El castigo del pueblo

Foto: Agencia Uno

La crisis política expresada en el núcleo de la izquierda durante las últimas horas establece un paralelo evidente con la literatura. Pero no son, al igual que a lo largo de toda la historia de las sociedades, los actores políticos institucionales quienes encarnan la epopeya; es el pueblo de Chile.

Nada sintetiza mejor la coyuntura política nacional, que el pasaje del poema épico griego atribuido a Homero, La Odisea, en referencia al castigo de Sísifo. Allí, cuenta Ulises que el más astuto de los hombres, engañó a Hades, el dios de los infiernos, hasta el punto de conseguir que este lo enviara de regreso al mundo de los vivos cuando ya había muerto. Hades, furioso al darse cuenta del engaño, lo castigó devolviéndolo al inframundo donde tuvo que cumplir la condena de arrastrar una piedra enorme por una colina empinada, para que antes de alcanzar la cima, la roca rodara hacia la base desde donde debía reeditar sus esfuerzos por toda la eternidad. El mito, entonces, se nos presenta como una analogía del esfuerzo inútil e incesante del sujeto.

La crisis política expresada en el núcleo de la izquierda durante las últimas horas establece un paralelo evidente con la literatura. Pero no son, al igual que a lo largo de toda la historia de las sociedades, los actores políticos institucionales quienes encarnan la epopeya; es el pueblo de Chile.

Nos encontramos en medio de un tránsito histórico sin precedentes, que dibujará los derroteros por los que navegará la república hacia las próximas décadas. El proceso constituyente que impulsó la ciudadanía movilizada (la más astuta de las ciudadanías) a partir del estallido de octubre (y que le permitió despertar como quien vuelve al mundo de los vivos), pone en juego cuestiones que se han venido reclamando durante años y que hoy tensionan a aquellos que por una parte quieren perpetuar un sistema cultural basado en lógicas confeccionadas a su medida y aquellos que quieren superar el neoliberalismo.   

En este contexto, el plebiscito del 25 de octubre y el irrevocable triunfo del Apruebo y la Convención Constitucional, siguen siendo la convicción de la amplia mayoría popular, que no levanta otra bandera que la de la dignidad.

Aunque esa enorme porción de la sociedad chilena vive un momento esperanzador, fue testigo durante las últimas horas de otro espectáculo que opera como muestra empírica de aquello que ha cimentado la irrefrenable desconfianza heredada hacia el sistema político.

Todos los partidos auto definidos de izquierda o de centro izquierda, manifestaron estar por la unidad y por lograr pactos electorales que condujeran a primarias abiertas y que permitieran vencer a la derecha en la mayor parte de los territorios, pero no se logró el acuerdo; sospechoso, además de triste.
 

La inercia electoralista de la vieja política desgastada una vez más hizo lo suyo, aun cuando desde el mundo social lo que se exigía era otra cosa. Los dedos apuntando de un lado a otro y la excusa de los condicionamientos, aunque plausible, no está a la altura de las circunstancias; los partidos en su conjunto debían ponerse de acuerdo de cara a la soberanía ciudadana. El mandato del nuevo Chile era precisamente que de una vez por todas ellos dieran el paso siguiente; unidad con contenidos. Y renunciar a aquello no era resorte de una clase política deslegitimada.

Por cierto que nadie preferiría unidad sin contenidos. La experiencia comparada con nuestro propio pasado demuestra que ha sido en buena medida esto mismo, un factor importante para que incluso siendo testigos de las infinitas injusticias del modelo, no hayamos sido capaces (hasta ahora) de abrir una posibilidad radical de migrar a uno más afín a los deseos y necesidades de la mayoría de las chilenas y chilenos, pero el mínimo esperable era que lograran ponerse de acuerdo, dejando sus individualismos y cuoteos de poder de lado.
 

El objetivo es uno solo; avanzar hacia un modelo que nos permita construir una sociedad justa, libre, democrática e inclusiva. En organicidad con el pueblo de Chile y con sus naciones originarias, que supere el sistema de AFP, para establecer un sistema solidario de pensiones dignas. Donde la planificación estatal sobre las aguas y recursos estratégicos renovables y no renovables, sean la hoja de ruta hacia la protección de nuestros ecosistemas. 

Una sociedad en la que la cultura y las artes dejen de ser un aspecto cosmético de la vida social y que el respeto y cumplimiento de los Derechos Humanos sea una cuestión irrenunciable, junto con el aseguramiento de derechos sociales universales en salud, educación y vivienda. Donde los derechos sexuales y reproductivos, en igualdad de género, estén consagrados como derechos. Un modelo en que un rol activo del Estado se haga fundamental en la iniciativa económica y el gasto público. Donde el reconocimiento de los pueblos indígenas, así como el impulso de nuevas formas de participación democrática efectiva de todas y todos nos permitan edificar lo esencial; una sociedad en que la dignidad se haga costumbre.

Este ideario, expresado en las movilizaciones de los últimos meses, no está disponible para negociaciones partidistas y es bueno que todos quienes se identifican con el progresismo al interior de la institucionalidad lo sepan. Estas exigencias de contenidos constitucionales son el legítimo eje ordenador que ha instituido el pueblo de Chile y que debe permitir la unidad para abrir los caminos transformadores. 
 

Será la historia la que juzgará a los políticos de hoy. El llamado es claro y se ha hecho escuchar; dignificar el proceso de la convención constituyente y declarar con vehemencia y de forma explícita, a este proceso como un espacio separado de cualquier otra negociación electoral o partidaria. No existe otra alternativa que someterse a la voluntad del pueblo de Chile y articularse bajo el programa de mínimos y máximos que se ha venido escribiendo desde hace casi un año en los muros de las calles. No verá Chile, una vez más, rodar la roca hasta el fondo del valle. Ya la ha arrastrado su multitud hasta la cima y esta vez, no la va a dejar caer. 

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