Divididos, el triunfo del Apruebo podría servir de poco

Un triunfo amplio del Apruebo en octubre puede convertirse rápidamente en un boomerang si no se asegura una representación masiva y amplia en la Convención de las demandas de educación, salud y pensiones que originaron el Estallido Social.


El inédito triunfo de las fuerzas democráticas por un 55% en el histórico plebiscito del 5 de octubre de 1988 en las narices mismas de Pinochet nos hace olvidar el amargo triunfo del “plebiscito transversal” de julio 1989. Ese otro domingo, el 91% de las y los ciudadanos aprobaron 54 reformas constitucionales a la Constitución del 1980, consensuada entre la dictadura y casi la totalidad de los partidos de ese entonces.

Como bien ha planteado el académico Ernesto Águila, el plebiscito del 2020 sobre el reemplazo o el recambio de la Constitución es el que deberíamos haber tenido ese domingo de 1989. Después de la derrota electoral de Pinochet, lo lógico hubiese sido plebiscitar si continuar con dichas reglas constitucionales o construir unas nuevas… pero la historia, la búsqueda de “la reconciliación” y los actores políticos de ese entonces decidieron tomar otro rumbo.

Hoy, a cerca de 8 días del plebiscito y luego de la falta de acuerdo para realizar primarias municipales y en gobernadores regionales amplias, la principal preocupación de la oposición ya no debiera ser únicamente el éxito electoral en Octubre de la opción Apruebo (que está relativamente bien encaminado) ni preseleccionar tentativamente constituyentes competitivos, sino que asegurar la transformación profunda del país a través del proceso constituyente en curso.

Un triunfo amplio del Apruebo en octubre puede convertirse rápidamente en un boomerang si no se asegura una representación masiva y amplia en la Convención de las demandas de educación, salud y pensiones que originaron el Estallido Social. Y tal como ha advertido un deslenguado Pablo Longueira, un hito fundamental del proceso -que determinará casi todo lo que ocurra en Chile en el 2021 y 2022- acontecerá el 11 de abril próximo, con la elección de los constituyentes. Esa votación marcará el nuevo “piso político” de todos los sectores políticos para las próximas décadas y el debate posterior que vendrá, de ahí su relevancia. 

El carácter que adquiera el debate constitucional se jugará, muy probablemente, en ese resultado de constituyentes electos en abril inclusive más allá que en el de votos obtenidos. Y la elección de constituyentes no es en absoluto equiparable a las otras elecciones de autoridades transitorias. Aquí no se definirá quién gobernará una comuna o el país, ni cómo se redactarán las leyes. En abril el Pueblo de Chile le entregará un “mandato” a quienes construirán y nos propondrán nuestro nuevo pacto social como República, en la definición política e ideológica más importante en varias décadas.

Si la oposición persiste en no converger en una apuesta política robusta, amplia y relativamente unitaria (fraccionándose en tres o más listas de constituyentes), enfrentaremos una nueva victoria efímera como ha advertido el sociólogo Axel Callis. Y si ese marco común no se logra con anterioridad al 25 de octubre donde como oposición tenemos un paraguas común detrás del Apruebo y la Convención Constitucional, difícilmente lo lograremos después con las presiones electoralistas y los cálculos pequeños a flor de piel.

Como ciudadanos deberíamos desde ya estar muy alertas, preocuparnos y responsabilizar fuertemente a todo partido político, movimiento e inclusive agrupación de independientes progresista, de oposición o popular que, movido por un afán identitario o reinvindicativo específico, anteponga sus propios intereses electorales por sobre las demandas planteadas por el Pueblo desde el 18 de octubre. Necesitamos empujar una opción sustantiva de cambio social y político por sobre los intereses partidarios cortoplacistas.  Ya lo decía claramente Clotario Blest: “Soy un incansable predicador de la unidad de la clase trabajadora chilena, porque cuando la clase trabajadora chilena está unida, es invencible. Nadie se atreve contra ella”.

En ese sentido, la oposición debiera explorar junto a una base social muy amplia, todas las fórmulas posibles -pacto amplio, omisiones específicas e inclusive organizando una gran primaria ciudadana de toda la oposición- para asegurar dicha representación mayoritaria.

Volviendo a la historia de lo ocurrido en 1989: en sólo 10 meses, las fuerzas de derecha derrotadas en el plebiscito del ‘88 fueron capaces de transformar el rechazo mayoritario a la dictadura en una fórmula de transformación/legitimación que les aseguró extender el legado político-institucional de Pinochet por 30 años más.

Hoy no podemos permitirnos que por diferencias tácticas o simple pequeñez terminen imponiéndose, por segunda vez en los últimos 40 años, aquellos que no están por una democratización profunda del país. Sin unidad social, política y electoral de todos los partidos políticos de la oposición, la historia y la ciudadanía no lo perdonaría. No otra vez. 

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