Edipo Rey y la paradoja de la derecha

Pareciera imperar en palacio, un plan de “control de daños” más que un proyecto político (para qué tratar de recordar un programa de gobierno a estas alturas) y, bajo esa perspectiva, el ejecutivo opta por la ceguera de parapetarse intentando conservar sus dos o tres directrices ideológicas fundantes y así defender su tambaleante modelo neoliberal, endureciendo el tono, pero conservando el mismo relato.

En Edipo Rey, la tragedia griega por excelencia, el rey incauto se arranca los ojos con sus propias manos. Decide hacerlo después de entender una verdad que se le escondía a plena luz del día cuando supuestamente mejor podía ver. No mucho antes, había sido otro hombre ciego, el sabio Tiresias, quien le había advertido acerca de la verdadera ceguera que definía su existencia, en tiempos en que el joven monarca aun se encontraba en el trono; “Y puesto que me has echado en cara que soy ciego, te digo: aunque tú tienes vista, no ves en qué grado de desgracia te encuentras, ni dónde habitas, ni con quiénes transcurre tu vida”.

En el instante en que Edipo comprende la serie de acontecimientos que lo han llevado hasta donde está y, asumiendo la inevitabilidad de su destino propia de toda tragedia, secuestrado por una algarabía febril, comprende que el poder ver, no dependerá nunca mas de sus globos oculares. Entonces se saca los ojos y en sus sitios aparecen dos cuencas negras.
               

En el texto de Sófocles, el inigualable dramaturgo griego, la anagnórisis ha llegado demasiado tarde. Ya no hay salvación posible. El rey ha despertado, pero en ese momento exacto ha dejado de ser rey. Esta automutilación, este acto de renuncia, es el único plan que nuestro protagonista pudo diseñar para encaminarse a la redención, pero es también el derrotero de su condena. La mutilación no implica solo la biología, sino también el poder, es decir, la política.

Es aquí donde estriba la paradoja ineludible y el verdadero interés del asunto: El radical giro hacia la derecha recalcitrante del gobierno, cristalizado en el último cambio de gabinete, que pareciera ser un síntoma de miopía política, oculta una estrategia peligrosa.

El aterrizaje de Víctor Pérez en el Ministerio de Interior y Seguridad Pública, declarado pinochetista, alcalde designado por Augusto Pinochet en la ciudad de Los Ángeles, sector que fue escenario de graves violaciones a los derechos humanos, muchas de ellas consignadas en el informe Rettig y en numerosos procesos judiciales, es una jugada arriesgada de parte del gobierno, en un momento histórico en que la inminencia del plebiscito por una nueva constitución (y de un segundo episodio de un estallido social que a todas luces está en el congelador, a la espera de recobrar su vigor por las calles de Chile), constituye una arremetida amenazante, en tanto representa no solamente una afrenta a la memoria de las víctimas de la dictadura, sino que también avizora continuidad en la represión de parte de un gobierno que, al parecer, elige acotar el diálogo entre la élite y una ciudadanía que clama por ser vista y escuchada.

Según el doctor en filosofía Hugo Herrera, quien ha sido descrito como uno de los intelectuales mas lúcidos e ilustrados de la derecha chilena en la actualidad, el problema del proceso histórico del ámbito de quienes hoy nos gobiernan es que su “…pensamiento dominante era -es- demasiado estrecho, de tal suerte que le impedía -impide- a ese sector la apertura suficiente como para entender la realidad de manera adecuada y proponerle, a la situación nacional, caminos de salida plenos de sentido.” Asumiendo esa hipermetropía sociológica, constatada desde dentro del propio sector, resulta comprensible que una coalición fisurada, dividida en su tejido interno y derrotada contundentemente en los últimos procesos legislativos de trascendencia política, le entregue lo que le queda de su período a la UDI y a sus críticos mas duros, en un intento postrero por evitar el desfonde por la diestra, y así, los que hasta hace poco representaban el personaje de “enemigo íntimo” (interpretado en algunas escenas desde una autocompasión con olor a romanticismo), ahora mastican satisfechos lo que va quedando en la mesa de palacio.

Probablemente la negociación interna estuvo centrada en los “mínimos comunes” que les van quedando, frente a lo que ellos mismos han definido en innumerables ocasiones como el riesgo de descalabro ante la izquierdización del país y de los sectores históricamente identificados con la ex Concertación (que en sus teorías habrían despoblado el centro en una estampida hacia la izquierda radical), ante el control de la agenda legislativa por parte del Frente Amplio y el surgimiento de los liderazgos del partido comunista.

Pareciera imperar en palacio, un plan de “control de daños” más que un proyecto político (para qué tratar de recordar un programa de gobierno a estas alturas) y, bajo esa perspectiva, el ejecutivo opta por la ceguera de parapetarse intentando conservar sus dos o tres directrices ideológicas fundantes y así defender su tambaleante modelo neoliberal, endureciendo el tono, pero conservando el mismo relato; Como los tres famosos simios, elige la sordera, el mutismo y la ceguera.

Esa obra no termina bien. Tal como no acaba bien “Edipo en Colono”, secuela indispensable del dramaturgo griego, en la que asistimos al ocaso de la vida de nuestro protagonista, ya ciego desde hace décadas, con sus dos hijas como bastones, declamando a los cuatro vientos que cuenta con la ominosa habilidad de ver con la voz, pidiendo ayuda extranjera para llamar a otros reyes de otros mundos, en busca de amparo y protección, quienes no hacen mas que desconfiar de él y preguntarse infructuosamente qué utilidades podrían extraerse de alguien que no puede, o no quiso ver.

Leída de esa forma, la estrategia del oficialismo no parece buena para su sector, pero tristemente tampoco para el país. Otros capítulos históricos de nuestra patria han traído aparejados desafíos similares. Anteriores crisis políticas de la oligarquía han allanado el camino para que las fuerzas de izquierda se articulen y levanten propuestas en sintonía con las necesidades de la ciudadanía, pero la velocidad de reacción política y su traducción institucional en los sectores progresistas no siempre han dado el ancho. Los desenlaces han sido siniestros. Es de esperar que en esta ocasión el telón no caiga sobre un coro de lamentos. Lo que está en juego es incalculable.


           

 
 
 

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