Destruyendo mitos: acerca del supuesto protagonismo “narco” en el estallido social

Terminando de destruir los delirios bélicos del señor Waissbluth, el Informe de la Fiscalía desmiente también la relación entre protestas violentas y el “poder de fuego” que según muchos expertos destacan sería suministrado por los narcos en fechas clave como el 11 de septiembre o el Día del Joven Combatiente (29 de marzo). Durante el “estallido”, esto derechamente no ocurrió.


Hace relativamente poco tiempo me di el trabajo de ver en Netflix la excelente serie chilena “El reemplazante”, adecuado retrato de la educación “particular subvencionada” en un Liceo de la periferia metropolitana, y que por obra y gracia del sistema de financiamiento a la cultura en Chile en su momento fue transmitida por TVN pero sólo alcanzó a tener dos temporadas.

Una parte de la Segunda Temporada me pareció particularmente bien lograda: cuando muestran que los narcotraficantes que operan en las inmediaciones y al interior del Liceo ven con muy malos ojos la inminente posibilidad de movilizaciones estudiantiles, tales como marchas y tomas, pues atraen formas intensas de acción policial que les dificultan la buena marcha habitual del negocio. En consecuencia, hacen todo lo que pueden por evitar o boicotear las protestas.

Cosa muy distinta es lo que creen ciertos sectores de la elite chilena, a través de sus portavoces intelectuales, que desde los inicios de la rebelión de octubre de 2019 y hasta hace poco han pontificado largamente acerca de cómo una de las “siete cabezas” del estallido (o “kabezas”, como las denomina el urbanista Poduje en un laureado ensayo[1]) la aportó el narcotráfico de las poblaciones o “barrios críticos”, que habrían visto en este momento de anarquía una oportunidad inmejorable de incrementar sus operaciones.

En una versión incluso más audaz, el profesor Waissbluth sostuvo desde diversas columnas que la veta “antipolicial” de los narcos los habría motivado a una alianza con los anarquistas, enemigos naturales de las policías, y en base a este objetivo común se habría generado una combustiva amalgama, dando carne al nuevo sujeto peligroso de nuestro tiempo: la bicéfala entidad del lumpen “anarco/narco”.

Así, en una desesperada columna publicada  el 25 de noviembre, el experto en educación afirmaba –no sabemos en base a qué fuentes, pues no las señala- que “la mayoría de los violentistas están o estuvieron en la educación pública. Sus niveles de violencia, que continúan en la quinta semana de la explosión, son inusitados, aberrantes, ciegos, nihilistas, destruyen lo que se les ponga por delante”.

Hilando un poco más fino llega a decir que “este pequeño pero muy potente ejército de violentistas, tal vez unos 10 mil, no son lo mismo que el muy pequeño grupo de anarquistas, unos 50 o 100, cuyos propósitos son muy diferentes, así como sus compinches narcos y de barras bravas, que a su vez también incluyen a narcos y anarcos. El núcleo más turbio de la sociedad[2]

Esta “guerra narcoanarquista” se inició según Waissbluth en “una secuencia coordinada de atentados que por su magnitud pasará a la historia mundial del anarquismo. Tan solo las 57 estaciones de Metro, de las cuales las primeras siete fueron simultáneas, son suficientes para la medalla de oro olímpica. No ha habido nada parecido en magnitud por muchas décadas, en el mundo”. Y por supuesto que, a diez días del 15 de noviembre, el profesor nos advierte que a “los narcoanarquistas los pactos sociales o constitucionales no les interesan, todo lo contrario, les complican su negocio”[3].

Esta “teoría” no fue sostenida sólo por Waissbluth, sino que es parte medular de las declaraciones de guerra hechas por Piñera y su gobierno, y también integra las diversas versiones conspirativas con que la vieja y la nueva extrema derecha intentan explicarse qué pasó en Chile el 18 de octubre de 2019.

Una investigación publicada en CIPER en el mes de marzo da cuenta de las dos principales versiones de las “teorías del complot” en la explicación del estallido: la “teoría de la agitación”, que responsabilizó como promotores del sabotaje a regímenes extranjeros de izquierda, cantantes e incluso fans del pop coreano o K-POP- y la “teoría del lumpen”, que “puso el foco en los anarquistas y narcotraficantes y su intención de erosionar el Estado de derecho”[4].

Tenemos malas noticias para la versión “narco/anarco”de estas teorías del complot, las que nos llegan tras analizar el Informe 2020 del Observatorio del Narcotráfico de la Fiscalía de Chile[5].

En primer lugar, porque del total de 24.940 personas detenidas por delitos de robo, hurto, receptación y desórdenes públicos durante los primeros 40 días del estallido sólo el 10% (2431) de ellas tenían antecedentes por infracción a la Ley de Drogas. La cifra adquiere más sentido si consideramos que en los 40 días previos el 18% de los detenidos por esos delitos tenía antecedentes por Ley de Drogas (780 personas).

Más interesante que eso, el Informe de cuenta de que “consultadas las jefaturas policiales de las unidades especializadas en drogas de ambas policías en la Región Metropolitana, sobre la existencia de indicios en las escuchas de interceptaciones telefónicas, que pudieran señalar la participación de organizaciones para el narcotráfico en los saqueos, respondieron categóricamente que no existían. Ello no se contrapone con lo señalado por Carabineros de Chile, en el sentido que existió una presencia narco numerosa en los saqueos, ya que efectivamente la cifra absoluta de detenidos en el país por este delito y con antecedentes por infracción a la Ley de Drogas en saqueos, en los 40 días anteriores al estallido, y los 40 posteriores, en el país, es ostensiblemente superior: de 780 imputados, se pasó a 2.431”[6].

