Contra el “buenismo” de la Revuelta

La revuelta nos invita a desprendernos de la fórmula con la que la desesperación pastoral siempre impulsa a “condenar la violencia” para pasar a abrazar la “destitución de la revuelta”. Porque los pastores siempre condenan moralmente la violencia en los “otros”  presuponiendo que ellos son “puros” y completamente exentos de violencia: ellos quieren que condenemos la violencia contra una Iglesia mientras el asesinato –otro más- de un joven poblador queda completamente silenciado.


Se nos ha exigido “condenar la violencia” e interpretar todo lo que experimentamos a partir de ese significante, invisibilizando así la intensidad del proceso de sublevación chileno que, con Coronavirus mediante, nos ha atravesado durante un año sin señales de apaciguamiento. Ha sido la revuelta la que abrió las condiciones para una Nueva Constitución. No la simple “violencia”, la “violencia” a secas. Las sospechas circulan por todos los bandos.

Sospechas sobre los “infiltrados”, acerca que justo la policía no estaba en ese momento dejando la Iglesia para los pirómanos que la quemarían; sospechas van vienen permanecen trazan los contornos acerca de qué bando sería más “puro”, más “pacífico” y presuponiendo que el pueblo –esa intensidad irredenta que se abre a carcajadas por la historia del país- necesariamente debería ser “pacífico” y posicionarse “contra la violencia” –como si “la” (única, exclusiva, a secas) violencia existiera. Si algo nos enseñó la revuelta de Octubre que aún vive es que su acción no está para fundar ni para conservar algún orden político, sino para destituirlo completamente. Antes que el torbellino pastoral que nos lanza hacia la guerra que decide qué bando sería más pacífico, deberíamos destituir nuestros propios prejuicios democráticos, nuestras mismas nociones acerca de lo político, nuestras propias “abstracciones” que prevalecen acerca de la violencia.

Si la revuelta de Octubre no ha sido otra cosa que pensamiento es precisamente porque ella nos abrió hacia una política experiencial que nos lanzó fuera de nuestros lugares habituales a los que la larga transición nos había acostumbrado por demasiado tiempo. Solo cuando nuestras convicciones se ponen en cuestión irrumpe el pensamiento. La revuelta no fue más que dicha irrupción que destituyó los clichés acerca de la “violencia” en la medida que desnudó al Rey y mostró el carácter estructural de una violencia soberana que silenciosa, capilar pero decisivamente, ha operado con modulaciones variables, muy eficazmente el golpe de Estado de 1973.

La revuelta nos invita a desprendernos de la fórmula con la que la desesperación pastoral siempre impulsa a “condenar la violencia” para pasar a abrazar la “destitución de la revuelta”. Porque los pastores siempre condenan moralmente la violencia en los “otros”  presuponiendo que ellos son “puros” y completamente exentos de violencia: ellos quieren que condenemos la violencia contra una Iglesia mientras el asesinato –otro más- de un joven poblador queda completamente silenciado. Y Rozas sigue al mando de la institución criminal de la policía, y el Ministerio le presta ropa y la coalición gobernante le ofrece respaldo. 

Ahora bien, ¿qué designa la destitución de la revuelta, su “violencia” si se quiere? Ante todo, asumir algo delicado que se contrapone con las demasiado bien intencionadas “sospechas” que proliferan en las redes sociales acerca de la quema de Iglesias: que ninguna revuelta es “pura” porque desafía al dispositivo mismo que tiende a la “purificación” de la vida social: el sacrificio. La revuelta destituye a la maquinaria sacrificial dejándola inoperante. La revuelta no es “pura” porque lleva consigo elementos de la misma sociedad burguesa que impugna y que, sin embargo, posibilita otros usos, imagina otros modos de hacer las cosas. No es “pura” sino “mundana” atravesada de intersecciones populares muchas veces contradictorias, abyectas, pero que son capaces de desbaratar cualquier tipo de moralina, de “identitarismo” que pase por el rasero de la máquina sacrificial que la higieniza de sus contornos más inquietantes. Por eso, el discurso del poder dice de ella que es “caótica” calificándola de “infantil”. Su “impureza” o “mundanidad” hacen de ella la marca más eficaz contra la maquinaria sacrificial como ha sido la Constitución de 1980.

