Dos Fotografías

La fotografía de Piñera es ominosa: atisba una parálisis que la fotografía de Allende no exhibe; estando en soledad, sin “compañeros”, el Presidente se congela en el monumento que reconquista. Prefiere la fría roca de la estatua al candoroso sudor de un pueblo, privilegia la parálisis de un mundo enteramente desolado antes que el estallido de una ciudad abrazada. Ese Presidente sin “compañeros” quien se ha sacado esta extraña fotografía controla territorios, ilusiona con el pedazo de terruño, con la propiedad. No es móvil, no flota entre la multitud, sino aferra con policías y militares, los privilegios que han obtenido él y sus vecinos con décadas de crimen y despojo.

1.- Habrá sido en el 70, 71, 72 o 1973. No sé quién habrá tomado la foto –a esta altura no importa- pero Salvador Allende camina rodeado de niños, con dos mujeres mapuche a su lado y otros hombres y mujeres de diferentes vestidos y miradas. Allende lleva una sonrisa, los niños que le acompañan también, la fotografía yace en movimiento, la gente va caminando, los cuerpos desplazándose. Podría ser en cualquier lugar de Chile, una plaza, una escuela, un hospital o alguna calle de una escondida población, pero todos van circulando, la fotografía es nómade, no tiene territorio, no posee terruño definitivo; es el lugar de los que nada tienen, de los que circulan por los bordes, que aguantan el frío del invierno o la miseria del hambre. Allende podría ser uno entre todos o el todo presente en cada uno, donde la Unidad Popular fue más allá que una simple coalición política o un gobierno maltrecho por la conspiración imperialista. La Unidad Popular se condensa en esta foto: una experiencia, antes que cualquier otra cosa.

El país experimenta la intensidad de lo común, en cuyo nomadismo se desenvuelve una “experiencia”. Con el término “experiencia” llamamos a un instante de   dislocación de las formas, irrupción monstruosa de la imaginación popular. La fotografía legada trae consigo esa “experiencia”: se trata de seres humanos que acampan en el desenfado de la alegría, de un Cristo que ingresa a alguna Jerusalem bajo el ritmo profético aún no anquilosado por resentimiento del pastorado. No hay liturgia, menos sacrificio. Hay el desgarro de un presente que se comunica intempestivamente con la historia. Pasado y presente danzando de consumo con una multitud feliz en cuyo torbellino Allende –esa fuerza gravitatoria de cuerpos rotos y sobrantes- parece actuar de ráfaga que saca fuera de sí a cualquiera que se le acerque.

Como experiencia, la Unidad Popular fue la irrupción nómade de la imaginación popular que la estructura del Pacto Oligárquico de 1925 no podía conducir, liderar, representar y terminó siendo enteramente sobrepasada. La experiencia de la Unidad Popular fue la excedencia de dicho Pacto, su completa destitución, un “ahora” que la fotografía condensa en la soltura de cuerpos arrimados entre sí, mil movimientos heterogéneos signados por sus miradas. Todos indios, pobres, mujeres, todos eran eso y menos. Allende fue la ráfaga de una tormenta que se abalanzó sobre la historia y que traía el brío de la multitud. “Compañero Presidente” –le decían. Un Presidente que debería escribirse en minúscula porque iba con la multitud, con los niños, los pobres, los jóvenes, las mujeres los huachos de toda lid. “Compañero Presidente” debería llamarse esta fotografía, cuando el Presidente acompaña un movimiento que lo mueve, la multitud que le acompaña a su vez. Se trata de un país acompañado que, a pesar de todo, el Presidente acompaña. No guía, ni lidera, flota entre cuerpos que se dejan tocar y ser tocados. Un país haciendo el amor con la eternidad, el pequeño instante en que ella toca el filo de los desposeídos.

