Cuán político es el neoliberalismo. Tecnología y lenguaje

Foto: Agencia Uno

El pacto oligárquico-transicional (1990) nos arrastró a una “república del centro-centro” que secuestró las “prácticas oposicionales”, esquilmando los antagonismos y las pasiones democráticas. Todo cedió ante una “ética del accountability” que agudizó la precarización de la creatividad. Luego vinieron los modelos de transición pactada con su épica del realismo –narrativa de la mesura- que asumió como valor político fundamental la cientificidad neoliberal de la economía de mercado, cultura del PIB, y que tuvo como pivote una “democracia elitaria”.


Tras el sociologicismo transicional imperante en los años 90′, centrado en gobernabilidad, consumo y realismo (Tironi, Ottone), cabe preguntarse si la socialdemocracia chilena capituló precozmente ante los “lenguajes gestionales”. Y si acaso por esa vía se abrió camino un mercado eventualmente post-político, profiláctico y aséptico, instalado por la vía del monetarismo en 1976. Contra todo pronóstico es necesario subrayar que la politización neoliberal, leída como bancarización de la subjetividad, fue capaz de colonizar la vida cotidiana desde un “texto rentista”, consumando una “razón experta” agravada intensamente bajo el chile (post) transicional. Todo ello terminó consolidando un divorcio con los lenguajes del territorio, las prácticas comunitarias, y simultáneamente abrió una fractura entre vida cotidiana y política institucional.

A diferencia de todo “simplismo verbal”es fundamental reconocer que el consumo como experiencia cultural, en tanto dispositivo disciplinante, tuvo como centro gravitacional la masificación del acceso y un despliegue de formatos televisivos cuyo himno es el “dispositivo matinal”. Tal fue la forma de politización que se expresó en procesos de subjetivación suntuaria propios de una modernización de la gestión: new review management.

Ello implica advertir que la fuerza expansiva de un “vocabulario tecnopols”, vino a instaurar las leyes de una neutralidad. La ideología de una ciencia inescrutable, dura y objetiva que nos llevó a un “chile de indicadores” y “datos laxos”. Un pacto verbal centrado en “lenguajes higienizantes” (gestional, managerial, automatismo, accountability y emprendizaje) que la izquierda abrazó sin pedido de disculpas a la hora de separar modernización y subjetividad.

Y así, gradualmente comenzaron a obviar sus ruidosas ideologías, evitando términos pecaminosos (“pueblos”, “cambio social”, “clase social”, etc.) y se alejaron de sus procesiones para instaurar una “democracia sin gloria”. Bajo los “vocabularios de la automatización” resulta imposible persistir en un discurso de la imaginación plebeya, multitudes de sentido, ni que hablar de la insurrección imaginal que significó la revuelta derogante (2019). Por fin la ideología técno-productiva del “milagro chileno” (1981) edificó un campo semántico que pudo unificar múltiples discursividades (lo mediático, lo neoconservador, lo social, lo político) en torno a una definición individualista de los derechos, fracturando la imaginación política.

En suma, el pacto oligárquico-transicional (1990) nos arrastró a una “republica del centro-centro” que secuestró las “prácticas oposicionales”, esquilmando los antagonismos y las pasiones democráticas. Todo cedió ante una “ética del accountability” que agudizó la precarización de la creatividad. Luego vinieron los modelos de transición pactada con su épica del realismo –narrativa de la mesura- que asumió como valor político fundamental la cientificidad neoliberal de la economía de mercado, cultura del PIB, y que tuvo como pivote una “democracia elitaria”.

De tal suerte, los imaginarios de la resistencia del mundo popular, ni que hablar de lo alternativo, fueron confinados al testimonio, a las narrativas humanitarias, casi como “saberes vagabundos”. Fue la consumación de una política neoliberal centro-centro que perpetró una ecuación donde la teoría democrática se empapó del lenguaje empresarial de la gestión, perdiendo la capacidad de movilizar ritos y liturgias, limitándose a garantizar las condiciones socio-productivas (institucionales-judicativas de la acumulación) para el funcionamiento de una nueva soberanía post-estatal. La soberanía del capital, propia de un régimen de “acumulación flexible”, es parte de una mutación cultural centrada en las distribuciones oligárquicas que hoy vuelven a ficcionar un “progresismo liberal” que abre el espacio para un eventual “neoliberalismo constituyente”.

Ahora bien, más allá del famoso schock anti-estatal implementado por los ‘Chicago Boys’ (1976), lo anterior migró por la mano de una “oligarquía cortoplacista y de mitos portalianos” que activó una subjetividad suntuaria que activó sendos procesos de masificación populista en el campo de los servicios y los accesos de consumos.  

Todo indica que esta vieja narración transicional, la de Tironi, no ha desaparecido de las oligarquías académicas, pues aún es reclamada desde la intimidad de un mainstream –“expertos indiferentes” del PPTT- que han deslizado opiniones y pasiones peregrinas para que la Convención Constitucional restituya el nuevo institucionalismo. El proceso en desarrollo se mueve en clave de derechos ciudadanos, políticas del reconocimiento –identitarismo como oficina de partes- donde los tumultos de la revuelta tienden a ser exorcizados o confinados a un lugar secundario. Tal es el afán “juristocrático” que busca reponer con velocidad una teoría de la representación imputada por el movimiento octubrista de 2019. Ello se orienta a suturar las relaciones entre democracia y capital, evitando la promesa de una democracia expresiva.  

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