El ascenso del partido total en Estados Unidos

Este es el horizonte que proyecta la nueva derecha en sus representantes más unísonos: cierre de filas y tono vociferante. Esta actitud quedó sintetizada a la perfección en un comentario de la “estrella naciente” del conservadurismo nacionalista de American Compass, Josh Hammer: “El viejo partido conservador perdía con dignidad; pero la nueva derecha debe pelear hasta el último voto”. Movilización y resiliencia son los dos ingredientes del nuevo nacionalismo republicano.


¿Por qué a pesar de los contundentes resultados del reconteo electoral Donald J. Trump se ha negado a aceptar su derrota? Sería fácil explicar el fenómeno desde la psicología del personaje o como un episodio más en la erosión de las normas presidenciales. Sin embargo, más importante que la negativa de Trump a conceder la victoria de Biden ha sido el apoyo sistemático del Partido Republicano a este aventurismo. Lo cierto es que el grueso fuerte del GOP ha seguido su línea; a tal punto que el mismo Mitch McConnell, líder de la mayoría republicana, ha defendido los alegatos de fraude en torno a la “legalidad de los votos” en los estados que no han declarado a un ganador.

Ciertamente, ya podemos decir con evidencia concreta que los republicanos son el partido de Trump y que el futuro del trumpismo sobrevivirá después de que desaloje la Casa Blanca. A partir de ahora los contenidos de la agenda “trumpista” podrán cambiar, pero lo que no cambiará será la energía de movilización transferida al partido.

Este es el horizonte que proyecta la nueva derecha en sus representantes más unísonos: cierre de filas y tono vociferante. Esta actitud quedó sintetizada a la perfección en un comentario de la “estrella naciente” del conservadurismo nacionalista de American Compass, Josh Hammer: “El viejo partido conservador perdía con dignidad; pero la nueva derecha debe pelear hasta el último voto”. Movilización y resiliencia son los dos ingredientes del nuevo nacionalismo republicano.

La resistencia de parte del partido ya no se limita a cuestiones de contenidos relativos a la legislación o la agenda económica, sino que se propone cuestionar los fundamentos del propio proceso democrático. Esto es lo que ya ha sucedido en el reconteo de votos en el estado de Michigan, en el cual varios representantes republicanos han querido obstaculizar los resultados de Wayne County, un distrito mayoritariamente afroamericano y uno de los más golpeados por la pandemia.

De modo que esta movilización partisana emerge como una resistencia contra el orden democrático y la división de poderes. De ahí que el senador Tom Cotton – una de las figuras más sobresalientes del post-trumpismo – haya declarado que la estrategia del partido republicano es una retribución por la conducta de los demócratas durante estos últimos años. Para Cotton es fundamental que la oposición a la presidencia de Biden se coagule desde la unidad del partido. Esta es la nueva transformación que el trumpismo ha transferido al partido de Lincoln. Y no es que antes no haya existido polarización entre los dos partidos. La novedad radica en lo que me gustaría llamar el ascenso de un partido total, cuya fuerza ahora se mide contra otras formas del orden concreto, como pueden ser el estado, la neutralidad de las instituciones o el propio proceso electoral.

La esencia de este partido total se ejerce como movilización que suprime no solo el disenso interno, sino que se proyecta como la única fuerza legítima para mediar entre pueblo y estado. En realidad, la energía de esta proyección partisana es propia de toda escalada hacia un “partido total”, tal y como Carl Schmitt lo previó en una conferencia sobre el debilitamiento del estado de la república de Weimar. En efecto, en aquella conferencia titulada “Estado fuerte, economía sana” (1932), Schmitt advertía que “la debilidad del estado se compensa con una pluralidad de partidos totales, en la que cada partido busca tomar la totalidad para orientar una ideología, una forma correcta de estado, una forma correcta del sistema económico y una única sociabilidad como mediación del partido”.

Este esquema explica la transformación del partido republicano como mecanismo de transferencia del autoritarismo carismático de Donald J. Trump hacia la movilización partisana. En palabras de unos de los intelectuales de la nueva derecha Gladden Pappin, la tarea ahora se trataría de desplegar un “partido de estado” capaz de abolir el pluralismo para así ejercer  presión sobre el estado para los fines del partido. El nuevo partido, ahora sustantivado desde una moral fuerte, se alza hegemónicamente contra la institucionalidad concreta a la que concibe como un simple entramado liberal.  

