Democracia o violencia

Una simple mirada muestra que capitalismo y neoliberalismo en su versión más extrema como la instalada en Chile, son perfectamente compatibles con la supresión de todas las libertades políticas y civiles imaginables. Al contrario de lo que el mundo intelectual liberal se esfuerza por hacernos creer, el poder económico no necesita de la democracia para su funcionamiento, y hoy por hoy incluso le está sobrando hasta los seres humanos.


El subsecretario Galli esta semana enciende las alarmas: “Chile se juega una disyuntiva muy clara: democracia o violencia”. Creo que el subsecretario llega a la conclusión correcta, pero como suele ocurrir, desde premisas equivocadas. Veamos.

La última vez que Chile avanzó institucionalmente a democratizar espacios claves para la vida como es la economía, el poder militar azuzado por los grandes grupos económicos y civiles afines, emprendieron un golpe de estado sin precedentes en nuestra historia, imponiendo una dictadura por largos 17 años.

La violencia cruel y extrema aplicada sobre fuerzas políticas opositoras quedó grabada sobre los cuerpos y memorias de varias generaciones, enviando un mensaje claro: la democracia, entendida como ese poder de decisión soberano sobre lo que nos acontece como pueblo, no está permitida. Lo que sí podría estar permitido son algunas libertades políticas y civiles, siempre y cuando no decidan sobre cuestiones de fondo, como someter al mercado y el sistema productivo a las instituciones de la democracia.

Y si es que la democracia toma un camino hacia ser, podríamos decir, efectivamente una democracia, es simplemente porque el pueblo vota equivocadamente. Y un poder superior a los poderes que nos hemos dado como república, “poderes salvajes” diría Ferrajoli, resguardará que el único orden posible y permitido sea protegido aún a costa de violar derechos humanos y causar terror. Civiles y militares no dudaron en utilizar el monopolio de la fuerza que la constitución les brindaba, para romper o poner fin a ese ensayo de estado de derecho que se nos permitió vivir hasta que votamos equivocadamente. Famosa es la frase del premio nobel de la paz Henry Kissinger “No veo por qué tenemos que esperar y permitir que un país se vuelva comunista debido a la irresponsabilidad de su propio pueblo”.

Una de las conclusiones lógicas a las que podemos llegar es que por “democracia” estaremos obligados a aceptar un conjunto de libertades civiles y políticas que se nos permitirán vivir si y solo si, no votemos de una manera en que la forma económica que nos rige sea modificada, es decir, siempre y cuando no cuestionemos el sistema de producción capitalista, ni tampoco la versión neoliberal a la cual nos enfrentamos en el presente. Por ende, estas libertades civiles condicionadas no podrán involucrarse en aspectos claves de la vida como el sistema económico, aun cuando nos tendremos que convencer a nosotros mismos de que lo que vivimos sí es una democracia. A este disciplinamiento social Santiago Alba Rico lo llamaba “pedagogía del voto capitalista”, de tiempo en tiempo debes matar a mucha gente hasta que el pueblo vuelva a aprender a votar adecuadamente.

Una simple mirada muestra que capitalismo y neoliberalismo en su versión más extrema como la instalada en Chile, son perfectamente compatibles con la supresión de todas las libertades políticas y civiles imaginables. Al contrario de lo que el mundo intelectual liberal se esfuerza por hacernos creer, el poder económico no necesita de la democracia para su funcionamiento, y hoy por hoy incluso le está sobrando hasta los seres humanos.

Parte de esta historia estalla el 18 de octubre del 2019, marcando una ruptura cultural y social con el orden desigual e injusto que se inicia el 11 de septiembre de 1973, donde se fijan con violencia los límites de lo que se nos permitirá comprender, imaginar o pensar por democracia.

Agotada la dominación cultural del modelo en tanto se aleja en el tiempo el disciplinamiento por votar equivocadamente, junto al despojo económico e inseguridad social que la mayoría de la población es sometida a vivir, la violencia de las fuerzas armadas y de orden junto a la violación a los derechos humanos vuelven a aparecer como eventos del pasado que nos advierten que los derechos humanos no son una conquista irreversible, que tampoco ocurren fuera de un sistema de producción y modelo económico que se oponen a la democracia. Los “nunca más” que alguna vez balbucearon civiles y militares quedan rápidamente en el olvido.

La válvula de descompresión que se activa luego de la enorme revuelta social es el cambio constitucional, forjando un evento inédito en nuestra historia, donde podremos votar si queremos cambiar la carta fundamental junto con la forma en que debe ser redactada.

Lo que se ha mantenido intacto es el modelo económico, pese al profundo malestar por la distribución de riqueza y desigualdad que la propia revuelta social expresaba (no son 30 pesos, son 30 años). Por el contrario, el gobierno ha impulsado medidas que vienen a profundizar el camino neoliberal en el ámbito laboral y productivo, utilizando los fondos públicos como seguro social de los grandes capitales.

Es en este escenario donde nos acompañan incertidumbres razonables sobre el camino que tomarán quienes resguardan este modelo impuesto por la fuerza, el neoliberalismo es incompatible con la democracia.

Ninguna sociedad hubiese acudido a las urnas para votar por la privatización de sus bienes comunes o de los servicios sociales, o para despojarse de sus derechos. Incertidumbre razonables viendo el carácter que la derecha y la ultraderecha adoptan en los últimos días contra el poder judicial y las víctimas de violaciones a los derechos humanos. La incertidumbre no está dada por que las fuerzas de cambio condenen o no condenen la destrucción de infraestructura pública por algunos manifestantes -que es dónde la elite y sus medios ponen el foco-.

La incertidumbre instalada en el pueblo se sostiene en si la derecha, las fuerzas de orden y el poder económico tienen efectivamente un compromiso con aquello que llamamos democracia, cuando ésta empieza a funcionar realmente como democracia, es decir, cuando empuja a decidir sobre cuestiones claves de la vida, sin condiciones. O, tal como van mostrando los hechos, mantendrán la constante histórica de romper el estado de derecho y las leyes mediante la violencia cuando votemos equivocadamente y queramos decidir por cuestiones de fondo.

Uno de los debates más importante que debemos profundizar es lo que entenderemos por propiedad privada en una sociedad tan desigual e injusta como la chilena, elemento que buscan vestirlo con el disfraz de la libertad. El problema de no pensar sobre lo que entenderemos por propiedad privada hoy, es que no podremos resolver un problema clave para la paz social y el futuro del siglo xxi: la acumulación de riqueza sin control genera que la cuna y la herencia determinen el lugar que a cada cual le tocará ocupar en la sociedad, echando al traste los discursos de meritocracia con los que el discurso liberal suele vestir al mercado junto con la libertad.

Este es un tema pendiente y una de las causas profundas del 18 de Octubre, materia pendiente que las fuerzas de cambio deben empujar, hay varias propuestas sobre la mesa, véase por ejemplo las propuestas de Piketty sobre “propiedad temporal”[1] por citar algo, o incluso las propuestas sobre renta básica universal. Sin las amarras del pasado se debe interpelar sobre violencia y democracia a quienes no han dado ninguna garantía de aceptar que la democracia sea efectivamente una democracia


[1] Véase por ejemplo este buen artículo de Alberto Tena Camporesi sobre el tema: “¿En pensable hoy un sistema de propiedad temporal?” https://www.ieccs.es/2020/10/03/en-pensable-hoy-un-sistema-de-propiedad-temporal/

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