De ternura infinita: Claudia López y la vida profunda de la estudiante asesinada un 11 de septiembre en democracia

En la voz de quienes conocieron a “la Chica”, nos adentramos en su formación política y humana, en sus años de estudiante de Castellano y danza, en su acercamiento al anarquismo y a la protesta callejera. “Nunca hacía algo a medias. Todo era con pasión. Infinitamente bondadosa. A ella le dolía el mundo”, dice su amiga Paz Balbontín.


La noche del 11 de septiembre de 1998 fue el último día que Claudia Alejandra López Benaiges pisó una calle. No era cualquier jornada: se cumplían 25 años del golpe de Estado de 1973. Fue en la población La Pincoya, en el extremo norte de Santiago, a la altura del 5.800 de la Avenida Recoleta. Allí estaba junto a un grupo de manifestantes cuando al momento de una embestida de Carabineros recibió uno de los disparos de esa lluvia de balas que estaba percutando la policía. La mataron. Tenía 25 años.

“La Chica”, como la llamaban sus cercanos, falleció a las 00.53 horas del 12 de septiembre de 1998 en el SAPU de La Pincoya, producto de una “herida a bala torácico pulmonar izquierda con salida de proyectil”, como consignó Gabriela Barría Cancino, quien investigó el caso para su tesis de Licenciatura de Historia en la Universidad de Chile, titulada El Chaca, la Chica y el Jonny. Represión y muertes en el Chile Democrático. Santiago, 1988-2008.

Allí Barría también plasmó cómo luego del asesinato, los responsables se esforzaron para no dejar rastros de su artero crimen. “Todo el sector que rodea el sitio del suceso es prolijamente limpiado, y en una verdadera operación rastrillo, son recogidas casi todas las balas y casquillos que se encontraban dispersos por el lugar, como frío testimonio de la brutal balacera que horas antes la policía uniformada había dirigido en contra del grupo de manifestantes”, narra Barría.

La prensa de aquella época se encargó de instalar en la ciudadanía la versión de Carabineros y del gobierno del entonces Presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle (DC), señalando por ejemplo el diario La Tercera en su edición del domingo 13 de septiembre que la autoridad policial declaró que “se ‘actuó con proporcionalidad’ en el control de los desmanes”.

Junto con ello, el medio citó un “informe reservado” de Carabineros, detallando que Claudia “habría portado un bolso con piedras, una botella con amoniaco, una pañoleta para cubrirse el rostro, una polera morada, evidencias en sus vestimentas de haber participado en hechos violentistas -a raíz de la impregnación en sus ropas de gas lacrimógeno-, un boletín con literatura marxista y una libreta con nociones y estrategias del área de inteligencia”.

Imagen referencial / Agencia Uno

Las Últimas Noticias, en tanto, reprodujo lo sostenido por el ministro del Interior de entonces, Raúl Troncoso (DC), quien señaló que “Carabineros tuvo una actitud preventiva y de resguardo del orden público, dentro de una posición moderada”, negando que se hayan usado armas de fuego por parte de los uniformados. “Tenían expresas instrucciones de no hacerlo”, aseguró.

Todas versiones alejadas de la realidad. La de Claudia no fue la única muerte de esa jornada en La Pincoya. También fue asesinado el dirigente del Partido Comunista, Cristián Varela Ávalos (47), y resultaron gravemente heridos por proyectiles balísticos los jóvenes Juan Carlos Castillo Inostroza y Álvaro Gonzalo Ayllal Manríquez. En el caso de Varela, Carabineros también descartó su responsabilidad y para amplificar esta versión estuvo igualmente disponible el diario La Tercera, medio que volvió a citar a los uniformados: “Sufrió un accidente vascular que le ocasionó su deceso”, aseguraron estos, añadiendo que “los síntomas de Varela se concretaron cuando aún no se producían desórdenes”.

JUANA, JOSÉ Y EL HOGAR

Claudia, nacida el 28 de noviembre de 1972 en Santiago -solo meses antes del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973-, era la hija mayor del matrimonio conformado por los profesores de Castellano Juana Benaiges y José Atilio López, este último militante del Partido Comunista. Paulina y Gonzalo eran sus hermanos. Su abuela era una española que había llegado en el Winnipeg. 

