El matinal: Política, espectáculo, dinero

El matinal: Política, espectáculo, dinero

Miles de políticos colmaron la escena de los matinales en medio del fervor de nuestro 18 de octubre. Pero la “evasión” también comprometió al matinal. Y este último, experto en cooptar “evasores” no pudo esta vez. Incluso, en una memorable escena –pero por cierto, una escena que, si no habría sido preparada, al menos fue condicionada- Tonka Tomicic expulsó a Hermógenes Pérez de Arce para “purificar” ritualmente el espacio y reconciliarlo con los supuestos ánimos de la revuelta. El momento Tomicic habrá que leerlo en la restitución de la lógica de captura cuando se experimenta la dislocación de la episteme transicional.

No hay más juicio ni en el derecho ni en la historiografía. Hay matinal. Todos los optimismos clásicos en el encuentran su implosión. Más no, en un sentido trágico, como un enorme hongo atómico podría anunciarlo, sino en la forma de la descomposición milimétrica de cualquier juicio en el instante en que hace el simulacro de todo juicio. No es que el matinal sustituya el otrora y clásico juicio por un simple simulacro, sino que muestra, con toda la fuerza de una liturgia diaria, que el juicio no era más que un simulacro. En este sentido, el matinal es un dispositivo, en el que, al no regirse por la estructura tribunalicia, las condenas de “figuras públicas” y el reforzamiento del carácter culpabilizante del sentido común encuentra su consolidación.

El matinal no es un particular que pertenece a un universal –no anda con rodeos filosóficos inanes-  sino un fragmento que ha condensado en sí toda la realidad para proclamar con la desfachatez del que ha llegado a los estertores de la historia, que todos lo universales (el “juicio” y la “realidad” entre otros) no fueron más que modos de un mismo simulacro. El matinal desenmascara, es cierto. Pero solo en la medida que vuelve a enmascarar el vacío que él mismo anuncia.

Por eso, su lenguaje no es múltiple, sino unívoco; un amo vestido de ropaje popular que no deja de hablar de “sí mismo”. Aunque se llene de “gente” nunca hay “otro”. Cuando habla de “otro” habla siempre de “sí mismo”, tal como cuando busca el dolor ajeno nos vuelve ajenos al dolor. Siempre es un “sí mismo” que, sin embargo, no tiene rostro, pero múltiples caras. El matinal no es sujeto, sino plataforma en la que todo sujeto es demolido y, por eso mismo, hipertrofiado: el llamado “rostro” del espectáculo, capital que define a cada miembro de la farándula, es justamente un “yo” que no habla más que el lenguaje del “sí mismo”. En este sentido, el matinal deviene uno de los dispositivos terrorista más eficaces de nuestro tiempo.

Si bien, en él “todo lo sólido se desvanece en el aire” habrá que decir que, a diferencia de lo promulgado por Marx, en él “todo lo profano deviene enteramente sagrado”. Él no es un tribunal, sino una vitrina, no expone el riguroso argumento de la razón, sino la profusa dinámica de la mercancía. Los cuerpos son sacralizados, porque devienen intocables bajo la forma del “rostro” –forma elemental de la mercancía en el espectáculo mediático.

Nos equivocaríamos si dijéramos que el matinal ha sido el “instrumento” de los políticos para “llegar a la gente”. Y más nos equivocaríamos si ilusionáramos “utilizarlo” para nuestros propios fines (confirmando la tesis burguesa de que es solo un “instrumento”). Más bien, el matinal devino paradigma de la política, su nueva codificación, la maquinaria del poder en plena debacle de las formas modernas de representación.

El matinal ha operado como la maquinaria más efectiva contra las sublevaciones populares en las últimas décadas. Basta con que el matinal invitara a un “líder” de algún movimiento social para transformarlo en “rostro” y hacer que el movimiento comience a naufragar. Los pingüinos del 2006 llegaron al matinal y algunos devinieron muy mediocres y conservadores políticos; los líderes estudiantiles del 2011 también obtuvieron su matinal y sabemos en lo que devinieron muchos de ellos. Sin embargo, la revuelta de octubre no llegó jamás. No hubo “rostro” de dicha revuelta que haya puesto sus pies en él. Como la totalidad del sistema político, también el matinal sufrió un impasse clave: llenó mesas y meses de políticos tradicionales que intentaron “utilizarlo” a su favor, mientras era el propio matinal el que los envejecía cada vez que aparecían. Seguramente a los llamados “políticos” no les importaba envejecer. Si el matinal pudiera terminar constituyendo el prolegómeno del tan anhelado “acuerdo nacional”, seguramente no habría problema de envejecer. El sacrificio por ese “bien” último y totalmente ilusorio, sino ingenuo –iluso como ingenuo-, lo requería. La llegada de políticos al matinal fue el instante de su sacrificio para que el matinal enarbolara la liturgia necesaria para aplacar los ánimos de la revuelta. 

