El Corán de los ubicuos: progresismo viscoso y familia oligárquica

Nuestras poblaciones callampas y la barrialidad anudada a los sujetos de calle, a esos cuerpos esmirriados, donde la rebelión de los huesos ha desafiado al COVID-19. Donde los cuerpos y los “húmeros” no se dejan anestesiar por los códigos de una modernización viscosa que ahora intenta hacer de la historicidad una mediatización carnavalesca en manos  de guionistas, corporaciones y editores de turno. Hoy la información de los matinales se ha convertido en una nueva totalización de la experiencia: hambrientos de sucesos, entre musgos y penumbras, los reyezuelos de la edición han replicado la lógica neoliberal de la muerte de la realidad.

Exordio. En los últimos días hemos presenciado la fase de insubordinación popular agravada por la afección infinita que han padecido miles de hogares desventurados digitados por la gestión esquizofrénica y el paradigma bio-médico de un gobierno que presurosamente buscaba recuperar migajas de legitimidad. Y que mediante tecnologías de gubernamentalidad abrazó la idea de rescatar la figura de Piñera de su condición de “estadista siniestrado” que, en ningún caso, podrá ficcionar la adherencia significativa que requiere un moribundo “acuerdo nacional”.

En las últimas horas no solo tuvo lugar el adiós de Mañalich como escudero presidencial, sino el fracaso de la comunicación política centrada en sustantivos tanáticos. Sebastián Piñera como una especie de “acelerador de partículas” ha sido capaz de mostrar la ilegitimidad de una economía terciaria en un clima que incluso se ha tornado irrespirable para las propias élites. Y donde nuestro Ruiseñor épocal (Rector UDP) en su afán de dar el diezmo cognitivo a la familia oligárquica no se ha restado a la hora de calificar de estúpido al Presidente desde su Olimpo dominical. Adicionalmente, y es una cuestión consabida, se suma un congreso siniestrado sin posibilidad alguna de codificar, re-elitizar o integrar un tropel de demandas insatisfechas. Decir Parlamento es nombrar un espacio viciado. Decir Partido es concitar una categoría declarada interdicta por la sociedad civil que sólo  se sostiene en su dimensión fáctica. Por fin nuestro modelo de crisis no es sino la derrota de la democracia a manos del neoliberalismo. Aunque la revuelta derogante/revocatoria ha logrado aguijonear la relojería guzmaniana y dejar al descubierto la anarquía de la desregulación.  En virtud del efecto “desactivador” que produjo el 18/0 la toma de palabra está envilecida por estos días. 

Luego de semanas postreras se activó un deseo de insurgencia y una radicalidad ética que se alzó desde las cornisas de la ciudad manteniendo en vilo la sedimentación del 18/0 y desafiando el miedo como terapia gubernamental. Hoy se ha desplegado la potencia martiriológica de los cuerpos confinados ante la ausencia de la “cadena primaria” (derechos básicos denegados). Todo esto prescindiendo de la hipertrofia del consumo referido al acceso de servicios o experiencia cultural, develando la decadente voluptuosidad de la modernización iniciada en 1990. De un lado, y dada la militarización de la vida cotidiana, esto ha desnudado la especulación securitaria del Estado sobre el encierro y, de otro lado, ha tenido lugar una respuesta predecible donde la violencia del orden golpea cotidianamente a las subjetividades de los bordes (periféricas) que han levantado una lucha por la subsistencia. La cognición del orden obedece a formas materiales e inmateriales de violencia capilar.

De paso ha quedado al descubierto un cansancio infinito. Chile es el cansancio de huesos revelados; una pequeña palabra que lucha y devela la ficción  modernizante. “Chile de huachos” es también el olvido de los cuerpos perdidos que ahora impugnan la promesa rota de tres decenios de teleología progresista; “la desigualdad mitigará la pobreza, ha sido el pregón de los heraldos de la modernización”. Pero hoy, bajo otro tiempo cultural, han quedado al descubierto las complicidades adúlteras entre modernización y pobreza. Noche y Niebla.

Modernización adúltera. Pero llegó la hora de la“potencia desdentada” y se alzaron los cuerpos nómades develando como un golpe de “rayos X” la derrota epistémica del orden transicional y su inteligibilidad, sea en el plano cultural, o bien, bajo la interdicción de nuestra política institucional que aún abraza la porfía de un “acuerdo nacional”. Lejos de todo proyecto nacional en nuestra actualidad -porque el presente ha sido secuestrado- no gozamos de élites hegemónicas, sino de un ocaso de voluptuosidad; “gente con dinero” librada a la mediatizan de sus escándalos familiares (antes fue Dávalos, la familia Presidencial o Feñita Bachelet). Por su parte las oligarquías académicas y sus cuadros técnicos han devenido en los “lacayos semióticos” de un régimen de acceso, consumo y realismo. Ese déficit de densidad etnográfica -que enfanga a las izquierdas- se debe al éxodo de las ciencias sociales críticas hacia las rutinas burocráticas de los doctorados y la tiranía de la indexación. En suma, en medio del desastre y la humillación, parias y menesterosos se han volcado a las calles desafiando el disciplinamiento del virus pos/fordista (Covid-19) e impugnando desde los márgenes a los funcionarios ideológicos encargados de la reprogramación geopolítica del capital ante las nuevas conflictividades territoriales. Aquí han migrado un conjunto de sucesos que han develado la bancarrota de la épica modernizadora. Dicho en crudo, las corporaciones y el Parlamento (de suyo el gobierno y sus filiales accionarias) han declarado la guerra bacteriológica al campo de la disidencia para configurar la escena artificial de la cohesión social y la obediencia normativa (a riesgo de anomia y de sancionar la producción de un “otro invisible” que debe ser excluido del orden social) administrando un vocabulario securitario (“unidad”, “patria”, “familia” y “comunidad” ante el enemigo invisible que impide el avance del acuerdo nacional).

