Cristián Warnken, el entrevistador de los fácticos

Era el intento de contar que los empresarios son más que personajes que velan por sus intereses y usan el dinero para influir (como lo hizo el mismo Sutil, a fines del 2019, quitándole un auspicio a CNN Chile por su línea editorial, cuestión que, claramente, Cristián no le preguntó. Esos son temas muy “mundanos” para él). Una forma de salir de una caricatura que, si uno escarba un poco en el mundo de las grandes finanzas, no es tan irreal, salvo por un detalle: creen que lo que están haciendo por el país. Están seguros de que su importancia es más gravitante que la de la política. Y lo peor es que eso es así, y es el gran problema de este intento de democracia en la que vivimos.

Cristián Warnken es un buen entrevistador, o conversador, para ser más exacto, como él mismo se llama. Sus charlas con personalidades de la cultura fueron durante años algo así como un oasis perdido al interior de unos años noventa en que el consumo excesivo se convertía en un estilo de vida, en una característica de lo que podríamos llamar el nuevo “sujeto chileno” que pululaba por los centros comerciales con rostro asombrado.

Era tal su misión en un país privatizado, que Warnken llegaba incluso a mostrarse distante del jugueteo comercial de los programas televisivos de la época, casi con algo de petulancia intelectual, tal vez sin quererlo. Porque, cabría agregar, lo que podríamos llamar “pueblo” estaba desmembrado y esparcido por esos centros comerciales ya mencionados.

Pero a Cristián nunca le interesó mucho el pueblo ni lo popular. Tal vez lo vio expuesto con alguna que otra genialidad de Nicanor Parra, como quien analiza una pieza de museo, de colección, sin tocar de cerca algo más palpable que las ideas que flotaban en su programa televisivo. Y es que los intelectuales no tienen mucho que hacer en las calles, lo que no es algo necesariamente malo, ya que a veces desde la distancia se pueden elaborar mejores tesis que con la cercanía que algunos políticos enarbolan como virtud.

Quizás esa misma distancia y esa conversación con fondo oscuro casi impoluto, fue lo que llamó la atención de Icare para llamarlo a conducir un ciclo de entrevistas con personajes elegidos con pinzas. A lo mejor su tono calmado y carente de alteración, motivó al gran empresariado para convocarlo a que encabezara esta estrategia comunicacional. Le sirve a este gremio no solo para vestirse con las ropas de la cultura, sino también para dominarla, tenerla encapsulada en su poder por unas semanas, para así adueñarse de “lo sensato”. O intentarlo, porque, digámoslo, esto no lo ve todo Chile.

Es cosa de detenerse en los invitados que han pasado y pasarán por la mesa de Cristián. Primero, y en un momento convulso en el que él mismo decía que se le habían derrumbado sus certezas, fue Jaime Mañalich, ministro de Salud, quien se sentó frente al conversador para visibilizar su “lado humano”.  La entrevista es buena, porque intenta entrar en el mundo de los técnicos gestores de este gobierno para así darles un poco de densidad literaria y filosófica; por lo que, al citar un par de libros y pensadores, Mañalich quedó ante esa élite, que disfruta o hace como que disfrutara de estas conversaciones, como una persona con más vida que sus declaraciones públicas.

Luego, Fue Juan Sutil, presidente de la CPC quien estuvo para mostrar su “otro lado”. Era el intento de contar que los empresarios son más que personajes que velan por sus intereses y usan el dinero para influir (como lo hizo el mismo Sutil, a fines del 2019, quitándole un auspicio a CNN Chile por su línea editorial, cuestión que, claramente, Cristián no le preguntó. Esos son temas muy “mundanos” para él). Una forma de salir de una caricatura que, si uno escarba un poco en el mundo de las grandes finanzas, no es tan irreal, salvo por un detalle: creen que lo que están haciendo por el país. Están seguros de que su importancia es más gravitante que la de la política. Y lo peor es que eso es así, y es el gran problema de este intento de democracia en la que vivimos.

Los otros invitados al estelar de Warnken en la web son el ya entrevistado Carlos Peña, tal vez de los pocos pensadores medianamente respetados y respetables que hablan de lo que se llama la educadamente la “modernización capitalista”, y Javiera Parada, quien, al parecer, es parte de ese “mundo progresista” que le agrada a ciertos personajes del poder fáctico en Chile, porque malentiende el “centrismo” con atender a los caprichos del extremo que financia el programa en cuestión.

Esta interesante iniciativa, como todo gesto del poder, intenta controlar el debate, poner entre ciertos márgenes qué es lo que debe debatirse de acá hacia el futuro. Todo con la excusa de salir del “clima de crispación” en el que se encontraría Chile, que no es más que la expresión de cosas que explotaron y que le resultan incontrolables a quienes de facto ejercen influencias que la ciudadanía jamás les ha dado.

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