lunes, julio 22, 2024

Crítica Literaria| Un sentimentalismo estándar

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Tierra de campeones. Santiago: Random House, 2023, 276 páginas.

Un insaciable deseo de triunfo y la constante frustración ante la derrota se consideran como parte esencial de lo que supuestamente es la identidad chilena. El tema de un pueblo con garra, pero mediocre y habituado a triunfos morales resulta ser el combustible principal de la reciente novela de Diego Zúñiga.

Tierra de campeones se basa en la historia de Raúl Choque, iquiqueño y figura central del Mundial de Caza Submarina realizado en la nortina ciudad en 1971. Raúl Choque es “Chungungo” Martínez en esta novela, mariscador de una caleta quien, a punta de esfuerzo, logró llegar a la cima. Tal como alguna vez ocurriera con sus ídolos del boxeo: Tani Loayza y Arturo Godoy.

La sencillez, la resiliencia del muchacho, sumadas a su tenacidad para sobrevivir se ofrecen como etapas de la formación de un héroe. Chungungo pasa de ser nadie a convertirse en el adalid de su precaria colectividad. 

El libro posee dos segmentos: uno dedicado a la niñez y los primeros años de juventud de Martínez y el segundo concentrado en su hazaña deportiva. En el primer nivel asistimos a un relato íntimo del personaje. Un chico abandonado por sus padres con un excepcional talento. Es capaz de sumergirse en el mar y aguantar el aliento como ningún otro pescador, sus pulmones son un prodigio que le traerá frutos inesperados.  La segunda sección del volumen se distancia del protagonista y nos lleva a su vida en el equipo de caza submarina. Así llegan las rutinas de entrenamiento, relaciones del equipo de deportistas y también los fracasos, triunfos, viajes y fama.

Es precisamente este segundo segmento el que el que termina por dominar la novela. Lo interesante es que funciona como una crónica deportiva, no solo en cuanto a la amplitud y riqueza del lenguaje periodístico, sino a la plasticidad de la prosa. El problema es que se produce una disociación demasiado fuerte entre ambos segmentos, los que poco logran dialogar.

Más aun, el Zúñiga-cronista se mueve con experticia respecto a su objeto, mientras que Zúñiga-novelista resulta inseguro en su modo de abordar al protagonista y en estructurar la narración.  La novela no supo o no pudo establecer un movimiento pendular entre ambos segmentos, derivando en dos partes demasiado autónomas, al extremo que, en la sección de crónica deportiva, Martínez pasa a ser prácticamente un personaje secundario.

El paisaje, reiterado desde hace más de un siglo en la literatura nortina, es uno de los aspectos fundamentales en esta historia. Una vez más, caletas empobrecidas, Iquique y sus otrora construcciones lujosas, las salitreras abandonadas, el desierto abismante y, por supuesto, la fibra de acero del hombre nortino. A esto hay que agregarle las huellas del horror de la dictadura representadas por los cuerpos de los detenidos desaparecidos. Esto último, expuesto como un guiño autoral salvífico, más que un hecho horroroso determinante para el destino del protagonista.  

Zúñiga, siguiendo un esquema un tanto básico, elabora una épica y un héroe al cual enfrenta a una cadena de pequeñas batallas hasta arribar al combate final. Su heroísmo, tal como sucede en los cuentos tradicionales, se vuelca a la comunidad a quien restituye su honra. Todo bajo una idealizada mirada donde todos los miembros de las caletas son un pan de dios y donde predomina la elevación de una varonía que funciona como la esencia del sempiterno iquiqueño luchador.

El entusiasmo por el territorio y su gente conduce al narrador a una suerte de exaltación desmesurada, algo así como un almidonado chovinismo iquiqueño que tiene su punto cúlmine en el siguiente segmento: “los espectadores comienzan a entonar el himno de Iquique. Se escucha fuerte: “Cantemos con el alma estremecida/ ¡Iquique, Iquique, Iquique!/ Eres el gran amor de nuestras vidas/ mi viejo y heroico Iquique”./Los viejos lloran, desconsolados. Rossi los enfoca, en primer plano, como si quisiera decirnos que ahí, en esa euforia, se esconde la historia íntima de una eterna derrota, el relato oculto de años y años de momentos en que alcanzar la gloria estuvo ahí, a sólo unos cuantos metros o segundos, el casi casi, el fin de una serie de triunfos morales”.

La derrota pareciera reafirmar la ligazón de los habitantes con su ciudad y su territorio, una derrota que recrudecerá con la llegada de la dictadura. Todo muy emocionante, pero desgraciadamente el libro se vuelca a un discurso identitario limitado a la heroicidad y el arraigo, lo cual provoca un adelgazamiento potente no solo de la historia personal de Martínez, sino de toda la novela, convertida en un homenaje tierno y piadoso, a la fuerza y el empuje de la ciudadanía.

Así las cosas, Tierra de campeones termina siendo solo una puesta en escena de un sentimentalismo estándar que no logra exprimir a su protagonista ni al espectacular mito que lo ronda. Zúñiga es un buen cronista, como lo demuestra en esta narración, la cual se merecía mayor ímpetu, resentimiento, dobleces y contrapuntos dramáticos que fortalecieran la trama; logrando con ello, escapar de una modulación literaria cómoda y poco arriesgada.

Patricia Espinosa
Patricia Espinosa
Patricia Espinosa, académica y crítica literaria.

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