El sentido del asombro

Foto: Agencia Uno

Defender la trinchera de lo privado no debe ser sinónimo de ignorar a secas el mundo privado de alguien que ocupa un lugar público, como tampoco la vida privada de un sujeto debe ser todo lo que ocupe su vida política. Lo personal es político justamente porque depende de lo común.


El efecto que ha producido la victimización de Pelao Vade es asombroso. Y, creo, hay varios nudos que recorrer para analizar este fenómeno. El problema no se agota en respaldarlo o rechazarlo, en comprenderlo o castigarlo. Vade superó a Vade en este acontecimiento. Y, pensar en el efecto de su confesión, creo, puede ayudarnos a reflexionar sobre los imaginarios y las relaciones políticas que vamos construyendo en estos nuevos escenarios. Necesitamos estudiar las decadencias para nutrir el pensamiento político y reconocer en dónde están los territorios en disputa.

Existe una dimensión sensible que lleva a muchas personas a empatizar con su explicación, una zona que parece estar definida básicamente por al menos dos grandes problemas. Uno tiene que ver con el cómo opera la construcción biopolítica de la enfermedad, el miedo a la enfermedad, el trauma de enfermarse en Chile y quedar en bancarrota. Otro, con el uso desesperado de ese salvavidas de papel que hasta hace poco llamábamos “lo políticamente correcto”.  Me alarma esa tendencia por psicologizar lo político, el espacio de la política no puede convertirse en un lugar terapéutico y afirmar esto no me convierte en una defensora de los Gulags. Empatizar, en este sentido, es empatizar con el bien común, esto es el centro de la política. Si un personaje político hace mal su trabajo, simplemente debería dejar de hacerlo ¿no?, al menos ese es el horizonte de los buenos gobiernos que deseamos y no de los que tenemos.

Estas pasiones que han aparecido a propósito del no-cáncer de Pelao Vade me recordaron al juicio generalizado que se hizo en contra de un periodista -que no es de mis preferidos- cuando le preguntó a Boric en el debate presidencial, si su trastorno obsesivo compulsivo le permitiría gobernar un país. Santiago Pavlovic realmente hizo una gran contribución a la campaña del candidato con esta pregunta, porque apunta hacia esta sensibilidad que intento comprender. Y, para ser sincera, sí me importa la salud mental de quienes trabajan tratando de representarnos ¿a usted no le importa la salud mental de una figura política? Defender la trinchera de lo privado no debe ser sinónimo de ignorar a secas el mundo privado de alguien que ocupa un lugar público, como tampoco la vida privada de un sujeto debe ser todo lo que ocupe su vida política. Lo personal es político justamente porque depende de lo común.

La crítica que hemos realizado y el rechazo que sentimos por algunos sectores de la izquierda, punitivos, etnocéntricos y patriarcales, también es algo que se ha instrumentalizado por medio de esta “corrección política”, esa disposición forzada y desechable de aceptarlo todo ante el riesgo de discriminar algo. El problema es que esta voluntad a veces nos priva del juicio, nos niega la posibilidad de leer otras configuraciones del poder que pueden estar allí operando. Y la política que nace al calor de los pueblos oprimidos necesita a la razón y a la crítica. Algo bueno, sin embargo, se desprende de estas experiencias asombrosas, es el oficio de mirarnos, de entrelazar reflexiones para encausar caminos comunes.

El personaje Vade se desmoronó, y, con esto, se diluyeron las confianzas. Podemos comprender y creer en las razones que compartió para explicar la construcción ficticia que hizo de sí mismo, pero no convertirlas en justificaciones para mantenerlo en su cargo. Si hay algo que el capitalismo debe a los pueblos del mundo es la confianza en la política y en la palabra.

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