entonces, la realidad político-institucional comenzaba a exhibir aún más la grieta acerca del “edificio transicional”, el modo en que dicha “construcción” que, según se había dicho por ahí, había estado protagonizada por un “país de ingenieros” que se erigía en “modelo” para el “resto de América Latina” –esa era la jerga utilizada.  Tampoco el desastre minero –justamente mineros atrapados en una grieta- neutralizó el alzamiento popular. Imagen decisiva: la cámara baja cientos de metros hacia la mina y de pronto un rostro se asoma. Hay vida, había vida, estaban vivos.  

No se trataba de cualquier rostro, sino el de un minero atrapado, de un trabajador atrapado que devenía epifanía de los trabajadores atrapados bajo un derrumbe, en un subterráneo existencial como todos los trabajadores de Chile. En otro instante, pero bajo el mismo orden y el mismo Presidente: desde los subterráneos del Metro de Santiago, símbolo de la modernización capitalista (razón por la cual será incendiado), irrumpen los estudiantes secundarios con su “evadir”.  Justamente, los hijos de trabajadores atrapados en la máquina neoliberal.

No se trata de hacer un análisis personalista, sino más bien, de atender qué es lo que ese cuerpo demente, excesivo, monstruoso expresa. Es decir, no es que Piñera “manipula” la situación, sino que sintomatiza y acelera el declive de la episteme transicional. En este sentido, las “piñericosas” no son una simple anécdota sino el síntoma más decisivo del desmoronamiento de un orden. A través de su estupidez el régimen muestra que no se sostiene, que carece de todo soporte, de toda fuerza para permanecer. Bachelet pudo moderar esas fuerzas y mostrar que las “mujeres” podían gobernar el aparato patriarcal profundizado por la Concertación.

Piñera podía mostrar que la “clase media” podía aspirar a algo más, abogando por la “segunda transición” que supuestamente nos prometía el desarrollo vía crecimiento, pero ni Bachelet ni Piñera pudieron restituir la sacralidad del mentado “modelo”. Su función a ojos de los poderes de turno era precisamente el que no se realizó porque, efectivamente, en vez de suturar la grieta a través de la invención de un nuevo relato, de una (vieja) nueva fábula, la ampliaron al intentar defender por todos los medios posibles la sacralidad del “modelo”.

¿Por qué Piñera? Porque él expresa el fin de la transición. El fin de su gramática pastoral, de su alfabeto administrativo. Pero ¿cómo devino Piñera al gobierno? Porque las luchas sociales de los últimos 30 años no dejaron de irrumpir. Y, frente a un modelo roto, el pequeño electorado que vota siempre preferirá lo conocido antes que una apuesta constituyente que en ese momento había sido invisibilizada por el giro más conservador que había experimentado la administración Bachelet. Fueron el conjunto de luchas sociales las que empujaron al “modelo” a su ruina, las que desactivaron nudo tras nudo la episteme transicional.

Las luchas sociales y no un simple “ciclo político” –como señala la jerga- las luchas sociales que fueron por largo tiempo invisibilizadas y que irrumpieron –con toda su abyección y monstruosidad- profanando los ejes del “modelo” sacralizado: educación, pensiones, salud, derechos humanos, Wallmapu. Ningún tema ni abordado ni resuelto por la transición y su alabado “modelo”, sino administrado y, por tanto, profundizado a través del de arma de destrucción masiva neoliberal.  

El pueblo le ha dicho a Piñera “yeta”. Palabra original y aparentemente proveniente del lunfardo y que designa a aquél que es portador de la desgracia, muestra algo decisivo: un presidente “yeta” es aquél que haga lo que haga siempre arruina al país completo: Piñera no es la farsa que viene después de la tragedia, sino la obscenidad que deviene después de la farsa. Piñera es “yeta” porque en él se sintomatiza el fin de la transición: su carácter deslenguado, su estupidez constitutiva y, sobre todo, la imposibilidad de gobernar, no habría que leerlas, por tanto, desde un punto de vista “psicologicista”, sino en la genealogía política que explora la ruina del modelo.

De hecho, cuando Piñera invitaba al país a su programa “Chile en marcha”, todo el país le respondió con una sublevación de gran escala. La “marcha” no fue la del “crecimiento” del capital, sino la que lo profanaba sistemáticamente. Los términos están invertidos; su palabra no gobierna, no “hegemoniza”, su palabra no significa nada porque es la palabra del modelo que ya no modela, una palabra que profundiza su ruina, su completa profanación por parte de la revuelta. En cierto modo, Piñera es lo que la teoría sociológica llamaría un “analizador”, en cuya obscenidad se escenifica la perversión misma del modelo. Tan precario devino el “modelo” que fueron los estudiantes secundarios –el “eslabón más débil- quienes, finalmente, lo hicieron saltar por los aires.

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