La profesora de Historia Paz Balbontín fue su amiga; en realidad su “hermana”, como prefiere llamarla desde ese amor fraterno que envuelve cada palabra que elige para hablar de ella. De hecho, vivían juntas en el departamento de calle Bandera que arrendaba Paz cuando Claudia fue asesinada el año ´98. 

José López. Captura documental ‘A pies descalzos’

“Como hermana mayor tenía ese don del cuidado, de proteger. A veces, cuando sus papás estaban en reuniones de apoderados, se quedaba hasta tarde cuidándolos. Era una persona muy amorosa. Yo sé que la figura de Claudia es la de la anarquista, ruda -y que también lo era-, pero ella era de una ternura infinita… con su hermano, con su hermana”, enfatiza Paz.

La vida intensa y profunda de Claudia como ser humano y político está inevitablemente relacionada a su familia y a lo que ocurría en su hogar en la comuna de San Bernardo. “Hay toda una historia familiar, porque sus padres los criaron con esa visión de un mundo de izquierda, con conciencia social muy grande (…) Hay una impronta ahí muy importante de valores humanistas. Son dos personas de una calidad humana muy fuerte”, explica Balbontín.

En ese sentido, Paz enfatiza en que en ese hogar sanbernardino “todo era muy cálido. Era una familia donde tú llegabas y podías estar conversando hasta tarde, de Allende, de política, de un montón de temas. Llegar a esa casa era conversar, discutir, saber de arte, de música, de películas; eran grandes conversadores y también discutidores, entonces por eso ella tenía la impronta de la palabra. Era un mundo cultural muy rico”.

Don José relata en el documental Claudia en el corazón que fue en 1985, cuando su hija tenía apenas 13 años, que evidenció un primer interés ante lo que ocurría en la dictadura cívico-militar, luego de que fuera asesinado un cuñado de su padre, chofer de ambulancia, en la comuna de Maipú en la Región Metropolitana. “Íbamos a verlo con Claudia al Cementerio General, estaba en un nicho bien arriba, en el Patio 29. Ella le iba a dejar flores, pasábamos siempre”, recuerda Paz.

Claudia cuando niña. Captura documental Claudia en el corazón

 CLAUDIA, EL PEDA Y EL ANARQUISMO

En 1992 Claudia ingresó a la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (UMCE, ex Pedagógico) -donde también habían estado sus padres previamente al golpe de Estado- para comenzar sus estudios de Pedagogía en Castellano.

Sin ser necesariamente amigos o cercanos, Pablo Bravo coincidió con Claudia en algunos espacios de movilización y su testimonio contribuye a dibujar el escenario político de esos años ‘90 en el cual se movían. Pablo estudió Filosofía y Antropología en el Campus Juan Gómez Millas de la Universidad de Chile, cercano al ex Pedagógico donde estaba ella. 

“Estaba muy marcado por toda una resistencia callejera, dentro de también un ámbito universitario en plena transición donde había una desconfianza del proceso político que se estaba viviendo. Había una intención de dar continuidad y una nueva lectura a la lucha, y donde también había un desgaste de algunos grupos más subversivos, armados, clásicos de los ‘80 y principios de los ‘90, y con ello la necesidad de reconfigurar y revitalizar un discurso y una práctica de lucha y enfrentamiento”, explica. 

Es en ese contexto en donde surgen entonces diferentes colectivos, en un ámbito inicialmente universitario, concentrado en Santiago en el eje Macul-Grecia, la UTEM, el ex Pedagógico, el Campus Juan Gómez Millas de la Universidad de Chile, la Usach y el Arcis, entre otros. “En ese marco se comenzó a transitar desde una experiencia más vinculada a grupos más marxistas o al Partido Comunista, hacia espacios o discursos más antiautoritarios, más libertarios, más anarquistas”, reseña Pablo sobre ese período.   

Es allí donde van apareciendo grupos como La Punta, el Motor Rebelde, la CRP (Coordinadora Revolucionaria del Pedagógico) y una serie de colectivos de corte anarquista que en 1994 realizan un intento federativo con la FAL (Federación Anarquista Libertaria). “Y ese escenario creo que refleja mucho también el transitar de Claudia, donde empieza a empaparse y vincularse con discursos y prácticas más antiautoritarias, más libertarias, y empieza también a radicalizar su lucha. La lucha callejera y el enfrentamiento con los pacos fue muy intenso durante toda esa época, y ella era una de las que siempre estaba ahí”, plantea Pablo.     