Pero, la promesa del “rostro” por una vida eterna es totalmente falsa: siempre se juega en él lo desechable, la basura, las cosas que se quieren olvidar. En ese sentido, el matinal es también y sobre todo, un cementerio viviente. Pero un cementerio en que los vivos creen que están vivos cuando están muertos y aún no han despertado de la pesadilla. La única alternativa para un político –y Lavín lo entendió perfectamente- no es “utilizar” el matinal, sino morir en él y ser parte del show. Es decir, abandonar la clásica tragedia de la política y volcarla en su más plena farsa. Porque Lavín –y sus amigos como Francisco Vidal- no es un político que “utiliza” el matinal, sino un animador que “utiliza” la descomposición de un sistema político a su favor. El paradigma de Lavín es Don Francisco, no Jaime Guzmán.

El matinal tiene su propia lógica. Si se quiere, el matinal no es más que esa lógica. En su centro no hay nunca una “esencia” o un oscuro personaje “detrás” dirigiendo los destinos de la cámara. Más bien, todo ese ámbito está vacío. Nada esencial hay en él, salvo su operación pues su carácter esencial reside justamente en su operación.

Miles de políticos colmaron la escena de los matinales en medio del fervor de nuestro 18 de octubre. Pero la “evasión” también comprometió al matinal. Y este último, experto en cooptar “evasores” no pudo esta vez. Incluso, en una memorable escena –pero por cierto, una escena que, si no habría sido preparada, al menos fue condicionada- Tonka Tomicic expulsó a Hermógenes Pérez de Arce para “purificar” ritualmente el espacio y reconciliarlo con los supuestos ánimos de la revuelta. El momento Tomicic habrá que leerlo en la restitución de la lógica de captura cuando se experimenta la dislocación de la episteme transicional: el momento en que el dispositivo matinal juega a re-codificar la revuelta y a simular una mesa democrática en la que todos se respetan y nadie puede, por tanto, esconderse en el fanatismo.

El momento Tomicic justamente muestra el lugar que tuvo el matinal en la episteme transicional: fue su soporte, el mecanismo más importante para sostener el ideario de una democracia en la que supuestamente “todos” cabían. La ilusión del “todos”, desde los que cocinan hasta los abogados, desde los médicos hasta los astrólogos, desde los estudiantes rebeldes hasta los políticos. El matinal no pretendió ser algo en medio del mundo, sino el mundo mismo. Lugar de reconciliación, de unidad, donde “todos” están presentes solo si devienen parte de la reproducción infinita del “sí mismo”.

Que la revuelta no haya ingresado al matinal da cuenta de su radicalidad, que la brillantez de sus mesas y la simpatía de sus animadores haya sido inundada de analistas políticos, historiadores, políticos, médicos, abogados de toda orbe, mostró la impotencia de su maquinaria hermenéutica en la imposibilidad de ofrecer “sentidos” frente a la singularidad de la revuelta. Y aunque, como es costumbre, el matinal se puso del lado de la “gente” (justamente para dejarla de lado) condenando la estupidez de los “políticos”, la revuelta interrumpió la codificación misma del matinal en la medida en que ésta devino paradigma del Pacto Oligárquico de 1980. El matinal bien podía borrar las sangrientas huellas de su pasado dictatorial que le dio origen, también de los silencios cómplices que generó por tantos y pesados años.

El matinal tiene la capacidad de desprenderse antes que todos los demás, de las situaciones comprometedoras. Por eso se lo ama, por eso seduce con su poder hipnótico, pues siempre pareciera que estuviera al lado de la gente, “acompañándola” de la desolación cotidiana. Porque para el matinal no existe el pueblo ni la multitud. Solo hay “gente” e incluso, “señora”, “señor” sufriente. “Señora” o “señor” pleno de pasiones tristes que el matinal promueve como si, a pesar de haber superado al clásico pastor, profundizara el resentimiento de sus pasiones. Donde el Estado y la Iglesia se han borrado en la avalancha del capital, el matinal –como “forma elemental” del capitalismo chileno- devino máquina hermenéutica que vende una incesante e hipertrófica producción de “sentido”. Un “sentido” efímero, por cierto, desechable, absolutamente diario, que se indistingue de la basura (que no es más que basura) pero que tiene la capacidad de restituir el simulacro del saber-poder en cuanto simulacro. Tal como el dinero ha perdido su relación con el “uso” (el patrón oro, según los acuerdos de Bretton Woods), también el matinal ha perdido su relación con la “realidad”. Y así como el dinero mismo deviene capital, así también el matinal que, por cierto, no es nada más ni nada menos que eso: dinero.

Sobre el Autor

Rodrigo Karmy Bolton

Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.

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