El mismo guión se hace extensivo a la masificación galáctica de la modernización neoliberal (1990-2010) y a los “expertos indiferentes” vinculados al oficialismo cultural que se esmeran por re-semantizar una realidad biológica y social. Esto comprende la fusión de un conjunto de fenómenos yuxtapuestos: el terrorismo digital (virológico) promovido por la comunicación corporativa que despliega el miedo como “afecto político” (Covid o no Covid); un Estado del “dejar morir” que declara al ciudadano un potencial terrorista virtual; la artera  elitización del “progresismo neoliberal” (“Lavinocentrista”) que ha teñido de eficiencia técnica la impunidad autoritaria; hasta los rostros erizados de los contagiados que esperan morir en cárceles, en los pasillos de hospitales siniestrados, en la ascera de una esquina sin nombre o en ambulancias sin destino.

La impotencia de las “burocracias cognitivas” encabezadas por el Rectorado semiótico y su opúsculo dominical. Y sí, en misa de once se promueve el poder hipnótico que requiere el poder. La castración del ensayo crítico y el “apartheid cognitivo” de una academia normalizadora y homogenizante respecto a los sujetos de los márgenes es parte de un vacío cognitivo y político. Y todo ello sumado a la difunta “política representacional”, han cincelado las condiciones para una “regresión oligárquica” que ha ocultado en la modernización neoliberal la restauración de un  “imaginario hacendal” capaz de prescindir de todo “pacto social”.

Coloquio para pobres. En suma, cuando invocamos la destitución de la modernización chilena con su “clusters” de “indicadores galácticos” (1990-2010), hacemos mención a la bullada “canasta básica” que golpea la imagen autocomplaciente de una economía de servicios (de baja complejidad) que la Concertación exportó a modo de corolario del milagro chileno fundado en 1981. Y aunque el hambre pueda ser una expresión que se circunscribe a 10 poblaciones de Santiago, la grieta de la “canasta primaria” devela al consumo conspicuo (acceso a bienes y servicios) como modelo de desarrollo -auscultamiento- y experiencia cultural de grupos medios que hoy desconocen la paternidad de los mercados.

La demanda por  “Pan” (que aquí usamos como prefijo) no es solo la anécdota fácil de la periferia indómita, o la olla flaca de La Pintana, San Bernardo o El Bosque, sino el eslabón que desnuda la contradicción fundante del imaginario modernizador validado por los intelectuales del poder y el festín del ¡milagro chileno¡ Aquí el Hambre no es el sinónimo del consumo neoliberal, sino una fuerza derogante de la visibilidad que ha instaurado la familia oligárquica cuando excluye, aísla, y zonifica el campo de la “marginalidad paria”, y confinada a los extramuros de la ciudad. Y esto abre un nuevo campo de antagonismos en materias de conflictividad territorial donde la burocracia neoliberal no puede revertir la desesperación del mundo popular, ni menos ignorar sectores incapaces de gestionar riquezas.

Dicho esto, cuánto espanto produce una revuelta popular donde los desdentados del orden se permiten desafiar a la Pandemocracia derogando la “promesa fácil” de un emprendimiento reducido a sobrevivencia adaptativa. Cuánta “colitis social” infunden unas cogniciones rebeldes que destituyen -con desesperación- el enfoque del “capital semilla” y las promesas de movilidad. Qué pudores tan obscenos se manifiestan ante la reivindicación de una Asamblea de la vida cotidiana que reemplace la actual Constitución pinochetista/concertacionista por un texto que considere a todos los actores excluidos de una democracia cesarista. Existe un desaliento cuando el discurso de los márgenes tira el “pelo en la leche” y desestabiliza mordazmente los protocolos aprobados por el Corán de los progresismos ubicuos.  Ello nos recuerda nuestra ineludible condición pordiosera.

