“El agente topo”: Rómulo Aitken no tiene doble

¿Por qué decidir armar una propuesta junto con un ex torturador y blanquear su imagen?


¿Qué es lo que entendemos como “la belleza” o “lo poético” en una obra audiovisual? La respuesta a esta pregunta sin dudas que es compleja, tiene varias aristas y no debe considerar sólo una dimensión. En la nota “Rómulo Aitken y su doble”, Hernán Herrera señala que en el documental chileno “El agente topo”, de la realizadora Maite Alberdi lo bello del filme dejaría en segundo plano a las acusaciones hacia Rómulo Aitken, el detective que aparece en pantalla y cuyo prontuario ha cuestionado la recepción de la película.

Pues bien, primero que todo se hace necesario señalar algunas cuestiones preliminares. Para quienes no lo recuerden, Aitken es en el documental el detective que contrata al protagonista del relato (Sergio Chamy). El asunto es que su participación en la cinta audiovisual no puede minimizarse de manera tan liviana, reduciéndose a un mero error o imprudencia de la producción, pues Aitken acompañó a la directora en la realización del guión y la construcción dramática, además de entrenar a Sergio como espía.  No es una participación secundaria, tal como señala Aníbal Ricci, sino una participación en decisiones cruciales de la obra.

Al mismo tiempo, si bien la producción se excusa en que no conocía ninguna acusación judicial respecto de Aitken al momento de la filmación y que la revelación de antecedentes de violación a los DDHH es posterior, no parece tan excusable esta distracción, pues encontramos varias acusaciones de otros cargos -el de violencia doméstica, por ejemplo- publicados el año 2005 en la web, a muy fácil acceso desde sitios de EMOL y La Tercera.

Ahora bien, de acuerdo a los antecedentes entregados por Dauno Tótoro y Javier Rebolledo en su libro “Rati. Agente de La Oficina. La ‘Pacificación en Democracia’” (2021), Aitken formó parte primero de ‘La Oficina’ que, según lo que ha planteado Rebolledo, sería algo así como la extensión de la CNI en democracia y cuyo propósito expreso era desbaratar a la izquierda revolucionaria de comienzos de los 90’ mediante torturas y persecución. En el mencionado libro se narra, por ejemplo, el momento en que Aitken participó en la tortura al ex dirigente del Movimiento Juvenil Lautaro (MJL) Carlos Silva Duncan:

“El Chino Duncan estaba colgado debajo del chuzo, con las manos amarradas a los tobillos, la cabeza hacia abajo. Estaba entero contraído, con los músculos tensos, como en trance. En ese momento le empezaron a aplicar corriente mientras seguía colgado (…) Gritos, quejidos, en medio de preguntas, corrientes, golpes y más preguntas (…) Los que lo torturaban eran Christian, (…) César Rebolledo (…) y Rómulo Aitken” (pp. 107).

Aitken, además de haber participado en La Oficina, fue acusado de violencia intrafamiliar hacia su esposa Paula Afani, además de haber participado él mismo en asalto a cuarteles de la PDI, con el fin de conseguir vínculos con narcotraficantes. También estuvo ligado a montajes contra Michelle Bachelet, durante la primera campaña presidencial de Joaquín Lavín. Para conocer estos antecedentes basta con realizar una búsqueda rápida en Google.

Pues bien, un curriculum de ese tono deja en un espacio dudoso a las ambigüedades: Señala Herrera que “desde el momento que Rómulo Aitken es capturado por la primera imagen de la película, ha dejado de ser Rómulo Aitken y pasa a ser un personaje de “El agente topo”, que nace y muere en el film”. Cuestión bastante extraña si pensamos en el género documental, donde no nos encontramos con personajes ficticios. Y bien, puede decirse que la película de Alberdi no es realmente un documental, por el tono ficcional que la directora intenta generar en la obra, desde una excesiva conducción de los personajes y sus diálogos.

Mas ambas son cuestiones de diferente nivel: las intenciones de la directora, por una parte y por otra, la existencia real de las personas retratadas en el filme. Si fuera aquel el caso, no podríamos tampoco señalar nada sobre el Hogar de Ancianos de El Monte y sus características, pues nos moveríamos dentro del plano meramente ficcional. Sobre este punto, cabe resaltar que la actual nominación de El Agente Topo al Oscar 2021 es por la categoría ‘Mejor Documental’ y por otra, que en el filme se retrata a Aitken no como personaje, sino que en su lugar de trabajo, desempeñando su propio oficio.

El resto no es más que un ejercicio estilístico. Por ello, parece descartable la hipótesis de que el documental ubique al ex detective “en otro plano” -ajeno a su propia historia-.

Todo esto tiene que ver con la honestidad y el punto de vista, así como la legitimidad ética y artística de la propuesta de la directora. Señala Herrera que: “en la dimensión estrictamente cinematográfica su participación no cuestiona la ética de la directora (…) Pensar así, sería como tirar al tacho de la basura las películas de Quentin Tarantino por las acusaciones contra su productor, Harvey Weinstein”. Pues bien, sin dudas que es cuestionable el actuar de Tarantino. Quepa nomas recordar las palabras que hace un tiempo le dedicara Uma Thurman .

¿Se empañan por ello las obras? Por supuesto que en el caso de una obra que una directora busca vender como “cine social”, siendo que el suyo es más cercano a lo que Luis Ospina denominara como “miserabilismo” (un producto que a todas luces busca el reconocimiento por su efectismo emocional) se le resta credibilidad y disminuye la legitimidad de la realizadora: ¿Por qué decidir armar una propuesta junto con un ex torturador y blanquear su imagen? Junto con este, son varios los cuestionamientos éticos que pueden hacérsele a la propuesta y estos no están fuera, sino dentro de la obra y ponen a la directora en un lugar claramente poco honesto y reacio al escrúpulo: sumado a lo de Aitken, el mismo hecho de basar su obra en el desgaste emocional de una persona mayor y en procurar mantener a ésta en un lugar por un tiempo prolongado, pese a sus reticencias. O la curiosa performance de marketing de Alberdi: exponer a una persona mayor a realizar un trabajo y luego en los medios criticar el trabajo en adultos mayores.

Esta cuestión de todos modos se resuelve por canales ajenos a la llamada cultura de la cancelación y dice relación con la responsabilidad histórica que cada realizador tiene con su propio tiempo. Y esto no tiene nada que ver con proponer una especie de ‘realismo socialista’, sino que con el ejercicio del hacer desde un lugar más honesto, comprometido y menos oportunista: difícil entender que la belleza pueda estar tan cercana a historias de tortura cuyos protagonistas se disfrazan o engalanan para la pantalla o relegar el ámbito audiovisual a una mera exhaltación del arte por el arte. Ya lo ha dicho antes el director Costa Gavras: las películas “debe[n] mover sensibilidades y hacer reflexionar desde un compromiso ético y estético”.

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