Dios decidió destruir el templo

El Arzobispo de Santiago y el Obispo Castrense -un obispo que es General de ejército y su rol es bendecir las armas que mutilan los ojos de los manifestantes-, podrían aprender de la tradición religiosa que dicen abrazar: «misericordia quiero y no sacrificios» (Oseas 6,6) y pedir justicia por los mutilados en lugar de organizar ritos y sacrificios de desagravio a los templos.


No saber quién quemó los dos templos católicos en Santiago el 18 de octubre 2020 no nos exime de intentar reflexionar sobre los significados de aquella acción, significados que probablemente se extiendan más allá de la intención original que pudo haber tenido para sus autores.

Es posible que los templos fueran quemados por las fuerzas del orden o por militares infiltrados. Es posible que algún grupo pequeño animado por un sentimiento de odio a la institución católica se haya expresado mediante la quema de los templos. El hecho más significativo es que no hubo, al parecer, un grupo que «protegiera» los templos de la acción destructiva. Ni Carabineros lo hizo, ni el ejército que resguarda la infraestructura crítica. Al parecer tampoco hubo grupos de manifestantes que intentaran hacerlo.

Algunos quieren hacernos creer que toda transformación institucional o cultural (i.e. política) se produce mediante una disputa de argumentos expresados en palabras, es decir, mediante el diálogo regulado por leyes de las buenas costumbres. Algo así como una discusión puramente racional, una discusión conceptual. Quieren convencernos de que el dictador Pinochet cayó por el peso de una raya de lápiz grafito en un papel.

Sin embargo, en realidad estamos siempre frente a una lucha simbólica. Esta misma revuelta se ha caracterizado por ser una lucha por el establecimiento de elementos sensibles (=sensuales), mediante la creación y transformación de símbolos. Y la fuerza conservadora se ha esmerado continuamente en resistirle: se han destruido mosaicos de Lemebel, del perro Matapacos, la animita de Mauricio Fredes, se ha «restaurado» de manera inmediata múltiples veces la estatua de Baquedano, etc. Sin embargo, ni en los ataques de mosaicos, ni en la quema de iglesias ha operado una transformación, sino una aniquilación. Una damnatio memoriae, una destrucción de la memoria colectiva, es decir, una destrucción de las referencias comunes instaladas.

La destrucción de las iglesias se inscribe dentro de la violencia política. No es novedoso destruir lugares de culto. De hecho, en la Biblia se consignan varias campañas de destrucción de sitios sagrados. La reforma religiosa de Josías fue en realidad la campaña militar de un fanático religioso que destruyó todos los elementos dedicados a dioses y diosas distintos al dios en cual él creía. Fue la campaña de unificación religiosa bajo el precepto de que todos los dioses que no son su dios son ídolos y por tanto deben ser destruidos. Fue la campaña militar que abrió las tumbas de los sacerdotes y sacerdotisas (a las cuales él llamaba «prostitutas sagradas») que incineró sus huesos y esparció sus cenizas por doquier. Fue la campaña de un fanático que mató en sus propios altares a los sacerdotes y a las sacerdotisas (que él llamaba idólatras). Fue la campaña de un fanático que cree que dios le habla para cometer todas aquellas atrocidades y que luego de la masacre mandó celebrar en todo su reino un rito que, según él pretendió, unificaría su nación bajo el único dios existente, su dios. Todo aquello que no correspondía a ese dios era llamado abominación o ídolo. Todo ministro que no era sacerdote de su culto era llamado brujo, bruja, adivino, adivina o espiritista y sobre ellos iba a recaer la ira divina.

Esta es la descripción de una página bíblica (2 Reyes 23). Dirán que el cristianismo es una religión del amor y que ha instaurado una lógica diferente, que el dios cristiano no es celoso como el judío. Pero la asociación entre la estatura moral y el culto la encontramos también en San Pablo, en uno de sus tratados teológicos principales, la Carta a los Romanos, en la que trata la cuestión de la idolatría:

«Como no quisieron reconocer a Dios, él los ha abandonado a sus perversos pensamientos, para que hagan lo que no deben […]. Saben muy bien que Dios ha decretado que quienes hacen estas cosas merecen la muerte; y, sin embargo, las siguen haciendo, y hasta ven con gusto que otros las hagan» (Romanos 1,28.32).

Pablo parece que no se atreve, o no puede decir cómo se llevará a cabo el merecimiento de muerte de los idólatras.

Conocemos de sobra que el cristianismo -lamentablemente- en muchas ocasiones se ha expandido en base al exterminio de los que considera idólatras o heterodoxos, y que considera como tales a aquellos que no se someten a la «verdad sobre la verdad de dios». Hace pocos días atrás recordamos, precisamente, el rol activo de la Iglesia católica en el periodo de la Conquista española. Es falso entonces que la «civilización» sea una alternativa a la barbarie. Más bien la barbarie es la forma que encuentran «los vencedores» -en palabras de Benjamin-  para imponer su civilización.

