Educación feminista para evitar la violencia machista que circunda en nuestros propios espacios

08 DE MARZO DE 2019/TEMUCO La Coordinadora 8M realiza una marcha nocturna en conmemoración del Día Internacional de la Mujer. FOTO: HECTOR ANDRADE/AGENCIAUNO

“Existe bastante consciencia respecto a que las prácticas machistas son propias de sujetos políticos e instituciones relacionadas al conservadurismo, al neoliberalismo, al fascismo, a la derecha chilena (esa que ha gozado de total impunidad -respecto de toda su violencia- durante los últimos casi 50 años). Pero ¿qué ocurre cuando son nuestrxs propixs “compañerxs”, de circuitos progresistas, quienes ejercen la violencia patriarcal?”.


Si bien, llevamos casi tres meses en campaña para ser constituyentes y años de trabajo en el que hemos intentado abrir paso dentro del mundo político de las izquierdas para transformar los espacios en el que históricamente hemos sido excluidas; todavía nos encontramos con prácticas machistas y transodiantes en nuestro camino.

Es cierto, los cambios se avecinan: por primera vez escogeremos las personas que redactarán una nueva constitución y, dentro de las cerca de las 1300 candidaturas constituyentes a nivel nacional, 38 de ellas provienen de la población LGBTIQ+. De estas somos 4 candidaturas trans, 3 de ellas pertenecientes a la lista Apruebo Dignidad. Sin embargo, queda un largo camino para que la política y la democracia sean para todes.

Es por esto, que desde esta vereda, tenemos la convicción de que es necesario proponer reflexiones sobre la violencia machista que circunda en nuestros propios espacios y, que esta concientización, debe hacerse con perspectiva crítica y educativa.

Esto es un ejercicio de autocuidado y de responsabilidad afectiva con quienes llevamos adelante candidaturas desde las disidencias sexuales, situación transversal en el proceso electoral que estamos viviendo (concejalías, alcaldías, gobernaciones y, constituyentes).

Porque sí, se requieren más personas de nuestra comunidad en los espacios de toma de decisiones de los partidos y las instituciones.

La instrumentalización está a la orden del día y no basta con la paridad o con dar “cupos” de inclusión; queremos realmente generar condiciones para que quienes hemos sido sistemáticamente excluídxs, podamos ejercer soberanía en espacios de poder y, con ello, ir construyendo nuevas formas de comprendernos como sociedad, y ello implica cambiar de raíz las reglas del juego.

LA VIOLENCIA MACHISTA EN LA IZQUIERDA: UN PROBLEMA ESTRUCTURAL

Es verdad que los últimos años, hemos avanzando en varios aspectos sobre inclusión y diversidad, pero no son avances espontáneos ni suficientes. El feminismo ha debido impulsar estas paradigmáticas transformaciones en oposición al gobierno que tenemos hoy y a los sectores conservadores que han sido parte de los gobiernos en los últimos 30 años.

Un ejemplo de ello es lo que ocurrió el 16 de marzo de este año con una campaña del Ministerio del Deporte secundado por el de la Mujer y la Equidad de Género, en donde aluden que la frase “Ella parece hombre” para referirse a una mujer, es violento y discriminatorio, cuando en realidad lo que podemos ver es que el gobierno tiene nulo interés por comprender y defender las perspectivas de género.

A todas luces es una campaña transfóbica, creada por personas que todavía creen en el binarismo hombre/mujer y que terminan por violentar e invisibilizar a las existencias no binarias que habitan en este territorio.

Existe bastante consciencia respecto a que las prácticas machistas son propias de sujetos políticos e instituciones relacionadas al conservadurismo, al neoliberalismo, al fascismo, a la derecha chilena (esa que ha gozado de total impunidad -respecto de toda su violencia- durante los últimos casi 50 años). Pero ¿qué ocurre cuando son nuestrxs propixs “compañerxs”, de circuitos progresistas, quienes ejercen la violencia patriarcal?.

Hay ignorancia, falta de formación y capacitación -y, por qué no decirlo,  algo de comodidad al respecto de quedarse en lecturas biologicistas y conservadoras de los cuerpos e identidades- pero, tras la falta de coherencia entre discursos y prácticas se esconde también bastante soberbia.

