El cerco mediático en la situación Palestina

   

                                                                            Mother, do you think they’ll drop the bomb?

                                                                                                                            Pink Floyd

Hace varias décadas Edward Said escribió “Cubriendo el Islam” (1981) un análisis acerca de cómo los medios de comunicación estadounidenses abordaban las noticias referidas al islam en el contexto del triunfo de la Revolución iraní en 1979. Si bien, este libro continúa el trabajo saideano iniciado en “Orientalismo” (1978), resulta particularmente importante detenerse en el título de este trabajo: “cubriendo el islam” designa, a la vez, la visibilización e invisibilización del fenómeno donde el doble sentido del término “cubrir” resulta decisivo: por un lado, la prensa efectivamente “cubre” el islam, pero en el mismo acto de hacerlo lo “encubre” al imponerle un formato editorial preciso, un régimen de visibilidad particular. La lucidez con la que Said titula su trabajo pone en juego una tesis clave para la nueva era del espectáculo mediático: los medios de comunicación no funcionan tanto con la “censura” como dispositivo coactivo, como con la “editorial” como dispositivo productivo. Esta última se orienta a producir opinión y no simplemente a prohibirla o limitarla como ocurría en el escenario moderno (Kant). Producción de la opinión o, lo que es igual, normalización de la palabra, cuando la prensa “cubre” un fenómeno –en este caso el “islam”- no deja de producir una infinita cadena de clichés que formatean a la opinión pública.

En las últimas semanas se ha “cubierto” las noticias de Palestina centrándose exclusivamente en “Hamas”. Como si el movimiento islamista agotara toda la resistencia palestina y como si el lanzamiento de cohetes a Israel fuera un “ataque” frente al que el Estado sionista reivindicaría su “derecho a defenderse”. Así, Israel aparece como si fuera   víctima de un arbitrario ataque de un movimiento que parece ser tremendamente poderoso (más poderoso incluso que el ejército más poderoso del mundo). En este sentido, el formato mediático “cubre” a Hamas como si fuera la causa de todos los problemas abstrayendo, de esta forma, la cruda realidad de la colonización que Israel despliega hace ya 73 años.

Precisamente porque tiene lugar dicha reducción, los medios tanto nacionales como internacionales ofrecen una mirada “equilibrada” o “equitativa” de una situación colonial que, por serlo, no puede tener nada equilibrado ni equitativo: desde que el movimiento sionista irrumpe en territorio palestino hacia principios del siglo XX apoyado por Gran Bretaña y la consolidación del Estado de Israel en 1948 la dinámica del conflicto no ha sido la presencia de dos fuerzas equivalentes en pugna (como si fueran dos Estados en guerra), sino más bien, un poderío cuya superioridad cualitativa y cuantitativa se ha situado claramente reside del lado israelí cuyo proyecto ha consistido en dominar todo el territorio palestino. Pero el “cubrimiento” de la noticia reduce todo a Hamas y sus misiles lanzados a Israel.

¿Qué podrían decir los medios de la constante situación colonial que acecha al pueblo palestino desde 1948? ¿Se escucha acaso el término “colonialismo” en el momento de referirnos a Israel? Para nada. El “cubrimiento” de la noticia ha sido eficaz en mostrar a los palestinos como fanáticos y violentos y a los israelíes como víctimas de una “escalada de violencia” que supuestamente no han elegido. “Escalada de violencia” –otro sintagma que se repite una y otra vez en la reproductibilidad técnica de los medios masivos: como si, antes que Hamas no lanzara sus cohetes no hubiera habido una “escalada” de la violencia colonial con las que Israel ha impulsado las políticas de anexión y construcción de asentamientos judíos en territorios palestinos. Nuevamente, el “cubrimiento” mediático subraya el lanzamiento de misiles por parte de Hamas y la victimización permanente de Israel. Como si toda resistencia palestina se redujera a los misiles frente a un Israel inerme que tendría el “derecho a defenderse” (¿tiene derecho a “defenderse” el opresor, el colono cuando ha ejercido impunemente su potestad de ataque?).

El cubrimiento mediático produce a una opinión pública que termina, dócilmente, aceptando la carta blanca que hace 73 años el mundo euro-atlántico le da a Israel para actuar, perpetuando la impunidad e impidiendo por todos los medios que Israel responda por sus crímenes.

Interesante ha sido el último informe de Human Rights Watch que –mucho tiempo después de que el Tribunal Russel y otros organismos internacionales lo denunciaran- ha subrayado la existencia de la situación de “apartheid” y “persecución” de Israel sobre la población palestina y que, desde el punto de vista del derecho internacional –dice el mismo informe- califica como “crímenes de lesa humanidad”. Interesante porque la colonización sionista se produce a la luz del día, en la exposición que ofrece la transparencia mediática contemporánea.

