Desear y no tocar: La distópica sexualidad de una pandemia

Desear y no tocar: La distópica sexualidad de una pandemia

Ilustración: Carla Ñanculef

Sexting, masturbación y cibersexo: ¿Se puede satisfacer a la libido respetando las medidas sanitarias? Tres testimonios dan cuenta de las complejidades y aciertos de hacer el amor bajo cuarentena. 

En un mundo con internet, la distancia social es un imposible. Sea a través de Videollamadas, WhatsApp o cualquier otra red, las personas se encuentran, dialogan, se ríen, e incluso tienen sexo. 

Pero lo que sí es real e innegable es el distanciamiento físico. Siguiendo las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), los distintos Estados han sido enfáticos en que una de las medidas primordiales para prevenir el contagio de coronavirus es la separación de al menos un metro entre un individuo y otro. 

Ante este panorama, surge una pregunta: ¿Cómo mantener una vida sexual activa cuando el confinamiento prohíbe cualquier tipo de encuentro que implique salir del hogar? 

En la televisión, un comercial de una compañía telefónica dice tener la respuesta: «Estar separados es la mejor manera de estar juntos». Pero en un escenario incierto es difícil hablar de verdades absolutas, y aunque el ideal de intimidad durante una pandemia sea sin estrechar cuerpos, los vínculos sexoafectivos recién están adecuándose a la denominada «nueva normalidad»

Mientras las parejas se las ingenian para mantener una relación a distancia, algunas autoridades hacen lo posible para no ignorar esta arista que puede traducirse en incumplimientos a la normativa. En Argentina, el gobierno recomendó el sexo virtual durante el aislamiento, sugiriendo el sexting (conversaciones eróticas por internet), las videollamadas y la masturbación como algunas de las opciones disponibles

A casi cuatro meses de iniciado el confinamiento, en Chile aún no existe algún tipo de guía o protocolo respecto a este tema.

En la cama y por Telegram

Es sábado por la tarde. Los niños juegan abajo y Eleonora Aldea pone pestillo a la puerta de su habitación, en el segundo piso. Sabe que en poco tiempo sus hijos recurrirán a ella o a su esposo para que les preparen algo de comida o los asistan en algún quehacer del hogar, así que hay que aprovechar. 

Y aunque suene gracioso, dice, es verdad

—Antes teníamos hartas oportunidades y ahora no. De alguna forma se volvió emocionante esconderse de los niños para acostarnos

Por culpa del confinamiento, ella, su esposo y sus dos hijos permanecen en su casa las 24 horas. Los espacios comunes se comparten y la intimidad se remite a la habitación del matrimonio. 

La falta de privacidad no está sola, se acompaña del miedo, del estrés por acostumbrarse al encierro, de la preocupación por las muertes y contagios. Los tiempos no son de amor, y hacerlo adquiere una doble dificultad. 

Con siete años casados, la actividad sexual se vuelve una tarea doméstica, como lavar la loza o decidir quién ayuda a los niños en las tareas escolares. Es algo que va en el esquema de una pareja con hijos. De alguna forma tiene que calzar en el calendario

—Tenemos que coordinarnos, decir, por ejemplo, “tomémonos algo hoy en la noche” o “hagamos algo”. Hay que hacerse un espacio de alguna forma. 

Lo interesante, lo novedoso, está en internet. Su relación, contrario a lo que puede pensarse de un matrimonio, es no monógama. Así lo pactaron hace un par de años. Por ética y respeto a las medidas sanitarias, verse con otras personas no figura dentro del panorama, por lo que innovaron. 

Pardo y su esposo vieron en las aplicaciones de citas una opción. Tanto ella como su marido, confiesa, han estado conociendo gente a través de Tinder y Bumble.  

Para mejor la dinámica, pone un ejemplo práctico

—Imagínate que estás en una fiesta: Tinder es el living, donde se conocen; Instagram, la cocina, donde vas a hablar con alguien de forma más privada mientras te preparas un copete;  y cuando todo se pone más intenso pasas a la pieza, que en este caso vendría siendo Telegram. 

Sin embargo, la fórmula no es individual. El goce se comparte y se alimenta de los encuentros extramaritales que llevan por internet

—Conocemos otras personas, coqueteamos con otras personas. Eso ha sido una hueá importante, eso de sentir aunque sea un coqueteo con alguien… lo puedes compartir con tu pareja y calentarte con eso. No es algo prohibido, sino que estas experiencias con otras personas nos ha ayudado a nutrir nuestra relación. 

Imaginar que nos tocamos

Desde que se oficializó la cuarentena total, Constanza y Angélica –una joven pareja cuyos nombres fueron modificados para reservar sus identidades– no han podido verse. 

—Seguimos intentando mantener alguna conexión por chat, por videollamadas, etc— dice Constanza. 

Pero faltaba algo. 

Constanza le manda un WhatsApp a Angélica. Le pregunta qué es lo que le gusta. La conversación escala y se erotiza. Describen sus cuerpos y narran minuciosamente lo que harían si estuviesen en el mismo espacio-tiempo. Se tocan, cada una con sus manos, cada una desde su habitación. Una vez que la imaginación se agota o no es suficiente, se trasladan a Signal –un sistema de mensajería cifrado– e intercambian fotos. 

—Así entramos en el sexting, aunque sin decirle así. Principalmente porque yo evitaba un poco el concepto, por malas experiencias anteriores.

