Con Jadue no alcanza para enfrentar a Lavín

Foto: Agencia Uno

La izquierda no puede rechazar la política partidaria para únicamente embobarse con aquella que se expresa  en las marchas y en las expresiones de descontento. Tiene que poder unirlas, lograr relegitimar la representación de una buena vez, más aún ahora, que gracias al plebiscito se puede comenzar a entender un poco en Chile del 2020.                    


Ahora que el plebiscito de entrada terminó y el Apruebo ganó, parece relevante  preguntarse por las opciones dentro de esta alternativa ganadora; es decir, es de suma importancia cuestionarse y examinar las visiones acerca de lo que viene.

Una de estas alternativas la encarna Lavín, quien ha sido capaz de mezclar su posible candidatura presidencial y el proceso que comenzó el domingo 25 de octubre. El alcalde de Las Condes dice querer todo, que es lo mismo que no querer nada. Su mirada del futuro pretende hacer de Chile un país “unido” por un gran acuerdo nacional de gobernabilidad en el que no existan las derechas e izquierdas entendidas como tales. Según dice, hoy es eso lo que nos tiene en la situación actual.

Por más que suene una idea “bonita” para quienes creen que el problema es el antagonismo ideológico, lo cierto es que este siempre existirá y está bien que así sea. Siempre habrá fuerzas en disputa en torno al futuro de una sociedad y a cómo pensarla. Habrá reaccionarios y progresistas; quienes quieren cambios y los que creen que estos deben hacerse en un marco en el que finalmente no cambie nada. Y evitar hacer visible ese eterno enfrentamiento es querer que los conflictos no existan, que sean tapados por un lindo discurso de una unidad imposible.

Ad portas de un año electoral, es sumamente interesante ver esto, analizarlo, tener claro que lo que viene no puede ir de la mano de la castración de las ideologías y sus fundamentos. La negación de la batalla ideológica es la forma en que una mirada aplasta a la otra diciendo que no es una ideología, atribuyéndose la representación de la realidad. Por lo que vale la pena estar atento ante estos discursos.

Pero también es importante prestar atención a otro relato del Apruebo, uno que es más bien testimonial, que prefiere quedarse mirando lo que “el pueblo” decida.  Y ese no es solo encabezado por Pamela Jiles y su despliegue comunicacional, sino también por Daniel Jadue, quien se ha convertido en el líder de una izquierda que busca la pureza y no solo impugna el pasado, sino que también lo que huela a una idea “sucia” del futuro.

Repetir el comentario sobre la buena gestión de Jadue en Recoleta no solo ya es un lugar común,  también pareciera que lo libera de cualquier otro tipo de acción política. Es quien quizás más posibilidades tiene en la izquierda precisamente por eso, porque prefirió ser aplaudido en la calle que conducir algo en el último año; porque quiso esperar, mirar desde afuera y luego salir a celebrar un triunfo electoral producto de un acuerdo político que condenó para no mancharse. Y lo cierto es que para lograr cosas, hay que ensuciarse aunque sea un poco; con esto no me refiero a cometer ilícitos, sino a negociar, a empujar ideas, tratar de construir otros terrenos distintos al que hemos habitado por años precisamente por la falta de política y el exceso de poder del capital.

¿Cuál de estos dos Apruebo es el más conveniente? Bueno, para una persona de izquierda, como yo creo ser, claramente el del militante comunista tiene toda la épica perdida por ese sector hace bastante tiempo; pero eso no quiere decir que la materialización de esta. ¿Por qué? Porque alrededor de su candidatura parece haber mucho deseo de que las cosas sean naturales y que los acuerdos con otras fuerzas de oposición sean gracias a la atracción que puede despertar en el progresismo su figura y no por un trabajo político de por medio. Y ese es el problema: la izquierda no puede rechazar la política partidaria para únicamente embobarse con aquella que se expresa  en las marchas y en las expresiones de descontento. Tiene que poder unirlas, lograr relegitimar la representación de una buena vez, más aún ahora, que gracias al plebiscito se puede comenzar a entender un poco en Chile del 2020.

Pero lamentablemente no se ve nada de eso. No se ven intentos. Solo se observa a fuerzas políticas temerosas, con ganas de no entrometerse en ninguna decisión, sin ninguna iniciativa real que trate de interpretar o al menos hacer como que interpreta esa masa que está ahí y que, a pesar de que la Constitución de Pinochet y Guzmán fue derrotada, sigue enojada, con una rabia explicable, pero que si se la sigue idealizando jamás se podrá encauzar detrás de un nuevo imaginario progresista.

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