Sábado, Mayo 18, 2024

Crítica Literaria|Más allá de la crónica policial

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Inostroza, Teodora. Faramalla. Valparaíso: Kindberg, 2023, 88 páginas.

El comercio sexual desde la perspectiva de una mujer tiene una corta historia en nuestra literatura, pero poco a poco han ido apareciendo ficciones como la que hoy abordo. Una mezcla de autobiografía, crónica y ficción sobre una joven trabajadora sexual, oficio desempeñado por la propia autora del volumen, constituye el centro de Faramalla de Teodora Inostroza.

Una novela que asume un punto de vista crítico sobre este oficio y sus condiciones materiales en la era del sexo virtual y el uso de redes sociales para captar clientela. Sin embargo, Faramalla se ubica en un espacio tradicional que poco a poco está perdiendo terreno: el comercio sexual callejero, mucho más riesgoso, también más barato y, por supuesto con menos estatus.

Inostroza nos presenta a una protagonista que recorre diversos tramos de su vida, sus afectos, sus necesidades, reflexiones y adscripción comunitaria. Porque Teodora o Teo, personaje central y narradora, es parte de un colectivo de trabajadoras sexuales que posee una discursividad de corte social y que opera a partir de la exigencia del reconocimiento de su oficio como parte del sistema de producción.

La comunidad es compartir y protegerse, así la narradora señala: “Las putas estamos ardiendo. Caminamos por encima del mundo con esa fuerza única de puta debajo del sol de vera­no, sacudiendo la grasa del cuerpo sin pudor. Pero lo único que sale para afuera es que estamos un poco asustadas, que crecimos en otra frecuencia, que queremos volver al útero”. El miedo revela su condición de mujeres violentadas cuyo mayor deseo es volver a una etapa tan primaria que las aleje de los peligros constantes.

Un aspecto relevante en esta y otras ficciones sobre protagonistas dedicadas al comercio sexual es eludir la violencia de sus clientes, sus proxenetas y la represión policial. La voz de estas mujeres se enfoca más bien en la violencia social que su oficio sufre, pero ignora la red de agresiones a las que están sometidos sus cuerpos de manera diaria. Y aquí hay un punto interesante, el eludir la violencia puede interpretarse como una desrealización de la materialidad o también como un deseo de responsabilizar a una estructura macrosocial más que individualidades.

Teodora es una joven que llega por necesidad económica al comercio sexual. Es relevante que en el libro no aparezca nunca el término prostituta y sí se use el término “puta”, claramente más violento. Un intento quizás de subrayar la construcción cultural de rechazo al oficio. El estigma que pesa sobre las trabajadoras sexuales y que funciona como el fundamento para el olvido de la sociedad y las leyes sobre su existencia, permite una falta de regulación que hace depender su existencia solo de las reglas de los mercados informales. El capitalismo salvaje se muestra en el comercio sexual sin ninguna careta.

La voz narrativa se enfoca en exponer no solo su estilo de vida, sino las de la cultura a la cual pertenece: “Supongo que es habitual que los clientes crean que pueden amarnos y a la vez tratarnos de tontas. Al final del día (o de la hora) les hacemos creer que de eso se trata pagar por esta experiencia. El punto es que ni soy tonta ni me ama, porque nadie ama a una puta. Somos un sucedáneo del amor […] El sucedáneo del sucedáneo”.  La sujeta subordinada tiene pocas herramientas para tener el control, por eso el manejo consciente del simulacro pasa a ser tan importante, la elaboración de una performance de placer/amor, acotada temporalmente, donde el cliente asume una posición de superioridad como parte del trato.

Cuando Inostroza se inserta en su historia familiar, su adolescencia con su mejor amiga, una chica trans, y cuando describe cómo es tener sexo pagado siguiendo cada una de las sensaciones de la protagonista, alcanza sus mejores momentos. As í ocurre cuando presenta a la protagonista en un encuentro con un exitoso cantante de trap. Un tipo joven, pero que ya ha aprendido las reglas del macho heterosexual con dinero. La narradora se encuentra disociada de la escena, lo cual exacerba su mirada escrutadora: “Verme desde adentro, desde su lengua pasar por to­dos mis dientes, es un golpe bajo, me hace sentir pequeña […]  Todas sus actitudes me dañan porque quiero estar tranquila y, por primera vez, siento deseos de estar en mi casa”.  Mientras su corazón late como “los bajos de un auto tuneado”, ella una vez más desea volver al refugio familiar, pese a todos los males que aquel entorno contiene. A continuación, dice: “Para compensar, muevo mi culo en círculos perfectos y, simultáneamente, contraigo los músculos de mi vagina. Suelto y vuelvo a contraer […] No pasan ni dos minutos y eyacula. Eyacula con un sonido animal, cae muerto encima de mi espalda. A mí me cae una lágrima que nadie ve gracias a la oscuridad que me acurruca”.  

Esa exclusiva lágrima representa el dolor que la sujeta experimenta y que la novela ha intentado escamotear, no exponer de manera tan literal. Y es en ese punto donde el libro permite la entrada a una humanización de la protagonista que desborda la coraza que ella misma ha debido construir. Esto no desdice lo anterior, sino que abre a la personaje hacia otra esfera, sacándola de la categoría del bien de consumo.

Faramalla es un volumen sobre el dolor inevitable y el ejercicio de un oficio condenado históricamente, expuesto desde un punto de vista femenino que deja lugar al desborde emocional y que con extremo cuidado y sutileza demuestra el miedo que la atrapa. Una novela de realismo social que permite la entrada a ese mundo invisible que existe más allá de la crónica policial.

Patricia Espinosa
Patricia Espinosa
Patricia Espinosa, académica y crítica literaria.

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