Pese a ese incremento numérico, pero no proporcional, el Informe es enfático: “De lo anterior, es posible concluir, que, si bien pueden existir casos de organizaciones para el narcotráfico que participaron como tales en los saqueos durante el estallido social, no hay antecedentes suficientes para afirmar que su participación fue masiva ni sostenida en el tiempo y probablemente reducida a sus eslabones menores, como lo señaló el Fiscal Nacional en su momento, donde la oportunidad de lucrar con la reducción de bienes de alto costo, les representaba una utilidad similar e incluso superior, que la venta habitual de unas pocas dosis de droga[7].

Otra de las conclusiones más destacables a efectos de comprender lo que en realidad ocurrió en el llamado “estallido social”, un proceso social tan rico y complejo en cuyo análisis podríamos pasar varios años más, es que la tan asumida relación entre la práctica de los saqueos y los “barrios críticos” tampoco se confirma según los datos recopilados:

“Un mapa obtenido desde la plataforma SOSAFE , que georreferencia las denuncias por saqueos durante el estallido social, nos permite apreciar que estos actos delictuales no siguieron un patrón determinado, menos de cercanía a barrios críticos, los que por cierto también abarcan. Simplemente se expandieron por todo Santiago[8].

El gráfico que se exhibe en la página 204 es impresionante: los puntos que señalan saqueos se aprecian por todo el mapa de Santiago formando grandes manchas rojas en prácticamente todas sus comunas. De todos modos, la Fiscalía no niega la relación entre saqueos y algunos “barrios críticos” como en la Plaza Puente Alto y la Estación Intermodal la Cisterna, pero descarta en principio que ello sea un eje esencial en el despliegue territorial de los saqueos, ni tampoco una hipótesis explicativa de su ocurrencia”.

Terminando de destruir los delirios bélicos del señor Waissbluth, el Informe de la Fiscalía desmiente también la relación entre protestas violentas y el “poder de fuego” que según muchos expertos destacan sería suministrado por los narcos en fechas clave como el 11 de septiembre o el Día del Joven Combatiente (29 de marzo). Durante el “estallido”, esto derechamente no ocurrió:

“¿Por qué no hay evidencia de que ello sucediera durante el estallido social? Es muy poco probable un compromiso a mayor escala por parte del narcotráfico, especialmente desde sus organizaciones, puesto que al narcotraficante un escenario de estallido social, le dificulta la venta de drogas, escenario donde las calles de vuelven un espacio incierto, y hemos visto que siempre existe una preocupación de parte de estos delincuentes, de “pacificar” los territorios que dominan, para facilitar la venta de drogas. Un escenario de estallido social incluso limita la posesión de dinero efectivo, esencial para concretar cualquier transacción de drogas. Ello no niega la participación, aunque proporcionalmente disminuida, como demuestran las estadísticas, de los eslabones menores del narcotráfico donde algunos microtraficantes aprovecharon una oportunidad de lucrar participando en los saqueos durante el estallido social, pero ello está muy lejos de representar una voluntad de enfrentamiento con las fuerzas del orden”.

Es decir que hasta acá tenemos la confirmación de que en la serie “El reemplazante” saben (y enseñan) más de urbanismo, criminología, subculturas y economía política que varios expertos juntos. Pero en fin, no nos ensañemos con ellos ahora pues es evidente que en aquellos días y semanas la potencia multiforme del pueblo en las calles destituyendo al antiguo régimen los tenía profundamente estresados y muy asustados”[9].


[1] https://sietekabezas.cl/ Este asesor de Piñera es tan “creativo” en su “Crónica Urbana del Estallido Social” (Uqbar, 2020) que señala sin arrugarse que “los ataques fueron muy violentos y no respetaron credos ni ideologías. Se dirigieron por igual a supermercados y almacenes de barrio. A monumentos a conquistadores y también a memoriales de detenidos desaparecidos”. O sea que para él las acciones de la policía y los grupos fascistas son también equiparables e imputables a la revuelta en sí misma. Curiosa teoría de la violencia.

[2] https://www.elmostrador.cl/destacado/2019/11/25/violencia-y-violentistas-al-borde-del-precipicio/

[3] Ibíd.

[4] Lucía Dammert y Diego Sazo, https://www.ciperchile.cl/2021/03/20/la-teoria-del-complot-en-el-estallido-chileno-un-examen-critico/ Se trata de una columna basada en el artículo «Scapegoats of the 2019 Chilean Riots: From Foreign Intervention to Riff-Raff Involvement», publicado en SAIS Review of International Affairs 40(2): 121-35.

[5] http://www.fiscaliadechile.cl/Fiscalia/quienes/observatorionarcotrafico2020.jsp

[6] Fiscalía de Chile, Informe 2020 del Observatorio del Narcotráfico, pág. 203.

[7] Ibíd. Los destacados son míos.

[8] Ibíd., págs. 203-204.

[9] Mario Waissbluth terminaba su columna en tono mesiánico sosteniendo que: “La guerra no es contra los ciudadanos indignados, es contra los narcoanarquistas, armados y temerarios que no solo amenazan la seguridad e integridad de la nación, sino que están a punto de tomársela, con 17 millones de rehenes adentro. Si no hacemos todo esto, el escenario más probable es que los militares terminen haciéndolo igual, muy pronto y sin nuestro permiso, con un baño de sangre, y que la democracia se nos vaya al demonio por mucho tiempo. Es lo que espera el 10-20 por ciento de pinochetistas del país. Los más viejos lo sabemos. Jamás imaginé escribir esto siendo yo mismo exiliado por Pinochet durante 14 años. Lloro al terminar esta columna. Fúnenme ahora”.

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