Convención Constitucional: ¿Independientes de quién?

Foto: Agencia Uno

Al calor del oportunismo aparecerán las expresiones aparentemente despolitizadas, el “no soy de izquierda ni de derecha”, que favorecerá al statu quo y negará el conflicto de clase que quedó en evidencia incluso desde el voto. Es preciso hablar, entonces, de dirigencias sociales, sindicales y territoriales a la Convención Constitucional, no de independientes.


El avasallador triunfo del Apruebo y la Convención Constitucional en nuestro plebiscito nacional dio prontamente espacio a la discusión sobre el quiénes deberían representarnos en la elaboración de una nueva Constitución. Una discusión necesaria, pero que debido a sus urgencias y formas corre serios riesgos de, a pretexto de la necesaria crítica, cristalizar formas despolitizadas y personalistas que terminen por suplantar lo colectivo.

Lo primero es despejar algo esencial: el proceso constituyente que estamos viviendo no comenzó con el plebiscito, comenzó con la movilización social cuya ofensiva desde el 18 de octubre del pasado año se ha mantenido en el tiempo tomando diversas formas, pese al contexto de pandemia. Lo que votamos cristalizó algo que ya estaba en las calles: la impugnación al modelo político y económico imperante. Ello es relevante debido a que lo constituyente en sí no es la sumatoria de etapas diferenciadas, sino que es un proceso vivo, es un “siendo” y no un “ser”: está en constante movimiento, en constante disputa. En él se confunden sus protagonistas con el método: son los pueblos movilizados quienes ejecutan el poder constituyente, y a la vez sus formas organizativas las maneras en que este se lleva a cabo.

Así, antes de centrar lo importante en la identificación particular de quiénes nos representarán en la Convención Constitucional, lo primero es asegurar las formas participativas de esos mismos pueblos: es preciso determinar cómo las asambleas y cabildos territoriales tendrán incidencia en dicho espacio, cómo podrán aportar los movimientos sociales y organizaciones sindicales en temáticas por las cuales llevan años trabajando y luchando, cómo se establecerán audiencias populares, cómo se vincularán les representantes a sus distritos, etcétera.

A su vez, dar agencia social frente a los disensos: si no se alcanzan ⅔ en determinadas materias, que sea la sociedad en su conjunto quienes los zanjen mediante un plebiscito intermedio, sin delegar a un deslegitimado Congreso el definir algo que los pueblos han reclamado para sí. Sin mecanismos radicalmente democratizadores, el proceso -en tanto siendo y no ser- correrá siempre el riesgo de terminar siendo cooptado bajo la figura de 155 representantes, con independencia de quienes ocupen cada escaño.

Luego, asumiendo la necesidad -por cierto- de la discusión de contenidos, es ineludible configurar la discusión situada en torno al quiénes. Compartimos en absoluto que la Convención Constitucional no puede ser un reflejo de la institucionalidad actual. Pero en ello, es un error referir la crítica sólo a partidos políticos. Hablamos de la imperiosa necesidad de evitar la reproducción de sesgos de clase, esa que nos hará tener allí a quienes pertenecen a la élite del país, a quienes tuvieron acceso a los exclusivos modelos educativos pagados, a quienes tienen mayor figuración mediática sólo por lo anterior, y, por supuesto, a quienes son viva expresión del vínculo entre el empresariado y la política. Crítica extensiva, por cierto, también a los sectores transformadores: renunciar a ocupar el privilegio es también un acto político.

Por otro lado, es preciso desmitificar que la “independencia” sea un valor per se. Lo que necesitamos, lejos de aquello, son personas que representen movimientos territoriales, organizaciones sociales y sindicales, asambleas o cabildos. Que hayan nacido al calor del debate constituyente o -por sobre todo- lleven en sus hombros la experiencia de esas luchas relegadas e invisibilizadas que estemos estén hoy en la Convención. Es decir, liderazgos que sean representativos de proyectos e ideas colectivas, no meras individualidades al servicio de sí mismas; y que no reproduzcan las prácticas patriarcales y autoritarias que aún perviven en los territorios y organizaciones, pues la lucha emancipatoria también se encuentra en dichos espacios que habitamos.

Entendemos el predominio de la idea de “independencia” como un opuesto a la militancia en partidos políticos. Pero la independencia que requerimos está lejos de ser exclusivamente aquello. El problema no son per se los partidos en tanto formas organizativas, el problema es situado, es decir, cuáles son esos partido, y el rol que han ocupado en torno a la mantención y profundización del sistema neoliberal actual. Eso de la mano siempre de la necesaria autocrítica sobre lo que compete a las nuevas fuerzas transformadoras, que nunca debe estar ausente.

Por lo mismo, es preciso combatir aquellas expresiones que resaltan per se la “independencia” sin más, más aún cuando toman revestimientos de lo no-político. Necesitamos, precisamente, más política. Política popular, política barrial, política territorial. Porque al calor del oportunismo aparecerán las figuraciones que, por medio del discurso de la anti-política, nos harán creer que son expresión de un Chile nuevo, uno cansado de “los políticos”, buscando instalarse, precisamente, como futura casta política.

Porque al calor del oportunismo aparecerán las expresiones aparentemente despolitizadas, el “no soy de izquierda ni de derecha”, que favorecerá al statu quo y negará el conflicto de clase que quedó en evidencia incluso desde el voto. Es preciso hablar, entonces, de dirigencias sociales, sindicales y territoriales a la Convención Constitucional, no de independientes.

Porque en este proceso constituyente, en este “siendo”, las correlaciones de fuerzas como elemento a considerar son algo ineludible. Mientras mayor capacidad organizativa y de lucha tengan los pueblos organizados, más difícil será la labor para los defensores del statu quo, quienes siempre buscarán moldear y contener la fuerza creadora y disruptiva del movimiento constituyente. Necesitamos más calle y más representación social. Para ello es vital el quiénes: el deber será potenciar siempre proyectos colectivos y revolucionarios, no aventuras individuales y despolitizadas.


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