¿Donde está la revuelta?

“Hambre” fue el término que emergió después de años de “consumo” y abrió la vía para un conjunto discontinuo y multiforme de protestas que han estallado en diversas partes del país. Las periferias dan ritmo. Marcan el pulso de una revuelta que no ha cesado. Las capas medias, temerosas como de costumbre, esperan, pero abrazan la estela popular que murmura todos los días secreta y silenciosamente. Sin embargo, cuando el congreso de apresta a votar en torno a la posibilidad de que la gente retire su 10% de la AFP, las cacerolas invisten a todo Chile y la revuelta se deja sentir, incluso, cuando los ciudadanos yacen confinados en sus casas, y los toque de queda inundan las noches.

Piñera pide tomarse una foto solo en “Plaza Baquedano” –llama él a ese lugar. Está solo, la multitud yace confinada en sus casas, abrumada por un virus que el gobierno no ha sabido manejar y ha dejado que fluya por un sistema de salud carente de camas y de una recesión económica que implacablemente acelera su marcha.  Los días pasan, los meses se abalanzan. Lluvias nos toman desprevenidos, las hojas de otoño caen para anunciar nevazón en la cordillera. El frío entra. La tos emerge, los resfríos y el virus se multiplica. Miles que han acampado tiemblan en las calles, al borde de algunos ríos.

El pueblo confinado comienza a administrar el miedo. Aprende a usar mascarilla, guantes u otros artefactos para no contagiarse y experimenta un leve acomodo a la imprevista y desesperada situación a la que el gobierno –y no el virus- le ha puesto. Aquí y allá brotan protestas.

“Hambre” fue el término que emergió después de años de “consumo” y abrió la vía para un conjunto discontinuo y multiforme de protestas que han estallado en diversas partes del país. Las periferias dan ritmo. Marcan el pulso de una revuelta que no ha cesado. Las capas medias, temerosas como de costumbre, esperan, pero abrazan la estela popular que murmura todos los días secreta y silenciosamente. Sin embargo, cuando el congreso de apresta a votar en torno a la posibilidad de que la gente retire su 10% de la AFP, las cacerolas invisten a todo Chile y la revuelta se deja sentir, incluso, cuando los ciudadanos yacen confinados en sus casas, y los toque de queda inundan las noches.

Piñera pudo estar solo en “Plaza Baquedano” –tal como él la llamó. Pero, ahí no estuvo jamás Plaza Dignidad. ¿Dónde estaba ese extraño lugar que no calza con la cartografía de los mapas? En las casas. Plaza Dignidad no es simplemente una plaza física dispuesta en un emplazamiento de calles, sino un ethos nómade que despierta de vez en cuando para disolver las formas estatales prevalentes.  

Por eso la revuelta “evade” el lugar físico dispuesto cartográficamente por los ojos del poder, huye de él para permanecer a resguardo en un pueblo confinado. Plaza Dignidad es un lugar nómade.  No deja de “evadir” mientras el poder no puede leer más allá de la fijeza de un “territorio”. Una vida completamente territorializada deviene vida muerta, tal como una Plaza abandonada (como aquella en la que Piñera se tomó la foto) redunda cementerio.  

La policía, mecanismo que produce el simulacro del orden-  resguarda “Plaza Baquedano” cuando el gobierno invierte en pintura y restaura el ominoso monumento al general conquistador. Así, restituye la arquitectura del poder como si con ese gesto pudiera borrar la dignidad de la Plaza Dignidad y como si Plaza Dignidad estuviera aún ahí identificada a una arquitectura precisa dispuesta bajo el monumento al general Baquedano.  

Sin embargo, la “dignidad” de Plaza Dignidad es deseo. No obedece a la égida del signo, sino a la singularidad de un modo de vida; ritmo que pulsa desarticulando las formas identitarias impuestas por el orden, lugar que habita lazos antes que territorios. Una Plaza itinerante que no calza con la representación espacial de la ciudad, pero que brota desde sus subterráneos, tal como el 18 de Octubre emergió desde los bajos fondos del metro.

El desgobierno es total, no tanto por la impericia de su coalición como por el efecto destituyente de la revuelta. Por más “cajitas” felices que el actual gobierno reparta, por más subsidios que genere, la grieta del sistema está expuesta en carne viva. En ella vive Plaza Dignidad, cuya irrupción puede desestabilizar a la totalidad del orden político sin siquiera tener que salir a protestar a la calle: siguiendo a Salvador Allende: “el pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse” –decía en su último discurso: la revuelta ha decidido cuidar a sus compañerxs, replegándose hacia las casas o tomando todas las medidas para que aquellos que deben trabajar en la precariedad, puedan hacerlo sin morir en el intento. El pueblo se ha defendido, pero no se ha sacrificado. Porque sabe que Plaza Dignidad no está en Plaza Baquedano, sino en cada uno de nosotros. Plaza Dignidad es el común, la potencia que ritma sin piedad por las calles de Chile. Después de largas asonadas populares (desde 2006) el Pacto Oligárquico de 1980 está destituido al punto de experimentar su completo desgobierno. Piñera es solo la caricatura de un Estado devenido farsa.

La revuelta de Plaza Dignidad no vive en una inmaterialidad abstracta -como el capital- pero tampoco se restringe a la materialidad vulgar de un espacio físico –como una estatua. Ella deviene epifanía, relámpago de una imagen plena de vida. Si la imaginación es la potencia de lo viviente, la revuelta deviene una singularidad irreductible a las formas identitarias -territorializantes- ofrecidas por el poder.

En este sentido, el 10% del dinero como número abstracto no importa nada, pero como cifra histórica, lo condensa todo: así como no eran 30 pesos, sino 30 años; también habrá que decir que no era el 10%, sino el 100%. La potencia epifánica de ese porcentaje es mucho más decisiva que el porcentaje mismo porque no se trató jamás de restituir la figura del “consumidor” que con el retiro de su 10% tendría más dinero para vérselas en una situación difícil, sino de destituir a las AFPs como rostro indeleble del poder. Y así, sin que haya salido a las calles, el ritmo de la revuelta determinó las derivas del parlamento y selló el destino del gobierno llevando al Estado subsidiario a su ruina.

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