Sin embargo, su impunidad y despliegue colonial, persiste. La producción espectacular de la opinión pública ha facilitado a Israel extender su territorio al precio de expulsar y asesinar a la población palestina y ha logrado “cubrir” un hecho absolutamente indesmentible: Israel ha devenido la verdadera Sudáfrica del siglo XXI. Y eso no se debe, solamente, a la existencia de un gobierno de “derecha” como el Benjamin Netanyahu, sino a la institucionalización del “racismo de Estado” que, con las prácticas de la “limpieza étnica” que les han sido constitutivas, ha estructurado desde 1948, la fundación y despliegue colonial del Estado de Israel.

A esta luz, el colonialismo israelí no incide solo en territorio palestino. También lo hace en la normalización de la opinión pública mundial. Esta última, en la medida que ha sido producida en virtud de los formatos narrativos del sionismo, en la actual coyuntura, se ha centrado exclusivamente en Hamas “cubriendo” (naturalizando, vía un conjunto de clichés) la dimensión histórica, política y colonial de la situación. En otros términos, también la palabra pública ha sido colonizada desde el minuto que se deja “cubrir” por la narrativa sionista.

Hamas es la gran excusa israelí para mantener la impunidad sobre los asentamientos judíos. Justamente, el conflicto que ha gatillado el interés de los medios ha sido abierto por Sheij Jarra, un barrio palestino de Jerusalén Este que es parte de los Territorios Ocupados y sobre el cual Israel ha potenciado su política de asentamientos de colonos que han llegado intentando despojar a los palestinos de sus casas no solo fácticamente, sino también legalmente. Y fue precisamente esta noticia la que terminó “cubierta” por la irrupción de la noticia sobre Hamas que comenzó a lanzar misiles sobre Israel (y frente a los cuales Israel lanzó su Iron Dome o sistema antimisiles).

Lejos de situar un análisis por la legitimidad o no que tendría Hamas por el lanzamiento de misiles sobre Israel, me interesa algo mucho más preciso y quizás, decisivo: la función que los medios le han otorgado a Hamas y que lo ha hecho operar como un verdadero cerco mediático, pues, al visibilizarle, le permite invisibilizar, a su vez, la realidad colonial que acecha al pueblo palestino instalando una “cara” a los males que, supuesta e ilusoriamente, acechan a Israel. En lo inmediato: permite invisibilizar las graves acusaciones de corrupción que pesan sobre su primer ministro, así como también, y sobre todo, la situación en la que vive Gaza: bloqueada por aire, mar y tierra por las fuerzas israelíes, abandonada por el mundo, el colonialismo sionista –y no otra cosa- ha convertido a Gaza en un campo de concentración a tajo abierto, el más grande del mundo. Y a pesar que los medios han reducido todo el problema a Hamas y, eventualmente, al “islam”, lo cierto es que estamos asistiendo a una nueva intifada palestina, un levantamiento popular que sintomatiza la crisis de las Autoridad Nacional Palestina y de sus dos formaciones políticas más importantes, el Fatah y Hamas. Una intifada, por cierto, que, a diferencia de la de 1987 y la del año 2000, ésta parece articularse desde diferentes lugares del territorio palestino colonizado, así como desde fuera del mismo (Líbano y Jordania). Una pregunta para debatir la política palestina misma (justamente aquella invisibilizada por la “cobertura” mediática): ¿no estaríamos asistiendo al fin del ciclo de la gobernanza neoliberal cristalizada en los Acuerdos de Oslo de 1992 y 1993 que fundó a la Autoridad Nacional Palestina que la intifada en curso parece destituir completamente?

Así, por más armas, apoyo de los EEUU, Europa o algunos países árabes que tenga Israel, la perfección de su despliegue colonial no ha dejado de supurar a Palestina porque en el fondo, no podrán jamás vivir sin los palestinos, no podrán nunca “purificar” al territorio. Palestina es lo que interrumpe al continuum colonial israelí, la pulsación que habita en su seno y que desbarata, una y otra vez, sus propias narrativas reproducidas ad infinitum por los medios. Irreductible frente al “cubrimiento” colonial y al colonialismo “encubridor” que la narrativa palestina condensa en una palabra que impugna el estatus moral que el discurso sionista: nakba (catástrofe). Israel es la nakba, es el proyecto europeo que persiste más allá de Europa y que reproduce las formas de destrucción humana con una eficacia aterrorizantes. 

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