En ese sentido, Bravo enfatiza que tanto en los ‘80 como a principios de los ‘90, Macul con Grecia -donde estaba ubicado el ex Pedagógico- “fue un punto de confrontación dura, donde se configuraban formas, discursos y estrategias de lucha y prácticas importantes a nivel de organización y de ciertas estrategias que se utilizaban para poder llevar a cabo esto de forma permanente, y extenderlo a la lucha dotándola de nuevos contenidos y discursos. Y es ahí donde poco a poco, por ejemplo, a principios de los ´90 las banderas negras anarquistas comienzan a tener mucha más presencia en la calle, pero también en las nuevas formas de entender la proyección de la lucha y la forma de organizarnos”.   

Imagen referencial

“A ELLA LE DOLÍA EL MUNDO”

En 1993 fue que Claudia conoció a Paz, cuando ambas formaron parte del Centro de Estudiantes de la Carrera de Castellano en la UMCE y participaron luego en la toma del año ‘94.

“Queríamos parar la maquinaria que se vino encima después de lo que instaló (Ricardo) Lagos con los bancos y las universidades. En esa época en la universidad la gran lucha que teníamos era que no instalaran los bancos, y que nosotros siguiéramos negociando directamente con la universidad. También las becas, que cada vez las querían acotar más, pero sobre todo era parar la privatización en las universidades”, destaca Paz.

Junto con la defensa de la educación pública, a los estudiantes organizados de la época los movilizaba igualmente las violaciones a los Derechos Humanos que cometían por entonces los gobiernos de la Concertación. “Ella fue amiga de presos políticos, conversaba con gente que había estado presa”, recuerda Paz. 

“Empezó a criticar a gente que era del partido (Comunista) porque no había mucha coherencia entre los compañeros, y entró en contacto con una agrupación anarquista y ahí encontró que había realmente más coherencia entre lo que decían y lo que hacían. Y empezó a ir a poblaciones, a estar en contacto con la gente más desprotegida y empezó a ayudar, a tratar de hacer clases”, comenta su padre, José López, en el documental Claudia en el corazón.

Milko Mendieta conoció a Claudia en 1993, también en el ex Pedagógico, mientras estudiaba Historia y cuando ella era dirigenta de Castellano. “Era respetada, era inteligente, de buen trato; una persona dulce, pero al mismo tiempo firme en sus convicciones. Era muy querida, una verdadera líder entre los estudiantes. Se destacaba en las tomas, en las asambleas, en los actos conmemorativos y en los consejos de presidentes, por cierto, donde tenía un rol muy importante”, recuerda.

En ese sentido, Milko destaca la lucidez política de López como dirigenta estudiantil. “Era lo suficientemente madura y abierta de criterio como para entender que muchas cosas no se logran a pura aventura, ímpetu y dividiendo; al contrario, ella trataba siempre de organizar a la gente, de darle el espacio en que cada uno podía aportar”, cuenta.   

Miguel, quien entonces estudiaba Historia en el Pedagógico, la conoció durante la toma de 1994 y un año después ya se hicieron más amigos. “Uno de los temas más importantes para la Claudia era el de la represión en dictadura y la impunidad que seguía en los ‘90”, recuerda, enfatizando que por entonces estaba latente la demanda de justicia respecto a los principales violadores de los Derechos Humanos. “Otro tema con el que se motivó mucho fue el de los presos políticos en democracia. En los ‘90 había hartos del Lautaro, del Frente (FPMR), del MIR, y a ella le interesaba mucho que se difundiera ese tema en los piños estudiantiles en los que participábamos”, añade.    

Claudia López


En ese sentido, Miguel cree que la figura de Claudia trasciende hasta nuestros días también porque -a diferencia de lo que ocurriría posteriormente en los años 2006, 2011 y 2019- la resistencia callejera “era bien minoritaria, a contracorriente”. “Yo creo que es un poco el rescate de eso, de esa tozudez, de mantenerse peleando a pesar de que las condiciones eran tan malas, por decirlo de alguna manera más suave, porque en realidad los grupos que salían a protestar más fuerte y hasta con violencia callejera, eran bien minoritarios”, sostiene.

