Dictadura Comisarial

Foto: Agencia Uno

Para A.A de 16 años arrojado al río Mapocho por la policía.

El triunfo electoral de Piñera trajo consigo una intensificación de las formas comisariales de dictadura, acelerados desde el 18 de Octubre del año 2019 y que se consuma, extrema, radicaliza en el reciente cambio de gabinete en que no solo la UDI, sino la opción Rechazo devienen la primera línea del gobierno


1973 no es cualquier fecha. Es, sobre todo, una cifra histórica que aún permea al presente. Cifra del golpe de Estado que golpea nuestras puertas cuando el golpe se hizo dictadura, se hizo Constitución, se hizo transición, se hizo neoliberalismo, se hizo tortura, desaparecidos,   impunidad, se hizo modelo. Nos hizo trizas y hoy se hizo trizas. Todo comenzó con militares en las calles (1973) y todo terminó con militares en las calles (2020). El cambio de gabinete todo lo dice, aun poco habla de ello.

Si el golpe se ha reproducido incondicionadamente durante estos 47 años vía diversas modulaciones de intensidad, digamos que todo gobierno de turno se ha dispuesto como dictadura comisarial, reproduciendo así al golpe más allá de 1973, para profundizarlo, adornarlo, democratizarlo. No ha habido más que golpe contra la sublevación popular, dictadura comisarial para defender la dictadura soberana que inauguró la nueva matriz neoliberal del Estado en 1973, 1980, 1988 y 2005. Como bien distinguió el jurista Carl Schmitt, la dictadura soberana es aquella que funda un nuevo orden jurídico; la comisarial, en cambio, solo restituye al orden.

El triunfo electoral de Piñera trajo consigo una intensificación de las formas comisariales de dictadura, acelerados desde el 18 de Octubre del año 2019 y que se consuma, extrema, radicaliza en el reciente cambio de gabinete en que no solo la UDI, sino la opción Rechazo devienen la primera línea del gobierno. Un gobierno que se plantea como otro momento de la dictadura comisarial cuyo esfuerzo se orienta a restituir el orden que se nombra de tantas formas: “acuerdo nacional”, “unidad”, “nueva normalidad”, “segunda transición” –como ilusionaba el presidente Piñera yuxtaponiendo su figura a la del fallecido Patricio Aylwin.

El transitólogo de la política (Aylwin como Padre) ahora se reproduce en el transitólogo de la economía (Piñera como Hijo). Y, sin embargo, la fatalidad acompaña a Piñera: como un fantasma que los heraldos del espíritu guzmaniano se aprestan a conjurar, se abrió una bifurcación sin retorno, la más decisiva de los últimos 47 años: la posibilidad de cambiar la Constitución. Una posibilidad que no ha sido gratuita, sino que ha sido abierta por la destitución abierta por la revuelta de Octubre que no se ha detenido, que no ha interrumpido su paso, que no ha neutralizado en nada su intensidad.

Seguramente la aprobación del 10% de la AFP la revuelta se ha tranquilizado por un momento, mientras saborea el pequeñísimo triunfo que haber puesto en jaque una de las instituciones pivote de la reproductibilidad técnica del golpe. Pero su potencia está ahí, presta a irrumpir en el instante en que la dictadura comisarial ejerza su defensa del orden que ha sido arrojado fuera de sí.

Miles de ojos sangrados, miles de muertos ignorados (incluidos aquellos por COVID19 que expresan la reproducción del golpe en el precarizado sistema estatal) y miles de desempleados que se multiplicarán a borbotones en los próximos meses. Este es el escenario, esta es la situación material. Los cuerpos abiertos en carne viva y una máquina de poder que renovada por la dictadura comisarial liderada por el ministro Víctor Pérez y el Presidente de nadie, Sebastián Piñera. Los “toque de queda” que se extienden desde Marzo sin razones sanitarias “razonables” que nos inundan por las noches nos asaltan como una pesadilla real, la extensión de los estados de excepción en sus diversas nomenclaturas jurídicas terminaron tejiendo lo que ha venido a instalarse bajo el nombre “nueva normalidad”.

A medida que nos acercamos al Plebiscito del 25 de Octubre, la experiencia funciona casi igual que en psicoanálisis: mientras más cerca de la verdad el paciente está más cerca del trauma; nosotros mientras más cerca de desprendernos del pinochetismo más cerca estamos de él. Porque justamente es ese enclave, ese “fantasme” –como diría Uribe- el que debemos atravesar. Y es aquí donde advertimos qué se juega en la imaginación: no solo la “representación” deformada de algo como comúnmente se cree, sino la fuerza de transformación por la cual devenimos otros.

Si la revuelta de Octubre restituyó la imaginación largamente confiscada por la “ilusión” transicional, no fue para naufragar en la hipertrofia imaginaria de la sociedad del espectáculo, sino para transformarnos a nosotros mismos y devenir otros de los que somos. La imaginación no es una facultad representativa simplemente, sino una potencia de transfiguración de los vivientes y el mundo. Es justamente en instantes como éste cuando, enfrentados a nuestro propio mito –el “fantasme” del pinochetismo- nos medimos con la  verdadera intensidad de la imaginación, con el momento en que podamos sustraer toda la energía del “fantasme” y destituirlo definitivamente. Enfrentar el “fantasme” y transfigurarlo en una cómica anécdota desprendida de la tragedia histórica que por largos años nos hundió significa derrotar esta larga dictadura comisarial desplegada, con modulaciones variables, por los intelectuales, empresarios y militares del único partido que existe: el neoliberal.  

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