Los ejercicios de violencia naturalizados en nuestros entornos políticos develan un elefante en el comedor que se intenta esconder bajo una alfombra, y ya no queda espacio para hacer vista gorda. Comprendemos que es un problema cultural, pero en la izquierda, es uno tremendamente político y transgeneracional.

Es un tema cada vez menos tabú que dentro de la misma izquierda el discurso feminista inclusivo sea, muchas veces, solo una pantalla o un fetiche para el blanqueamiento de imagen o prima la banalización, aislamiento, ridiculización, invisibilización de problemas, ideas o trabajo, sexismo o apropiación de nuestras demandas por la sed de votos o “likes”.

Por otra parte, vemos que esta cuestión no es un problema de hombres versus mujeres, sino que hablamos de la producción y reproducción de prácticas que son desoladoramente sexistas y masculinizadas. Y hoy, cuando estamos en un escenario electoral que nos abre las puertas a una refundación democrática, las candidaturas disidentes, con esfuerzo y humildad, estamos escribiendo una nueva historia.

Si hoy estamos donde estamos, es gracias a compañerxs que dieron la pelea en todos los espacios para abrir puertas a que las generaciones de hoy continuáramos su camino de transformación. A las feministas y disidencias sexuales nadie nos ha regalado nada; hemos construido y disputado hasta que nuestras perspectivas y voces sean ineludibles.

EDUCACIÓN FEMINISTA PARA TRANSFORMACIONES DEMOCRÁTICAS

Los feminismos vinimos a cambiar la base de lo que es nuestra cultura actual, la cual está teñida de binarios, jerarquización, invisibilización y verticalidad.

Somos unas convencidas de que la perspectiva feminista es la brújula que señala el camino a seguir en medio de la tremenda crisis planetaria (política, ambiental, social, económica, sanitaria, etc.) en la que nos encontramos como humanidad. Urge democratizar radicalmente la vida, en lo social, lo político y lo económico, para poner el bienestar y los cuidados en el centro.

Cuando hablamos de una “Constitución Feminista”, cuando marchamos y demandamos respeto por nuestros derechos, por nuestro “orgullo”, lo hacemos porque sabemos que de nuestras vivencias y perspectivas podemos lograr transformaciones necesarias para que mujeres, niñeces, juventudes, personas mayores, y otras comunidades excluídas podamos desarrollarnos con igualdad.

La paridad es un comienzo, pero debemos avanzar hacia políticas de Estado que garanticen una perspectiva de género (no sólo desde una mirada binaria, sino en el amplio espectro de género) transversal. Que se garantice que las disidencias podamos ser parte de espacios deliberativos, que se frene la suplantación de nuestras demandas y, que se nos reconozca como una efectiva mayoría social.

Invitamos a quienes nos leen a avanzar en concientizar y acompañarnos en este difícil proceso de deconstrucción que adolecemos como sociedad.

Queremos cambiar las lógicas patriarcales, androcéntricas y adultocéntricas que operan en nuestras mentalidades, redes y entornos, porque no queremos que los traumas de la exclusión y odio se sigan reproduciendo bajo el paraguas de esfuerzos emancipadores o democráticos.

Tenemos la certeza de que no hay justicia sin igualdad, como tampoco hay democracia si hay exclusión.

Hoy luchamos por dejar de resistir para empezar a existir; y hacemos también un llamado a todxs quienes bregamos por la emancipación y soberanía popular, a ser responsables, respetuosxs, sensibles y cuidadosxs para erradicar primeramente desde nosotrxs mismxs, los sesgos de éstas y todas las formas de violencia.

Es preciso enfrentarse a la incomodidad de cuestionar nuestras actitudes y nuestro inconsciente, ser capaces de abordar -para transformar- las estructuras machistas aprehendidas e instaladas desde los tempranos procesos de socialización, y de las que ahora toca hacerse cargo. Educar y educarse sexualmente es fundamental, porque no podemos seguir con las lógicas segregadoras que han precarizado nuestras propias existencias. Debemos aprender a escucharnos y a no negar lo que nos daña; esto es un paso inicial para erradicar el dolor.

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