“Le daban mucha rabia todas las injusticias. Todo lo que sucedió en el ‘73, lo que seguía haciendo el gobierno de la Concertación”, añade su amiga Paz. “Ellos callaron y silenciaron muertes desde los años ‘90 (…) Y todo eso a ella la violentaba mucho, entonces con los chicos más anarquistas de la CRP (Coordinadora Revolucionaria del Pedagógico) empezó a tener más afinidad en las ideas y con un actuar más directo”, agrega Balbontín sobre el momento en que Claudia comienza a participar activamente de las llamadas salidas a la calle, y en donde su figura como “estudiante anarquista” se reivindica y releva hasta el día de hoy.  

“La recuerdo cuando llegaba a la casa con sus hondas. Y ella era muy finita, y tú no entendías como ella siendo así, tan finita, podía tener tanta fuerza. En la calle tenía una fuerza tremenda. Guerrera. Tomaba estas hondas grandes y se las ponía en el brazo, y al otro día llegaba y me mostraba los brazos y estaban todos morados; en el instante no sentía nada de pura adrenalina que tenía ella”, recuerda risueña su amiga Paz.

“Esa figura de Claudia es la que más se ha levantado. Y ciertamente sí, ella es así, pero también era de una ternura, de una alegría… Era muy chistosa, con un sentido del humor muy grande. Bondadosa, infinitamente bondadosa. Apasionada. A ella le dolía el mundo; si tú tenías un dolor, a ella también le dolía”, enfatiza Paz.

En ese sentido, su amiga destaca que Claudia vivió el anarquismo también desde un proceso crítico, en términos de sus proyecciones y de la necesidad de llevar a la práctica lo que se sostenía en el discurso. 

“En esa época no se hablaba tanto del patriarcado, del machismo, como hoy en día los jóvenes lo están haciendo. Y ella sin duda marcaba una diferencia dentro del mundo de las mujeres que salían a la calle, en ese mismo mundo de izquierda. Era una figura respetada, porque el machismo está metido en todos lados, es bien transversal, y habían actitudes de compañeros también machistas, en la política, en la salida a la calle”, profundiza Balbontín.

Al respecto, Paz agrega que Claudia “va adquiriendo el respeto de todos los compañeros que salían, justamente por eso, porque ella era muy guerrera, se preocupaba de sus compañeros, y quizás por eso mismo muchos conocieron solamente esa parte, porque en este mundo de hombres como que tú tienes que ponerte pesada y todo eso, como validarte, entonces quizás muchos compañeros solo vieron esa faceta”, reflexiona.  

“Ella estaba en un proceso de criticar ciertas posturas individualistas dentro del mismo anarquismo. También la falta de organización, sobre todo cuando vas a hacer una salida a la calle. Yo no sé si con el tiempo se haya hecho esa autocrítica dentro del anarquismo, en términos de ser solidario con el otro en todo momento, incluso cuando tú arriesgas tu vida. La Claudia no se quedaba en palabras; ella era palabra y acción”, plantea Balbontín. 

Imagen en la que aparecería Claudia durante una ‘salida’ a la calle

Algo que comparte Milko cuando sostiene que “he encontrado poca gente consecuente con ese ideario desde el punto de vista de los valores, de la entrega; la Claudia era una persona decidida, nunca titubeó cuando se trató de dar una pelea, por una causa, por el amor que ella tenía por la gente, por los humildes”.

Y al hablar de estas cualidades de López, Mendieta recuerda una suerte de anécdota que da cuenta precisamente de su convicción. En una ocasión, el Movimiento Estudiantes por la Reforma organizó un congreso estudiantil en Concepción. Claudia y Milko, que no formaban parte de dicho movimiento, fueron igualmente invitados a participar. Ocurrió que ella no contaba con el dinero para poder viajar, pero encontró la solución: propuso meterse debajo de los asientos del bus. “Entre varios compañeros la camuflaron y se fue debajo de los asientos, y cuando el bus fue controlado, los fiscalizadores contaron los pasajeros, se bajaron y ahí apareció ‘la Chica’ en gloria y majestad”, narra festivamente Mendieta.    