Nuestras poblaciones callampas y la barrialidad anudada a los sujetos de calle, a esos cuerpos esmirriados, donde la rebelión de los huesos ha desafiado al COVID-19. Donde los cuerpos y los “húmeros” no se dejan anestesiar por los códigos de una modernización viscosa que ahora intenta hacer de la historicidad una mediatización carnavalesca en manos  de guionistas, corporaciones y editores de turno. Hoy la información de los matinales se ha convertido en una nueva totalización de la experiencia: hambrientos de sucesos, entre musgos y penumbras, los reyezuelos de la edición han replicado la lógica neoliberal de la muerte de la realidad. Y así ha quedado en evidencia todo el “ocaso cognitivo” de la “industria televisiva” mediante un travestismo visual que se ha esmerado, aquí y allá, por consumar un estado de impunidad social y saturación mediática: la des-información ha sido otra negación de la “libertad de expresión” donde el fascismo mediático nos violenta cotidianamente a nombre de la “ficción democrática”.

Funcionarios cognitivos. El quid es cómo nuestra pobreza franciscana se ha vuelto insoportable para el rectorado modernizador y sus pastores letrados (alta gerencia guarecida en la usura de las indexaciones). Aquí se devela una especie de dimensión pordiosera que, inoculada o no, obliga al relato modernizador a exhumar, fumigar y erradicar esta herida por cuanto deroga la “imago” de mundo que nos ofertó la masificación del acceso con sus indicadores de logro (conectividad, energía, turismo, carreteras, ecologismos, etc). En suma, contra el “modelo de hambre” ningún discurso técnico o managerial se puede sentir satisfecho, pues aquí se devela la laxitud de la estadística y la macro-economía. Hasta hoy nuestra parroquia había sido exportada a la región como un modelo de “subdesarrollo exitoso” que mediante el simulacro elitario escondía la involución hacendal. Sin embargo, cuando “cumas”, “muertos de hambre”, “rotos”, “flaites”, “negros”, “huachos, “vulnerables”, “asistidos”, y toda la cadena de sujetos tercerizados hacen que el poder hacendal y sus thinktank  (incluida la promiscuidad de Chile 21) no pueden asir, se despliega un “pueblo real” que no tiene consistencia sociológica para ser domado desde la holgura cognitiva de los teóricos de la anomia que se obstinan en reponer viejas economías del conocimiento. Esto último excede el régimen visual de la “oligarquía tecnocrática” y los politólogos de turno. En los últimos días apareció el hambre y la “actualidad” no puede responder a la demanda por sustituir necesidades primarias que distan del consumo conspicuo como experiencia modernizante. Y es que en el marco de una Pandemocracia cae toda noción de comunidad, la lógica del experto indiferente carece de sentido y las terapias estandarizadoras del malestar han sido derogadas antes una aplastante realidad. 

Y es que los “administradores cognitivos” de la familia oligárquica hacen las veces de “nan@s epistémicos”  en sus “eufemismos explicativos” (devotos de granjerías, convenios y una glotonería pecunaria) perpetuando unos modos institucionales de la investigación universitaria que durante tres decenios aisló el campo de “lo popular” en sus más diversas expropiaciones. Dicho  en crudo, ¡Nada de epistemes plebeyas¡ fue la pancarta del “experto indiferente”. Y así, aferrados a la usura categorial de la indexación, en desmedro del ensayo y la densidad etnográfica, en plena precarización de la creatividad, han recusado a la calle, al sujeto popular, desde viejas economías del conocimiento, a saber, anómicos, violentos, irracionales e indomables. Y puntualmente como “algo lírico” y más complejo de analizar, pero sin superar el clivaje orientalista entre civilización y barbarie. Aquí, en nuestro mundanal tupido, los sustantivos carecen de todo verdor y así abrazaban hasta antes del 18/0 su pertenencia a los relatos visuales de una modernización de teflón. 

Con el inicio de la revuelta pandémica la sociedad chilena prolonga la destitución de su imaginario epocal. En suma, ante el vacío epistemológico,  quedó al descubierto la tuberculosis que agota el trabajo en un modelo de acceso, obediencia y consumo. En nuestra parroquia las tecnologías del poder pastoral (autores del progresismo modernizador y jóvenes weberianos de izquierda) han devenido securitarios y por ende adultocéntricos en su necesidad de reponer la extraviada “ley del Padre”. La calle, la de Octubre, ahora devenida pandémica, destronó a los operadores del orden fáctico. Y es que tal dique normativo aún pretende monopolizar los cuerpos, los espacios, la comunicación política, inclusive la toma de palabra. Lo último devela algo más mordaz, a saber, una histeria por digitar, descifrar y proyectar la insurgencia desde un cuerpo conceptual (sociología de las élites) que aún se arroga una capacidad predictiva, una suerte de soluto, sin dimensionar la potencia derogadora de la movilización social que ha retratado al poder en su dimensión anárquica.

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Hambre

Algunos, en su liturgia dominical, dirán que cuando los sectores populares claman por “alimento” es porque desean “volver a la normalidad” previa al 18 de octubre. Volverán a aplaudirse entre ellos y dirán: nuestra “modernización” era la senda correcta, ha sido reconocida su bondad. Como un misterio divino que habrá sido revelado, los intelectuales del poder se abrazarán tranquilos porque creerán que esa “demanda” ese “malestar” exige más sistema y no menos, más neoliberalismo y no menos.