Crónica de un aborto en pandemia: en Chile las mujeres interrumpen su embarazo con o sin Covid

“Se levantó temprano, sin alarma, y puso bajo su lengua las pastillas Misotrol. Preparó su habitación para el sangramiento que vendría, tal como le habían explicado. Puso música, prendió una vela y se recostó a esperar”.


La última vez que dice haber estado con él discutieron violentamente. Hace tiempo él había comenzado a alucinar, pero ya no bajo los efectos de las drogas. Veía e imaginaba historias que nunca ocurrieron, como un supuesto romance entre uno de sus amigos y ella, pese a que nunca se conocieron.

Bajo la luz de la luna rompió toda su ropa para que no se pudiese ir. Ella cubría su cabeza con ambos brazos para contener parte de los manotazos que le lanzaba. Sabía que no tenía ni un peso y a esa hora no había locomoción. Estaban en la punta de un cerro en Viña del Mar. Los vecinos escuchaban gritos, pero en el barrio nadie se metía. Era la tónica.

Se conocieron en las calles del puerto. La vida nocturna, las drogas y el copete hicieron lo suyo. Se encargó de que evadiera todos sus problemas y con el tiempo la convenció de que solo él la podía querer, tan así, que terminó justificando las reiteradas llamadas telefónicas cuando no estaban juntos, el jackeo de sus redes sociales y de su teléfono. No era control, era preocupación y amor.

A mediados de marzo se respiraba un aire pandémico, extraño y estresante. Por lo mismo, pensó que era normal que se atrasara su menstruación. Felipe la seguía llamando, enviándole mensajes, chocolates, comida para su hija. A ella le daba pena no contestarle, aún quedaba un poquito de esperanza, quizás esta vez sí estaba arrepentido, cambiaría, sería distinto.

Pasaban los días y se empezó a preocupar. Estaba en una comuna en cuarentena así que pidió un permiso y fue a la farmacia más cercana a comprar un test de embarazo que marcó las dos rayas. Estaba embarazada. 

Pasó unos días pensando qué hacer sin contarle a nadie. No quería traer a un ser a este mundo donde ni siquiera ella tenía certezas. Estaba viviendo de allegada con su hija en la casa de un familiar, no estaba trabajando ni generando ingresos, había cuarentena, estábamos viviendo una pandemia, pero, sobre todo, no quería que alguien tuviese esa mierda de papá.

Habló con Felipe. Su mamá trabajaba en el área de salud y quizás podía conseguir algo. Él le dijo que si lo quería tener igual apañaba. Habló con una tía. La decisión estaba tomada. Abortaría.

Empezaron a conversar con amigas y a buscar en redes sociales pastillas, estaban escasas y las disponibles a un precio inalcanzable.

Buscando y buscando llegó a un grupo de amigas de Facebook. A diferencia de las otras personas a las que contactó aquí el dinero no era un freno. Había un mínimo, pero podía pagar lo que pudiese y juntando todas las chauchas pudo llegar a $65.000. A partir de ese momento supo que no estaba sola. La acompañarían en todo, pero había una sola condición: no podía incorporar a ningún hombre en el proceso, solo mujeres.

Le pidieron una ecotomografía para comprobar el periodo de gestación. Fue sola a un centro de salud, estaba nerviosa y cuando la hicieron entrar contestó con puros monosílabos.

– “Estás embarazada, ¡felicitaciones!, ¿no pudo venir el papá?, escucha los latidos, ahí se ve perfecto”, escuchaba a lo lejos.

Aguantó sus ganas de salir corriendo, recibió el examen y caminó lo más rápido que pudo. Con la carpeta apretada a su pecho y sin un destino lloró. Tenía 11 semanas, el tiempo también estaba en su contra.

Con la eco en mano fue citada a una calle santiaguina. Pidió un permiso de compras y se juntó con una mujer a la que llamó por un nombre que evidentemente era falso. Ella le pasó unas pastillas y le dio las indicaciones que debía seguir al pie de la letra. También le comprometió su apoyo, estaría disponible al teléfono y atenta para lo que necesitara.


Como no había tiempo lo hizo esa misma semana. Primero debía preparar su cuerpo, alimentarse bien, descansar, hidratarse y tomar una pastilla 24 horas antes que la ayudaría a prepararse para el desprendimiento.

Llegó el día. Pidió ayuda para que cuidaran de su hija. Se levantó temprano, sin alarma, y puso bajo su lengua las pastillas Misotrol. Preparó su habitación para el sangramiento que vendría, tal como le habían explicado. Puso música, prendió una vela y se recostó a esperar. A los minutos llegaron las puntadas en su abdomen y se puso a respirar, recordando los ejercicios que aprendió cuando parió a su hija. Se revolcaba en la cama en posición fetal, y la transpiración se mezclaba con las lágrimas que caían por su rostro.


Cada vez que iba al baño sentía que algo estaba por bajar. Antes de tirar la cadena metía su mano hasta el fondo, como si estuviese buscando una aguja en un pajar. Lo hizo varias veces hasta que lo sintió caer. Con la punta de sus dedos apretó algo chicloso y sacó la mano de un salto, como si se hubiese electrocutado. Tenía miedo, pero debía comprobar lo que creía que era. Respiró y mientras se entregaba palabras de aliento volvió a meter la mano y lo tomó con fuerza para que no se resbalara. Sentía sus palpitaciones agitadas en la garganta.

Alejó su rostro del brazo, giró su cabeza y comenzó a abrir lentamente su mano mientras miraba con uno de sus ojos que estaba entre cerrado. Su mano abierta pegaba pequeños saltos. Lo miró con ambos ojos y lo dejo caer. Se puso de pie, lavó sus manos, su rostro, y miró su reflejo en el espejo. “No era su momento ni su lugar”, pensaba. Bajó la tapa del baño, respiró profundamente y tiró la cadena.

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