Y es que además de la lucha callejera y de su amor por el arte que más tarde concretaría ingresando a la mítica escuela Espiral, estaba también su trabajo con los sectores más vulnerados de la sociedad. Fue en esa labor que llegó hasta la población La Pincoya, específicamente hasta el campamento Jesús Obrero, a realizar trabajos de construcción y para permitir el acceso al agua, y a levantar un taller educativo para niños. “También se dedicó a enseñarle a leer a las pobladoras, y lo hacía con mucha paciencia”, recuerda igualmente Paz. También participó de una radio popular en ese sector. “Todo lo que hacía, nunca lo hacía a medias. Todo era con pasión. Su amistad era con pasión”, destaca.

LA MÚSICA, LA POESÍA, LA COMIDA Y LOS GATOS

Una pasión con lo que “la Chica” finalmente terminaba permeando todo. Le gustaba cantar, escribir poesía, comer y cuidar de sus gatos. 

“Tenía una linda voz de soprano”, recuerda su padre en el documental A pies descalzos. “Cantaba muy bonito, muy hermoso, era muy artística. En los actos del Pedagógico cantaba siempre, con un compañero; el bossa nova le gustaba mucho”, refrenda Paz Balbontín, recordando que ese talento llevó a Claudia a participar de un coro en la Universidad de Santiago de Chile (Usach).  

Milko compartió también con ella su gusto por la música. “Le gustaba Silvio Rodríguez. Le gustaba mucho canturrear, disfrutaba mucho de esas conversaciones en torno a una guitarra”, rememora.     

Leer a Nicanor Parra, a Jorge Teillier, a Pablo de Rokha, luego a Errico Malatesta y otros autores anarquistas, fueron también intereses de Claudia, así como escribir ella misma poesía donde plasmaba esas mismas luchas por las que salía a la calle, como hizo con la prisión política en Tras los cuerpos amurallados.  

poetassigloveintiuno.blogspot.com


“Yo me imagino que escribió muchos poemas más de los que hoy se conocen, porque tenía una agenda donde escribía harto”, advierte Miguel, recordando que también le gustaba pintar.

“La Chica” disfrutaba igualmente de la comida y de otros gustos simples, alejados del consumismo, como enfatiza Paz. “Era muy buena comedora”, dice. “Compartíamos y comíamos casatas de helado; nos comíamos la mitad de una casata de helado. Yo engordaba, ella no. Preparaba unos fideos exquisitos con carne. También nos hacíamos tratamientos de belleza; ella tenía su pelo largo, hermoso”, recuerda.

Por otra lado, Miguel destaca que Claudia era “absolutamente gatera, los amaba”. “De repente íbamos caminando y se cruzaba un gato, ella lo tomaba en brazos y yo le decía ‘oye, ese gato a lo mejor es de alguien, déjalo en el suelo’, jajaja. Es que era una cosa que tenía con los gatos pero tremenda”, recuerda festivamente.  

Cuando se conocieron con Paz, Claudia tenía tres gatos: Pati, Lechuza y Preciosa. “Era muy gatera”, dice su amiga. Después fueron llegando otros. El día martes previo al viernes en que fuera asesinada, Claudia le comentó que estaba triste porque uno de sus gatitos, un cachorrito de color negro, había muerto.  

IMPUNIDAD

Hoy el expediente judicial del asesinato de Claudia López Benaiges está archivado. Simplemente no hubo justicia; hubo impunidad. “Los pacos barrieron la zona completa. Limpiaron todo lo que habían ametrallado, porque ellos decían que habían sido enfrentamientos entre las personas que estaban ahí, y eso no es así, no es así. Nunca entregaron sus cosas: su ropa, su morral, nunca entregaron nada”, acusa Paz, quien también denuncia que durante el proceso judicial “también hubo cosas bien turbias”.

“A mí me pasaron unos casquillos de bala y se suponía que el abogado Héctor Salazar, que trabajaba en la Universidad (Academia de Humanismo Cristiano) iba a ayudar en esto, en la investigación, y fui donde él, se los entregamos, y nunca hizo nada. Nunca pudimos saber quién estaba a cargo de los pacos que estaban esa noche en la comisaría. Nunca supimos los nombres, nunca se investigó”, sostiene. 

