Democracia, representación y Convención Constitucional

Foto: Agencia Uno

¿Qué es representación? ¿Qué es elegir a alguien para que, en este caso, construya la nueva lógica institucional? Urge saber si es que las frases que bailan en nuestras lenguas tienen realmente el sentido que creemos darles. Y es que hoy más que nunca debemos darle consistencia y frescura a un sistema de partidos, aunque suene poco sexy para quienes creen que de lo del 18 de octubre del 2019 debiera salir un constante asambleísmo en el que todos hablen al mismo tiempo, creyendo que así serán escuchados.


Camino a elegir a los integrantes de la Convención Constitucional que pensará y redactará la nueva Constitución política de la República, vale la pena hacerse algunas preguntas sobre la representación y cómo podemos relegitimarla de aquí hacia adelante. ¿La razón? Porque por más que se piense esta instancia como participativa, lo cierto es que tiene como fin superior representar a la ciudadanía como nunca antes en la historia nacional. Misión compleja, pero excitante.

Para eso es tal vez relevante quitarnos de la cabeza una gran cantidad de lugares comunes que circulan en estos días; uno de ellos es esta idea de que el texto debe hacerlo “la gente”, como si todos quienes tienen ganas de construir una nueva institucionalidad tengan cierta capacidad por lo que representaron alguna vez en las marchas de octubre pasado. La llamada “Tía Pikachu”, quien es una mujer que alegró las celebraciones y las protestas, dice querer ser constituyente, lo que a muchos, demasiados diría yo, les parece natural, y no se cuestionan si es que realmente representa a quienes piensan ciertas ideas, o simplemente es un cuestión de simpatía.

¿Qué es representación? ¿Qué es elegir a alguien para que, en este caso, construya la nueva lógica institucional? Urge saber si es que las frases que bailan en nuestras lenguas tienen realmente el sentido que creemos darles. Y es que hoy más que nunca debemos darle consistencia y frescura a un sistema de partidos, aunque suene poco sexy para quienes creen que de lo del 18 de octubre del 2019 debiera salir un constante asambleísmo en el que todos hablen al mismo tiempo, creyendo que así serán escuchados.

Y no. Una democracia real no es aquella en la que todos hablan y deciden a diario sobre todo lo que sucede en el terreno nacional. Es, en cambio, una en donde la institucionalidad está construida de manera tal, que esa representatividad está ahí, implícita, con valores fundamentales, más allá de las discusiones contingentes, que logren hacerle sentido a cada ciudadano que habite el país. Y esa es la tarea fundamental de lo que viene en este gran diálogo en el que debemos lograr capturar la diversidad cada vez más creciente en nuestro territorio.

Pero para eso la llamada “política tradicional” no debe avergonzarse de lo que es, ni negar lo que fue. Lo vergonzoso es asentir a todo lo que se escucha en la calle como si fuera la verdad revelada, y tratar de esconder insignias o afiliaciones políticas solo porque hay quienes creen que el problema fueron los “arreglines” y no la imposición del capital por sobre la discusión ideológica.

Por más que se quiera decir que venimos de años plagados de malas decisiones políticas, estamos saliendo de un periodo en que la “técnica” neoliberal aplastó precisamente la deliberación política. Las premisas ideológicas que pasaron de gobierno en gobierno fueron responsabilidad de una manera única de mirar el Estado y su funcionamiento. Y esa mirada pasó por sobre todo tipo de controversia que pudiera poner en jaque la “estabilidad”, aquella que consistía en no hacer enojar a ciertos poderes de facto.

Estamos despertando de un proceso en el que se creyó que una única forma de no caer en una ruptura institucional como la de 1973, era hacer como si se acordaban cosas que realmente no estaban siendo acordadas. Por lo tanto, el desprecio al ejercicio de la política y a los “mismos de siempre”, no es más que el triunfo de un relato que depositó todos los vicios de una ideología en la llamada “clase política”. Todos quienes hoy creen estar luchando contra el neoliberalismo al ir contra lo que huela a política añeja, lo que están haciendo es sucumbiendo ante la idea profundamente neoliberal de que la ciudadanía/ clientela no debe tener intermedio posible con su objetivo más inmediato.

Por esto, vale la pena pensar bien las cosas, detenerse en tiempos en que las pasiones parecen estar haciendo una revolución lejana de los “valores” implantados por el régimen político y económico que se cuestiona, lo que claramente no puede ser así. Es importante no deslumbrarse con símbolos pop que bailaron al son de una explosión de tamañas dimensiones como la que aún estamos viviendo. Fueron importantes y animaron la revuelta alegremente; pero con eso no basta.

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