¿Por qué no reconocer que, sin perjuicio de que hayan habido “infiltrados” (que los hay sin duda), la revuelta efectivamente actualiza una violencia de tipo destituyente que no puede ser canalizada o capitalizada por alguna de las formas de la política institucional? Por años la izquierda ha pagado caro el pretender “purificar” el momento insurreccional al reducirlo exclusivamente hacia el campo electoral.

Pero toda “purificación” termina en Colonia Dignidad: ¿acaso no era esa una sociedad que se pretendía “pura”, que separaba a los cuerpos de sus potencias, a las vidas de sus imágenes? ¿Acaso no fue ese el proyecto constitucional de Guzmán, hacer de Chile una sociedad “pura”, “perfecta”, sin mácula “comunista” alguna? ¿No fue eso una “violencia” sobre todo cuando el término “comunista” significó todo lo que se oponía al neoliberalismo   imperante?

Habrán infiltrados, sin duda.  Habrá narcos también. Pero infiltrados y narcos son parte del torbellino histórico impulsado por la imaginación popular que deviene incontrolable y que visibiliza de manera más extrema la totalidad de las abyecciones de la sociedad. Se culpa a la revuelta de que tiene narcos: ¿acaso no existían antes del 18 de Octubre? Como dijera el egiptólogo Furio Jesi en su Spartakus, la revuelta no es la superación de la sociedad burguesa, sino justamente su “exasperación”, el momento límite en el que todo su tiempo histórico experimenta una suspensión radical. En cuanto tal, la confusión abunda, los actores se indistinguen, pero la multitud configura nuevos modos afectivos (el “odio” sustituye al “miedo”), da lugar a otros procesos (la destitución de la maquinaria sacrificial de la Constitución) y explora diferentes modos de organización (cabildos, asambleas populares, ollas comunes), desafiando así, los hábitos instituidos por las prácticas neoliberales.

La revuelta deviene siempre la an-arquía del comienzo en la que emerge la monstruosidad de lo viviente. La destitución se multiplica en el saqueo, el incendio, las barricadas, pero también en los disfraces, los cantos, los grafitis, la organización contingente cada día contra las fuerzas policiales, entre tantas otras. El baile no se escinde de una barricada, sino que se desenvuelven como dos modos de una misma vida activa. 

Quien diga que la revuelta no desencadena “violencia” no sabe de qué habla. Pero quien vuelva equivalente ese tipo de violencia con aquella propiamente soberana que ejerce el Estado y el Capital, tampoco. Es necesario una analítica de las formas de violencia que el discurso del orden carece porque solo ve la violencia en el “otro” y nunca en sí mismo, siempre él presupone estar en la posición del “bien” cuando justamente, la violencia insurreccional suspende y, por tanto, ejerce una genealogía práctica acerca de los términos que, hasta aquí, han sido considerados bien y mal.

Todo deviene incertidumbre, sin duda, y todo se va a pérdida (el trabajador pauperizado, los ojos de los mutilados, la vida de los asesinados), pero la revuelta es nada más que gasto. La singularidad de su violencia es destitución, gesto por el que se abre un nuevo tiempo histórico. Por eso, desafía a la violencia soberana, porque precisamente no es dicha violencia por más que cierta intelectualidad pretenda confundirla con ella. La destitución va más allá de cualquier moral y, por tanto, de cualquier cálculo económico. La destitución destituye al “juicio” soberano y su potencial de muerte. Moralistas y economistas se unen contra ella porque pertenecen a la misma familia pastoral.

Asumir que la revuelta trae consigo un tipo de violencia significa contemplarla en su devenir concreto, puesto que ella remite a la constitutiva relación de lucha de clases que ha tenido lugar aquí. Y ningún “buenismo” moralizante podrá contra eso mientras asesinan o mutilan a la multitud. Desprenderse de la discusión sobre la violencia implica aferrar lo único que nos ha mantenido vivos hasta la fecha: la revuelta de Octubre. La que abrió el proceso en el que estamos. La que aún no lo suelta por ningún motivo.

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