Desde Hollywood con amor: el clasismo feminista en Chile

Esto queda de manifiesto en la brecha entre la proclama de la transversalidad de la lucha de las mujeres y su efectiva movilización equitativa. Quizá la razón sea la falta de conexión con todos los tipos de violencia contra el género que persisten con sus daños durante la pandemia. Bástenos observar que, la opinión pública —que adhiere a la causa feminista— ha sido guiada por los medios tradicionales, distrayendo la atención sobre otro tema contingente: el caso de Fabiola Campillay.

 “Chile está en el corazón de la bandera de Estados Unidos”, expresó hace casi dos años nuestro mandatario al reunirse con Donald Trump en Washington, y —más allá de la crítica del momento—, hoy el nombre de nuestro país se hace oír en Hollywood y en la voz de las actrices más bellas y glamorosas de la década pasada. Sí, porque más de 30 intérpretes de la pantalla grande han firmado una carta en apoyo al colectivo Las Tesis y su exitoso himno feminista “Un violador en tu camino. La misiva busca que el Gobierno chileno interceda para que Carabineros retire la denuncia que interpuso contra ellas el pasado mes de junio ante la Fiscalía de Valparaíso.

Las acusaciones de la policía chilena contra el grupo contemplan las figuras genéricas de “amenazas a la institución”, de “atentado contra la autoridad” y de “incitación al odio y a la violencia” por las letras del hit feminista. Sin embargo, deja en evidencia que no hay una figura delictiva en juego, sino solo el uso de la libertad de expresión puesto al servicio de una creación lírica. La mera divulgación de un video en que aparecían cantando afuera de una comisaría en Valparaíso no constituye un atentado contra la dignidad de la autoridad ni menos una alusión específica contra sus miembros. Es solo arte.

En respuesta, la solidaridad global de las redes encendió un levísimo reguero de pólvora, lo suficientemente significativo para que el lobby diera sus frutos. Es así que las actrices, mismas que se sumaron al Mee Too originado por Ronan Farrow, ahora han tomado la bandera chilena, afirmando: “Creemos que, cuando los sistemas de poder atacan a una mujer por oponerse a la violencia social, están atacando a todas las mujeres”.

Entonces, el hecho noticioso apenas asomó en la agenda política, pero sus consecuencias serán de largo aliento y a cuenta gotas, dada la violencia machista que se redescubre en Chile. El director de Justicia de la institución, coronel Jaime Elgueta, ha tenido que explicar el sentido de la denuncia y “contextualizar” la acción legal: “Esta no tiene por objetivo censurar una expresión artística, sino que se sancione el llamado público y explícito que se hizo a atacar a funcionarios de Carabineros”. En efecto, el conflicto se da en circunstancias en que la opinión pública se ha centrado en el retiro del 10% de los fondos de las AFP y la formalización de Martín Pradenas. Durante días no se dejó de hablar de ambos temas. Y eso trajo como consecuencia diversas manifestaciones que exigían los votos del Senado a favor, por una parte; y, el rechazo a lo dictaminado por el Juzgado de Garantía de Temuco que, dando por acreditada la violación de Antonia Barra, había rechazado la medida cautelar de prisión preventiva. La inmediata apelación de la Fiscalía conseguiría que se revirtiera la resolución y terminara el imputado en el Centro de Detención de Valdivia.

Solo unos pocos días más tarde, las redes de internet se centrarían en el traslado de Nicolás Zepeda a París, para luego ser llevado a Besançon, donde la jueza de instrucción, Marjolaine Poinsard, dictaminó su prisión preventiva. El chileno ha sido acusado de la desaparición y homicidio de su ex novia Narumi Kurosaki, estudiante japonesa cuyo cuerpo aún no se ha encontrado.

Tales actos de violencia han conmocionado al país y capturado la agenda noticiosa, siendo muy similares a los guiones que expone Hollywood en sus producciones. Por ejemplo, el borrado de archivos desde el computador de Pradenas; el cambio de celular luego de la muerte de Antonia; el ingreso con una identidad falsa a un grupo de Whatsapp que exigía justicia para la víctima; la sospecha sobre sus vínculos familiares con el gremialismo; en fin, los mitos y alegorías del dinero que lo protegería y la propia estética del victimario. Punto que hizo notar el abogado Gaspar Calderón: “Martín es un chico interesante, tiene aspecto de actor de cine”, expresó el profesional, quien también fue el defensor del ex cabo de Carabineros Walter Ramírez (condenado por la muerte del comunero Matías Catrileo) y otros casos de represión con resultado de muerte en Wallmapu.