Para ambas, es una alternativa que en ningún caso reemplaza al sexo y el contacto físico. Es algo complementario, pero que han decidido entrenar para hacerlo interesante y atractivo

—Escribiéndonos desde lejos empezamos a ahondar más en esas conversaciones, en ser más detallistas y pensar en lo que haríamos al estar juntas de nuevo— describe Constanza, recordando un poco las dinámicas de pareja que llevaban antes del confinamiento— Anteriormente en nuestra relación era bastante común hacer comentarios cortos y puntuales sobre tirar o sobre lo que nos gustaría hacer al tirar, etc., pero no pasábamos de eso.

Y el camino hacia una «cibersexualidad» no ha sido fácil. Existen más estímulos, más distracciones. El teléfono vibra y emite sonidos. Son notificaciones de Facebook, mensajes de WhatsApp o la alerta de alguna aplicación de delivery ofreciendo un buen descuento lo que las interrumpen

—A veces es un poco frustrante—, se queja. 

Dejando a un lado las complicaciones e incomodidades que puede provocar el sexting, Constanza y su pareja lo recomiendan. 

—Nos ha hecho muy bien, porque mantener una vida sexual saludable igual nos parece necesario, pero también porque nos ha hecho generar más confianza en distintos planos; entre nosotras, en nuestros cuerpos, en nuestras sensaciones. 

Y finalmente enfatiza: 

—No suple el poder tocarnos, pero ha funcionado. 

Respetar la ley 

A sus 23 años, June García ha coescrito cinco libros de feminismo infantojuvenil e imparte con periodicidad un taller sobre “Neoamor”, el cual funciona como un club de lectura en donde se analizan las nuevas formas de amar y relacionarse a partir de una revisión bibliográfica. 

Realizar el taller, comenta, le ha ayudado a ver los lazos sexuales y afectivos desde las distintas miradas de sus alumnas, pertenecientes en su mayoría a la generación X o centennials

Para García no es opción salir. Su papá es médico y está en la primera línea de la lucha para superar la pandemia. Por esa razón, aunque la libido a veces se desborde, no se asomará a la calle ni por si acaso. 

La pandemia la pilló experimentando con sexualidad, redescubriéndose a sí misma. Hacía poco tiempo que con su pololo decidieron abrir la relación y probar otras formas de vivir el deseo y el erotismo

Pero el coronavirus no es limitante; es introspección. O parecido. 

—Como no pienso romper la cuarentena para tirar, así que me compré un simulador de sexo oral—dice— antes me parecía una gasto excesivo, pero con la cuarentena se convirtió en un bien de primera necesidad. 

Hasta ahí, todo bien, pero cuando enciende el juguete empiezan los problemas. Piensa en su hermana, que está en la pieza de al lado; en su madre, que se pasea por la casa sin mayor aviso; y en su abuela, que descansa en su dormitorio. Todas viven y permanecen en la misma casa las 24 horas. La privacidad escasea y lo que supone placer termina siendo un dolor de cabeza. 

—Me paqueo sola porque pienso que pueden escuchar el sonido. Pero igual, no es sólo eso: no puedo ir a terapia ni hablar, por ejemplo de las ganas que tengo de tirar. No estoy tranquila. 

Dado que su pareja tuvo que viajar al sur por asuntos familiares, García debió mudarse a su departamento y cuidar de su gato. Allí, comenta, ha tenido tiempo más tiempo de productividad y menos de ocio, lo que le ha cambiado sus prioridades. 

—Antes me masturbaba caleta porque estaba aburrida o no podía dormir. Ahora lo hago menos y de mejor calidad.

El futuro será sexual o no será 

Qué va a pasar después de esto es quizás una de las preguntas más repetidas en diferentes ámbitos de la vida. ¿Volverán los saludos de beso? ¿Será posible abrazar a un otro? ¿Habrá miedo de tocarse? No hay certezas, pero abundan las teorías. 

—Cuando todo esto acabe va a ser locura, un desespero— cree June — en ese sentido pienso que será mucho del uso mercantil del cuerpo de otra persona. La gente se va a acercar al sexo de una forma muy utilitaria. 

Aunque, agrega: 

—Habrá gente muy asustada. Yo estoy en ese grupo. Pero, al fin y al cabo, creo que el acercamiento a la muerte nos dará más ganas y menos prejuicios de probar cosas nuevas.

De sexualidad en cuarentena, Aldea sabe mucho. En medio de la pandemia creó ‘Consultorio 1313’, un podcast que reúne historias y preguntas sobre sexo y placer. 

Para, esto nos hará encontrar virtud en lo que tenemos a mano. 

—Esto nos hará considerar a personas que antes no habíamos considerado, o empezar a ver a alguien de otra forma. Y eso ha pasado por la cuarentena.

El ser humano necesita de conexión siempre, dice, y no se privará de ello:

—A pesar de que se ve de que no hay mucho pasando, en realidad hay caleta pasando. 

Loreto Vargas, ginecóloga de la Universidad de Chile e integrante de Ginecólogas Chile, pone paños fríos a la situación y dice:

—Es importante entender que el coronavirus no se transmite por el flujo genital, sí por la saliva y, por lo mismo, se ha recomendado incluso tener sexo sin besos, lo que puede ser complicado para una pareja, más aún si recién se están conociendo. 

Lo que viene, advierte, «es buscar la satisfacción hacia dentro y no hacia afuera». Por lo mismo, la doctora Vargas recomienda que estos tiempos sean de autoconocimiento, con o sin pareja presente en el mismo espacio. 

—El cuerpo no es sucio, es nuestro. En el caso de las mujeres, es un territorio que históricamente se nos ha privado. Tocarse, perder el miedo, va a permitir saber qué es lo que te gusta y comunicarlo con la otra persona. Eso llevará a una relación sexual placentera, y las relaciones sexuales placenteras generan bienestar—, concluye.

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