Volviendo a la cuestión, hay que insistir en que la atribución de la quema de iglesias a un emisor concreto no es fácil. Si fuera un ataque de «falsa bandera», por ejemplo, las fuerzas del rechazo o la policía de Estado -reconocidas aliadas de esta iglesia-, buscarían atribuirle el signo a las fuerzas transformadoras para deslegitimarlas: «así son los del apruebo», «eso es lo que tendremos con la Nueva Constitución», etc. Olvidan eso sí que el cristianismo ha masacrado a millones para establecer su código moral.

Paradojalmente, el ataque de falsa bandera pretende reforzar espiritualmente aquello que destruye materialmente. Una suerte de sacrificio. Un par de templos menos a cambio de reforzar la unidad del mundo religioso conservador. No es mucha pérdida sabiendo de antemano que esas mismas fuerzas pondrán el dinero para la reconstrucción. Si es una lucha simbólica, los templos son meros cuarteles que pueden restaurarse.

Pero el hecho simbólico de la quema de iglesias -o el hecho de que nadie haya hecho algo por protegerlas- puede significar también otra cosa: la iglesia católica es una institución irrelevante para el orden que se quiere construir. Ni siquiera es necesario sacrificar a su clero, porque su valor se diluyó en su irrelevancia cultural. No es como el caso de los jesuitas asesinados en El Salvador. Ellos son mártires porque ponían en jaque al orden. No es como el caso de los y las activistas ambientales que han sido asesinadas y asesinados en nuestro continente por poner en jaque el orden extractivista.

Por su parte, las fuerzas sociales que han sostenido una movilización desde el 18 de octubre de 2019, han sido mucho más efectivas y creativas en la transformación de los signos en esta lucha simbólica, que la aniquilación que vimos. La performance «El violador eres tú…» recorrió el mundo y cantada afuera de la catedral con ese dedo acusatorio resulta mucho más asertiva y eficaz que cualquier iglesia ardiendo, más transformadora que cualquier campaña de algún Josías, Pablo o Agustín contemporáneo. Infinitamente más esperanzadora y más altamente espiritual.

Hay interrogantes que nos colocan frente a otras posibilidades: ¿Se queman iglesias porque fueron cuarteles de tortura de la dictadura pinochetista o cuarteles de abuso del clero? ¿Se queman iglesias porque allí van a golpearse el pecho los laicos que encubren y protegen a los abusadores? ¿Se queman iglesias porque son capillas oficiales del dios carabinero? ¿Son signos de otra institución abusiva e impune? ¿Es un castigo social a una religión que se creyó superior a todo?

Lo que sí sabemos, es que no es la primera ni será la última vez que se reflexione sobre el significado de la destrucción de un templo. En el Talmud se guarda una historia que puede resultar iluminadora. La versión siguiente corresponde a una adaptación de Louis Ginzberg a partir de la versión talmúdica que está en Bavli, Yoma 23a:

«Un día, sobre el pasillo del templo de Jerusalén, dos hijos de los sacerdotes jugaban encaramándose uno sobre el otro. En su juego, ellos habían tomado con toda inocencia el cuchillo utilizado para los sacrificios. En la disputa, uno se cayó sobre el otro y el cuchillo atravesó el vientre de uno de los niños. Alarmados por los gritos del niño, los sacerdotes fueron a ver la escena. Horrorizados por la visión de la sangre que corría, ellos sacaron el cuchillo del vientre del niño y se pusieron a discutir sobre la posible impureza en la cual quedaba el cuchillo. Durante su discusión, el niño herido murió y en ese momento fue cuando Dios decidió destruir el templo y exiliar a los israelitas de su tierra».

A propósito de esta historia los rabinos comentan: «Este incidente viene a enseñarles que la pureza ritual de los utensilios les preocupaba más que el derramamiento de sangre. Incluso el padre del niño expresó más preocupación por la pureza del cuchillo que por la muerte de su hijo».

Con todo, las autoridades religiosas, en particular el Arzobispo de Santiago y el Obispo Castrense -un obispo que es General de ejército y su rol es bendecir las armas que mutilan los ojos de los manifestantes-, podrían aprender de la tradición religiosa que dicen abrazar: «misericordia quiero y no sacrificios» (Oseas 6,6) y pedir justicia por los mutilados en lugar de organizar ritos y sacrificios de desagravio a los templos.

La violencia política recurre con frecuencia a la religión para reproducirse. La religión podría prescindir totalmente de la violencia política si renunciara a la tentación de sentirse emisaria de la verdad sobre dios, sobre la humanidad, o sobre lo que sea.


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