 Ahora, Antonia Barra y la tragedia de su suicidio —con su belleza y juventud incluidas—, han devenido en el ícono de las víctimas del mal que entraña la violencia machista que ataca transversalmente a todas las clases sociales. En su sobreexpuesta historia de relaciones en la pequeña elite de Temuco, con sus chismes y clasismos, se acusa la falta de conciencia en los temas concernientes a los derechos que protege la equidad de género y también la esfera general derechos humanos. Si el drama de ella existe, quiere decir que hay otros casos todavía más graves y ocultos o naturalizados en la soledad de la pobreza.

Esto queda de manifiesto en la brecha entre la proclama de la transversalidad de la lucha de las mujeres y su efectiva movilización equitativa. Quizá la razón sea la falta de conexión con todos los tipos de violencia contra el género que persisten con sus daños durante la pandemia. Bástenos observar que, la opinión pública —que adhiere a la causa feminista— ha sido guiada por los medios tradicionales, distrayendo la atención sobre otro tema contingente: el caso de Fabiola Campillay. Es ella la víctima de mutilación ocular que peores secuelas padecerá por el resto de su vida. El drama de una mujer trabajadora que sufre el daño equivalente a una víctima de guerra, pero que vive en el Chile de estallido social. Desde el pasado 26 de noviembre en que recibió el impacto de una bomba lacrimógena en su rostro —cuando se dirigía a sus labores en la empresa Carozzi—, sólo los medios alternativos han continuado con la cobertura de este horrendo crimen. Hecho que, sin menoscabar los delitos sexuales cometidos por Pradenas o Zepeda, tiene un agravante que no se puede dejar pasar: para el resto del mundo desarrollado es un crimen de lesa humanidad y así se está comenzando a estudiar en las Academias más prestigiadas de Derecho.

¿Por qué ocurre esta desafección hacia Campillay?

La diferencia en la atención entre su caso y el de Antonia Barra obedece a la discriminación social, racial y estética que impera en un debate de derechos humanos de las mujeres muy circunscrito a la academia y precarizado en el resto de la sociedad. Un crimen en los estratos medios-altos genera revuelo y evoca la filmografía más variopinta que podamos pensar. Por el contrario, la crónica roja nos ha introducido en la mente que los segmentos medios y bajos están expuestos a una serie de riesgos que casi no sería noticia una vulneración en esos lados y, por lo demás, si alguien honesto sufre un ataque, sería visto como un caso más de una bala loca.

Desde otra visión, que también es equidad de género y el respeto a las masculinidades, los casos de Zepeda y Pradenas deberían ayudarnos a romper los prejuicios. Muchos dudaron de que el victimario haya violado a Antonia, resaltando que es un tipo apuesto, como si las conductas delictuales obedecieran a un cierto fenotipo. Más aún si se le atribuyen vinculaciones con el poder político: verlo caer sería el declive de quienes le protegen supuestamente. Pero eso solo redunda en que no se ha desarrollado el sentido de justicia, respeto y reparación hacia las víctimas como un imperativo en la democracia.

Las redes sociales —el nuevo medidor sobre los impactos de un hecho en la sociedad política—, exhiben comentarios y memes que expresan una necesidad de que Pradenas sufra vejámenes sexuales en la cárcel, normalizando así la violación como elemento de castigo e indirectamente validándola. El odio y la barbarie en el discurso que se cree falsamente feminista es un abuso de la libertad de expresión que nos denigra a todos: la violación es un crimen que jamás tiene atenuantes o justificaciones.

Y en ese mundo de desembozo y abuso de la libertad de expresión que es internet en Chile, hace un año, el clasismo contra la mujer también lo vimos sin reproches políticos serios de las activistas que más figuran. Elizabeth Ogaz, quien hasta la fecha es recordada por cometer un error de pronunciación —al decir que María Inés Facuse, ex esposa de Sergio Jadue se estaba haciendo la “vístima”—, continúa siendo objeto de burla. ¿Educación formal incompleta?, ¿problemas en su dentadura?, o ¿vestimenta sencilla? Escasas voces de empatía con ella que no lograron frenar la morbosidad colectiva y su transformación un elemento gratuito de diversión.

El feminismo a la chilena y la opinión pública que le sigue debe comenzar a atar cabos y a democratizar su discurso. Antonia Barra y Fabiola Campillay son víctimas de la violencia como hecho político, basada en su condición de mujer. Una, violencia sexual; la otra, un crimen que se corresponde con los de lesa humanidad. La sororidad, que deriva de la palabra ‘sorella’ —hermana en italiano— debe unir a las feministas también respecto de las víctimas del estallido. 

Y para lograr que la masa crítica movilizada logre convicción sobre sus derechos es necesario erradicar las fuentes de clasismo y racismo que cruzan los criterios editoriales de la cobertura de prensa.

Total
43
Shares
Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *

Related Posts