Si en otras ocasiones me ha parecido incorrecto establecer un paralelo entre el contexto norteamericano y el momento Weimar desde el presidencialismo, creo que sí estamos en condiciones de hacerlo si nos atenemos a la movilización partisana. Al fin de cuentas, el núcleo de la politización fascista estuvo arraigado en la maximización de la forma partido. Está demás decir que el partido total norteamericano difiere sustancialmente del espíritu revolucionario del nacionalsocialismo. De ahí que sea necesario detenernos en cuatro elementos específicos de la esencia de partido total republicano.

En primer lugar, es un partido que cuestiona la integridad de la burocracia federal, unos de los instrumentos fundamentales para la neutralización partisana, como sabía Schmitt. La instrumentalización del estado administrativo, en efecto, aparece en forma bifronte: mientras que el libertarianismo economicista tiende a ser cuestionar los propios fundamentos de su legitimidad; el nuevo corporativismo nacionalista lo bautiza con sus principios morales. De ahí que Pappin pueda decir que para el nuevo conservadurismo la tarea consiste en producir un uso efectivo del estado administrativo mas no su abolición.

En segundo lugar, el partido total en la medida en que tiene las riendas del Senado ejerce una presión inmovilista contra el ejecutivo. Y aunque es cierto que el presidencialismo norteamericano está dotado de funciones de autoridad administrativa, este “obstáculo” impide procesos de reforma a largo plazo a la vez que mantiene la polarización en su mayor grado de intensificación.

En tercer lugar, el partido total ejerce una fuerza desde la clase juristocracia y sus aparatos judiciales (las cortes, las escuelas de derecho, la Federalist Society, los think-tanks) que les dota de una hermenéutica que minimiza el derecho positivo. Y, en cuarto lugar, el partido total ahora se proyecta como partido “multiétnico y de las clases obreras” que desestima el proceso legítimo electoral entre partidos.

Por eso el carácter de movilización del partido total no debe medirse a partir de pequeños grupos radicalizados en las calles, sino en función del ascenso de una forma de partido que busca elevarse por encima de los otros poderes. Esta dimensión propia de una “dirección política” hegemónica, como veía Schmitt en otro ensayo decisivo de los treinta (“Estado, movimiento, pueblo”), debe ser entendido como la organización de un movimiento que busca anexar la forma estatal con la voluntad partisana. Así, el ascenso del partido total se diferencia formalmente del “faccionalismo” contemplado por los Founding Fathers del constitucionalismo americano; pues ya no hay una nivelación para el desacuerdo entre fuerzas, sino más bien una mediación absoluta entre el pueblo y los fines particulares del partido.

El ascenso del partido total viene a agudizar la crisis de mediación entre estado y la sociedad civil. No hay dudas de que en el contexto norteamericano un punto de inflexión histórico fue el caso Citizens United vs. FEC (2010) en el cual la Corte Suprema determinó que el financiamiento ilimitado en campañas políticas es un derecho avalado por la primera enmienda. El razonamiento de la corte fue mecánico: puesto que la financiación potencia el libre ejercicio de opinión, el uso del dinero no es otra cosa que el medio por el cual se amplifica el uso de la voz en la esfera pública.

Aunque como han mostrado Heather Gerken y Joseph Fishin (2014), el problema es que el uso ilimitado de recursos financieros desencadena lealtades con grupos que fomentan intereses exclusivos. Sin embargo, con el ascenso del partido total, podemos constatar que el dilema trasciende el marco electoral y la competencia de lealtades. Por eso tal vez es demasiado tarde para proponer reformas acotadas a la financiación de partido o reactivar la vieja receta schmittiana de una economía regulada en el estado con el fin de rejuvenecer la división de poderes.

El partido total hoy se eleva como la única forma que garantiza la aparente unidad política del demos. Y fuera de él sólo resta la administración del caos y del miedo. Por lo que la tarea hoy pasa por pensar formas concretas de frenar la movilización de un partido de naturaleza totalitaria, enemigo de la institucionalidad política.

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