El fin de la muerte

Pandemia Covid19

Las muertes por COVID19 se caracterizan por cumplir casi a cabalidad con el “fin de la muerte”. No se trata de pueblos o barrios que puedan despedir a quien haya muerto, sino tampoco lo puede hacer la familia. La desaparición del ritual de la muerte –tal como Airès había mostrado- hoy se ha consumado. Al punto que la muerte por COVID19 parece aproximarla a otra forma de muerte que las décadas pasadas ocurría durante las dictaduras militares: la desaparición forzada. Al hacer desaparecer el cuerpo, no podía haber juicio ni, por tanto, inscripción simbólica del asesinado en el imaginario social.


La escena nos lleva a la segunda mitad del siglo XX: según el historiador francés Phillipe Airès la noción de la “muerte en Occidente” encontraría desde fines de la Segunda Guerra Mundial un nuevo imaginario: los cementerios cambian su arquitectura, las tumbas se hacen homogéneas, el ritual de la muerte apenas convoca a los pueblos y se restringe a la privatización gestionada por las familias. Más importante aún: para Airès, dicho cambio arquitectónico expresa una mutación radical del imaginario de la muerte consistente en “negarla” o, al menos, “ocultarla”, volverla cada vez más, un asunto de índole privado.

Conjuntamente con el trabajo de Michel Foucault en torno a la emergencia del “biopoder”, según el cual, la racionalidad política de la modernidad tiende, cada vez más, a “hacer vivir y negar la muerte”, el trabajo de Airès resulta fundamental precisamente porque muestra cómo, la segunda mitad del siglo XX experimenta lo que podríamos llamar el “fin de la muerte”. La muerte es “negada”, aunque ocurra, e incluso se masacren a millones todos los días, el fenómeno de la muerte parece quedar atomizado a la dimensión más íntima de la existencia dejando atrás los grandes mausoleos, los monumentos que recuerdan a los muertos, las ceremonias que los despedían dignamente.

La irrupción de la pandemia del COVID19 ha acelerado la tendencia entrevista por Airès. Miles fallecen todos los días a causa del cruce entre la emergencia del virus y las condiciones precarizadas de salud producidas por la implementación de la racionalidad neoliberal durante las últimas décadas. Las cifras llenan las pantallas todos los días. Pero nadie se conmueve de ellas. Son cifras abstractas como las de la economía. Van y vienen, se exhiben sin pudor, no ocultan ningún secreto, pero al exponerse sistemáticamente todos los días, producen el efecto de normalización, docilización, mengua de todo asombro frente a la catástrofe: la muerte no existe. Solo cifras. Como si la muerte impactara siempre a otros, jamás a nosotros.

Pero, sobre todo, las muertes por COVID19 se caracterizan por cumplir casi a cabalidad con el “fin de la muerte”. No se trata de pueblos o barrios que puedan despedir a quien haya muerto, sino tampoco lo puede hacer la familia. La desaparición del ritual de la muerte –tal como Airès había mostrado- hoy se ha consumado. Al punto que la muerte por COVID19 parece aproximarla a otra forma de muerte que las décadas pasadas ocurría durante las dictaduras militares: la desaparición forzada. Al hacer desaparecer el cuerpo, no podía haber juicio ni, por tanto, inscripción simbólica del asesinado en el imaginario social.

Se dirá: ¿pero está comparando a los desaparecidos en dictadura con los muertos por COVID19? ¿No son los primeros quienes recibieron una muerte deliberada y sistemática, producida por el aparato de seguridad del Estado? Absolutamente: pero con la irrupción del COVID19 se ha tendido a producir el mismo mecanismo de borramiento del lugar de la muerte, ese “negar la muerte” con el que Foucault describía la emergencia radical de la razón biopolítica. Borradura, des-inscripción, atomización radical de la experiencia configuran la trama letal de nuestro tiempo.

En esta escena, el COVID19 ha puesto en juego funerales express en los que el ritual tradicional ha sido aceleradamente sustituido por el procedimiento. Por cierto, no se trata de que el procedimiento se oponga al ritual (como el esquema que opone fácilmente modernidad a antigüedad), sino más bien, que el ritual otrora celebrado, se consuma –acelerándose- en la maquinaria procedimental puesta en juego en la situación del COVID 19.

Se trata del “fin de la muerte” en el paradójico instante en que ella nos envuelve cotidiana y completamente; en el momento en que la despedida de los seres queridos se transforma en un procedimiento más entre otros. El “fin de la muerte” deviene un dispositivo del poder que, con sus enormes cifras, invisibiliza no al fallecimiento sino a la dimensión sensible que nos ata alegremente a los otros, al afecto que nos envuelve. Justamente por eso, el “fin de la muerte” no designa el triunfo de la vida sino precisamente su catastrófica destrucción, el privilegio de las pasiones tristes que sirven a la única obscenidad que hoy se pavonea por el mundo: el fascismo.

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