2.- Fue en el 2020. En medio de la implosión radical del sistema político impuesto por Pinochet y sus patrones “civiles” desde 1973, la recesión económica se acelera y el coronavirus diezma a las familias chilenas que han debido dirimir su existencia en la imposible ecuación de tener que salir a trabajar y morir por el virus o no trabajar y morir igualmente por falta de trabajo, el Presidente Piñera llega a Plaza Dignidad una tarde y posa en las faldas del monumento al profanado General Baquedano por una foto. La fotografía muestra a Piñera sentado mirando hacia el Occidente, como si en él todavía pudiera encontrar algún horizonte, como si “Occidente” pudiera aún decirle algo acerca de su fortuna; sea EEUU, los Chicagos Boys, las formas de exterminio, cualquier arsenal de sentido que el nombre “Occidente” pudiera brindar. Pero, la fotografía es prístina. Nada oculta.

El Presidente está solo, cual turista, frente al monumento que meses antes la revuelta del 18 de Octubre no había hecho más que profanar. El Presidente en soledad es un Presidente que no puede ser “compañero” de nada, ni de nadie. Solo, sentado en el monumento que el pueblo chileno quiso recuperar para sí, mira hacia el Occidente sin un pueblo que le acompañe, sin un pueblo al cual poder gobernar. El pueblo le ha despreciado, se ha sustraído de sus garras y ha impugnado su mentira. Rodeado de un par de guardaespaldas y violando, a su vez, el protocolo sanitario que su propio gobierno pretendía imponer sobre los chilenos, el Presidente ríe en un acto de reconquista del monumento perdido. Cuando la presidencia percibe que los chilenos han visto desde sus casas la ominosa escena, el Presidente se disculpa en un twitter apelando a su estadía en “Plaza Baquedano”: ¿Baquedano? ¿general otra vez? El trabajo de reconquista es, en primera instancia, el de los nombres. Baquedano que deviene signatura de Pinochet, el general salvador que funciona de soporte mítico al gran capital: sobre Baquedano yace impertérrito el edificio de Telefónica, monumento de dicho capital, como si fuera el gran pene erigido del General que eleva como espada hacia el cielo para conquistarlo. Cree poder hacerlo, mientras el pueblo ha asaltado al cielo y no ha tenido contemplaciones para dislocar a ese “Occidente” sobre el cual se anudan los sueños del poder criollo que jura representar la “copia feliz del Edén” y despuntar con privilegio por sobre los indios, por sobre los negros, por sobre los que pueblan incansables las alamedas.

Para el pueblo no hay Plaza Baquedano porque ese general, como todo general, le priva de su dignidad. Por eso hay Plaza Dignidad, lugar que el Presidente solitario no ve, porque no puede ver: ¿un Presidente con tamaña indignidad, que ha sido capaz de indicar en las narices del Presidente Donald Trump que Chile es una estrellita más de los EEUU, ¿cómo va a saber qué puede significar habitar en Dignidad?  La fotografía es ominosa: atisba una parálisis que la fotografía de Allende no exhibe; estando en soledad, sin “compañeros”, el Presidente se congela en el monumento que reconquista. Prefiere la fría roca de la estatua al candoroso sudor de un pueblo, privilegia la parálisis de un mundo enteramente desolado antes que el estallido de una ciudad abrazada. Ese Presidente sin “compañeros” quien se ha sacado esta extraña fotografía controla territorios, ilusiona con el pedazo de terruño, con la propiedad. No es móvil, no flota entre la multitud, sino aferra con policías y militares, los privilegios que han obtenido él y sus vecinos con décadas de crimen y despojo. Han sido despiadados, pero a la vez plenos de pasiones mediocres de catolicismos resobados, de una pretensión de ser más de lo que se era, porque sin los militares a los que la fotografía reconquista no son nadie. Los militares que deben ellos mismos reconquistar (vía matrimonios, cobre, imperialismo) para que, en el momento que más les necesiten, vuelvan a hacer su trabajo y el Presidente pueda gozar de su criminal soledad: la fotografía de Allende la habrá tomado algún compañero; la foto de Piñera, en cambio, la solicitó él mismo

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