Claudia López

Algo que es refrendado en el documental A pies descalzos por el abogado de Derechos Humanos Hugo Gutiérrez, quien sostiene que “hasta el día de hoy no se puede saber en definitiva quién fue el funcionario de Carabineros que disparó en contra de Claudia, sobre todo porque la jueza hizo una investigación que básicamente tendió a exculpar a los funcionarios de Carabineros, tratando de demostrar que la muerte de ella se debía a terceras personas, cuando en definitiva era obvio que no era así”. 

“En los ‘90 había una extensión de los modelos represivos de la dictadura y seguían siendo muy salvajes por parte de los pacos, principalmente. Efectivamente las lógicas de la dictadura se extendían hasta esa época”, destaca en ese sentido Pablo Bravo.  

Paz recuerda que ese viernes 11 de septiembre pensaba que Claudia llegaría en cualquier momento al departamento que compartían. Pero no fue así y un dolor profundo la invadió a ella y a todo el entorno de la estudiante, llegando incluso su madre a enfermarse seriamente un año después sin poder continuar ejerciendo su labor como profesora.

Milko Mendieta dice que el enterarse de la muerte de Claudia “fue una de las noticias más tristes que he recibido en mi vida”. 

LA ESPIRAL

Tras impartir talleres de danza en el Café del Cerro en el barrio Bellavista de la capital, los bailarines y activistas políticos Patricio Bunster y Joan Turner -su ex mujer y quien luego sería la compañera de Víctor Jara- deciden inaugurar en marzo de 1985 el Centro de Danza Espiral, que cobijó a su vez a la Compañía de Danza Espiral.

Tras convertirse en un referente de la reinstalación del movimiento de coreógrafos independientes en nuestro país, Bunster se hizo cargo de la Carrera de Danza de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, comenzando a formar a bailarines en conjunto con el Centro Espiral. Claudia decide en 1996 dejar el ex Pedagógico y matricularse allí, pasando a formar parte del primer grupo de estudiantes de danza de esa casa de estudios.  

“Tenía condiciones para la danza, pero nosotros no nos habíamos dado cuenta. Y ella era más o menos extrovertida, entonces un día nos hizo unos pasos donde representaba a unos caballitos, y ahí nosotros nos dimos cuenta”, rememora José López en el documental A pies descalzos, recordando además que en la enseñanza secundaria su hija había practicado gimnasia rítmica.

Su práctica de la danza quedaría plasmada hasta hoy en un registro que muestra parte de la obra “Danza y rebeldía”. 

Y es que definitivamente fue en Espiral que Claudia pudo consolidar de mejor forma su expresión artística. “El taller que tenía Patricio Bunster y su idea de danza no era una idea tan clásica, era más abierta a todas las personas. No era rígida en términos de que si no empezaste a los 7 años ya no puedes bailar. Claudia me decía que el concepto de la danza de la carrera y de Bunster era justamente que todos podemos bailar, entonces a ella le gustaba mucho eso”, explica Paz. “Era muy esforzada para bailar, muy dedicada, preparaba sus clases, practicaba con bolsas de arena”, recuerda sobre aquel período en que además “la Chica” tuvo el privilegio de ser formada igualmente por Joan Turner.

Miguel recuerda que en la marcha del 11 de septiembre de 2018, cuando se cumplieron los 20 años del asesinato de Claudia, mientras iban avanzando con un lienzo alusivo a ella, Joan se acercó para decirles que le había hecho clases a Claudia en la Espiral.

“Ella no paraba. Corría para todos lados. Era muy ágil”, destaca Paz Balbontín, recordando que por esos años ella sufrió un accidente que implicó una quebradura de piernas y que ahí estuvo Claudia para ayudarla. “Me venía a ver a la casa todas las tardes, desde la Espiral (…) La fidelidad que ella tiene como amiga es única. Tenía una capacidad de escuchar tremenda, que tú no encuentras en todas las personas ni en todas las amistades. Puedes hablar horas y horas, conversar, reír y tener un interlocutor que sabes que te está escuchando”, destaca. “Creo que es la mejor mujer que he conocido en mi vida, la mejor hermana”, concluye Paz.

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