Dignidad: De la Colonia a la Plaza

La “colonia dignidad” fue el mecanismo que “colonizó” al término condensando en su propio funcionamiento al abuso generalizado de la sociedad en la que vivimos. En este sentido, la revuelta de Octubre devino clave porque “descolonizó” al término “dignidad” y lo convirtió en el catalizador de un proceso que destituyó al orden de los últimos 50 años liberando el término “dignidad” de su clausura colonial y enfrentándolo al abuso institucionalizado que el propio término había avalado por años.


La sangrienta historia de la sublevación de Octubre profanó uno de los términos clave que sostuvieron al orden oligárquico de las últimas décadas: la “dignidad”. Este último fue consumado en el nombre otorgado a un reducto cerrado que Erwin Goffmann podría calificar de “institución total”: la “Colonia Dignidad”. El adoctrinamiento permanente, la apuesta de los jerarcas liderados por Paul Shäffer –ex miembro de las juventudes hitlerianas- por drogar, adoctrinar, torturar y abusar sexualmente de niñxs y jóvenes que integraban la “colonia” durante todas sus vidas, hacían que el término “dignidad” estuviera “colonizado” y fuera signo de clausura y deshumanización.

La clave aquí –a modo de hipótesis- es que toda la estructura del abuso sistemático de esta institución total alojada en el sur de nuestro país, pareciera condensar el abuso sistemático al que derivó la sociedad chilena con su oligarquía militar-financiera que asaltó al Estado de 1973 y se “legalizó” en la Constitución de 1980. Como “Colonia Dignidad”, también dicha Constitución terminó institucionalizando el abuso.

La relación estructural entre la “colonia” y nuestra propia “colonización” producida por la dictadura de Pinochet tiene un carácter histórico y político cuya verosimilitud se expresa precisamente en la guerra desatada por el nombre “dignidad”. 

Como sabemos, fue durante la dictadura donde dicha “colonia” operó como uno de los lugares de torturas y exterminios predilectos. Plagado de subterráneos en los que se torturaba y se hacía desaparecer gente, o reductos en los que se guardaban armas, y liturgias en las que se abusaba sexualmente de niños, la “colonia” fue el lugar en el que se confiscó la “dignidad”.

El apoyo tácito o explícito de parte de los sucesivos gobiernos de Chile –antes de la dictadura, pero sobre todo en ella – se cristalizó en una serie de “defensas” que políticos, médicos, abogados y otros personajes hicieron del reducto alemán. Entre ellos, por cierto, Hernán Larraín actual ministro de justicia de este segundo gobierno de Piñera o el psiquiatra Otto Dörr. Esto sin olvidar las visitas que muchos de estos jóvenes  políticos que apoyaron la dictadura –y a la “colonia”- hicieron al reducto. Sin embargo, la “colonia” no solo obtuvo apoyo del gobierno de Chile sino también del otrora gobierno de la Alemania Federal donde los tentáculos siempre fueron fuertes hasta que la caída del Muro de Berlín por allá y el fin de la dictadura por acá, trastornaron la trama construida por los jerarcas y los tentáculos que habían institucionalizado en la sociedad chilena.   

Las indagaciones judiciales siempre tuvieron tropiezos constituidos por la red que los propios jerarcas habían podido establecer durante años. La impunidad impuesta por la “colonia” que se impuso asimismo en la misma sociedad chilena durante la dictadura comenzó a ser impugnada por las indagatorias judiciales que tomaron la escucha de testimonios brutales que emergían desde la propia “colonia” o denuncias de niñxs desaparecidos cuyas madres jamás volvieron a ver.

“Colonia dignidad” fue, en este sentido, el lugar que condensó la institucionalización del abuso que la dictadura impuso en el país, como si el propio país hubiera sido convertido en una “colonia” cuya frontera inmunitaria habría estado construida, entre otras cosas, no solo por su eficaz y brutal sistema de inteligencia (La DINA), sino por la propia Constitución instituida en 1980.

En este sentido, la “colonia” como metáfora del país que éramos, colonizó al término más decisivo que ha sido levantado por la revuelta de Octubre de 2019: “dignidad”. Como si la “dignidad” hubiera permanecido demasiado tiempo “colonizada” en verdadera una sociedad feliz, perfecta, jóvenes educados como niños del sur de Alemania y donde la oligarquía militar-financiera chilena que asaltó al Estado en 1973 podía contemplar su propio “ideal”, lo que ella misma habría querido hacer con la totalidad del país. El Edén (la “colonia”) de la “copia” (la dictadura), en la que esta última veía su última aspiración, su “tipo ideal”.

Tanto en la dictadura como en la “colonia” el tiempo se había congelado. El tiempo mismo había sido “colonizado” por ese reducto cerrado y disciplinario cuyas fuerzas institucionales operaban centrípetamente, tanto dentro de la “colonia” como en la “sociedad chilena” “colonizada”. Nada podía fugarse desde ahí, ninguna palabra contra sus jerarcas, todo un silencio acerca de sus abusos, una sistemática e institucionalizada “negación” de sus propias lógicas.

La “dignidad” era un término recluido en una colonia. “Colonizado” por una Constitución –la de 1980- que afirmaba la dignidad de la “persona” para justificar su abandono al darwinismo del sistema neoliberal y su Estado subsidiario (véase el artículo 1) y que impedía que nada se escapara; un texto que impedía transformaciones democráticas importantes gracias al conjunto de “cerrojos” institucionales ya conocidos.

“Dignidad” fue un término “colonizado” por el poder durante años. Y sin embargo, el Octubre chileno “descolonizó” el término y ofreció un nuevo sentido: “dignidad” no será más el signo de un reducto cerrado que separaba a la vida de sus formas, que escindía la vida de su potencia común. “Dignidad” será, ahora, la potencia de una forma-de-vida que asalta al poder que habló en su nombre, la intensidad de una vida que resiste las formas de separación que imponía el terror de la “colonización”.

Nunca más “dignidad” podrá asimilarse a un término que separe a la vida del mundo, sino precisamente a aquél que nos abrace enteramente a él para inventarlo. Desde la plaza el nombre “dignidad” no designa la inmunidad, excepcionalidad o sacralidad de una vida, sino de aquella que nos “contamina” de otros, de una mixtura en la que otros nos atraviesan y desde cuya pluralidad podemos volver a vivir en común.

La “colonia dignidad” fue el mecanismo que “colonizó” al término condensando en su propio funcionamiento al abuso generalizado de la sociedad en la que vivimos. En este sentido, la revuelta de Octubre devino clave porque “descolonizó” al término “dignidad” y lo convirtió en el catalizador de un proceso que destituyó al orden de los últimos 50 años liberando el término “dignidad” de su clausura colonial y enfrentándolo al abuso institucionalizado que el propio término había avalado por años.

La profanación experimentada en el paso de la “dignidad” como nombre de una colonia nazi en pleno Chile, a la “dignidad” como una vida común irreductible a las formas de separación ofrecidas por el poder, constituye la transformación de la imaginación política más decisiva que ha habido en las últimas décadas. Una transformación abierta, pero que “descolonizó” a los cuerpos que, tanto en la “colonia” como fuera de ella, experimentaron su confiscación.

El nombre “dignidad” se transfiguró radicalmente designando inicialmente a la “colonia” (el reducto nazi y la Constitución de 1980 alineada histórica y políticamente con dicho reducto) para nombrar a la “plaza” (el lugar de la vida común): quizás, sea a través del término “dignidad” que deberíamos medir la profundidad de las transformaciones que estamos experimentando.

Total
25
Shares
Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *

Related Posts