Como esperando Abril: estéticas tragicómicas y des-constitucionalización del neoliberalismo

Luego del plebiscito de Octubre el congreso comenzó a aceitar una infernal máquina electoral en pleno proceso (des)constituyente del neoliberalismo. Y así, los curules aún se resisten a entender la mutación histórica, la ausencia de certidumbres socio-epistémicas, y están librados a redituar viejas prácticas clientelares, para instalar y administrar sus castas bajo el artilugio de la no inscripción partidaria como test de la pureza para un mundo de “asambleístas independientes”.


Estamos bajo el “teatro de la impotencia”, nuestras palabras no tienen eco, los partidos no toman nota del “Chile profundo”. Luego del plebiscito de Octubre el congreso comenzó a aceitar una infernal máquina electoral en pleno proceso (des)constituyente del neoliberalismo. Y así, los curules aún se resisten a entender la mutación histórica, la ausencia de certidumbres socio-epistémicas, y están librados a redituar viejas prácticas clientelares, para instalar y administrar sus castas bajo el artilugio de la no inscripción partidaria como test de la pureza para un mundo de “asambleístas independientes”. No se trata de buenas o malas intenciones, sino de una racionalidad política que, como una “ola negra”, no cesa de reproducir la moribunda cultura partidaria del siglo XX.

Por su parte nuestra élite -sin horizontes cognitivos- solo está en condiciones de transversalizar la conflictividad al interior del polo institucional y agrava un feroz déficit etnográfico -político- a la hora de comprender la insurgencia que tiene lugar en Plaza Dignidad. Cómo reconectar política y vida cotidiana cuando es el propio sistema político el que ha horadado toda forma de mediación entre ambas esferas. Todo ello en un momento de radical facticidad donde la revuelta ha obrado como un scanner de la “descomposición institucional”. En suma, estamos en presencia de un movimiento aporofóbico (rechazo a la pobreza) que busca invisibilizar el campo popular ofreciendo un relato normalizador a nombre de la orientación normativa que reclama una liturgia post-transicional, especialmente para los grupos medios populares.

Los teóricos de la modernización trizada, sobre todo aquel sociólogo que hace las veces de publicista del PNUD persiste en la teoría del malestar,  no acusa recibo de la dispersión de demandas antagónicas y todo se reduce al término “anomia”. Se trata del nuevo Partido Neoliberal. Una vez que la potencia de calle desbarató la legitimidad de la desigualdad modernizante se ha quebrado la hegemonía y la distinción entre campo popular y esferas elitarias ya no goza de aprobación ciudadana. Solo ello explica el cuestionamiento popular al anonimato clasista de Briones en pleno centro de Santiago. He aquí un desplazamiento en la mitología del “Chile de huachos”. Dicho en su forma menos matizada: la ciudadanía dejó de legitimar la desigualdad naturalizada.  El lugar de la crítica pasa por la des-mitologización.

Lo que está en juego es una nueva “constitucionalización del neoliberalismo” que viene a neutralizar la fuerza de los antagonismos y a reconstituir una terapia del orden. Hoy nuestros barones pretenden cultivar la facticidad del espectáculo (solidaridad), y con ello ofrecen una racionalidad esperanzadora (homogenizante) que sin embargo viene a socavar la revuelta (18/0) con su derrame derogante. Con todo el 10% que promueven con fervor los partidos de la llamada “oposición”, y que destacan como una sensibilidad social con el estado de miseria, incluyendo la posibilidad de un tercer retiro de AFP (Marzo/Abril), podría ser el comodín mediante el cual pueden reproducir un sistema de dadivas. Todo esto tiene su génesis en el “golpe parlamentario del 15 de noviembre” como un modo de codificar las cogniciones rebeldes donde la potencia del movimiento no se deja reducir a los conceptos y a las tecnologías del poder. De este modo la social democracia deviene en una nueva oligarquía reformista que busca ficcionar un nuevo pacto social administrando los vejámenes de la capa media, como grupo autoral de mercados liberalizados. 

Pero se trata de la administración de un imaginario viscoso que busca anudar actores cómicos y representar un relato de biodiversidad, y no porque el progresismo lo sea en sus prácticas internas, sino porque esa es la impostura que los Barones más conspicuos de la trama post-concertacionista buscan suturar. El Partido neoliberal promueve una cromática de inclusión ciudadana que estará plagada de bufones. La asamblea constituyente estará marcada por personajes bufonescos, no será tragedia, sino comedia. Una ficcion de apertura y polisemia hacia los grupos medios que supone la restitución después de 30 años de la exclusión de un sistema de partidos sin capacidad de neutralizar antagonismos. Pero al final del camino el gatopardismo que denunció Moulian ahora se consuma plenamente con un “Neoliberalismo constituyente” que podría sancionar la modernización instaurada desde 1981.

En suma, los matinales con sus actores, modelos y políticos jubilados (¿Schaulsohn o Vidal?) dan cuenta de la  consumación del travestismo visual. Benito Baranda y el populismo progre-tragicómico de Pamela Jiles que se abre espacio desde el campo social y fiscaliza a Piñera como un catalizador de la destitución; el control del relato visual desde el significante “estallido”; el uso de la vida cotidiana a nombre de la digitalización; los programas políticos y todo el tsunami propagandístico de los lenguajes corporativos pueden ser administrados por el movimiento instituyente-codificador tan esperado por la clase política, las oligarquías del orden (Peña, Guell, et al) y por elites sin retrato de futuro. Se trata de controlar el imaginario de la revuelta, aplacar su potencia igualitaria y eticista y, porque no, sus desgarbos, reponiendo los desgastados mitos del orden.

El movimiento derogante es una hebra fundamental por cuanto libera a la democracia de los lenguajes empresariales de la excelencia managerial al copar el debate con la irrupción de demandas populares. Ello también devela la vocación publicitaria del PNUD y el uso modernizante de sus mentores -con la notable excepción de Norbert Lechner- de la degastada noción de malestar. Y es que los empleados  cognitivos de la elite siempre vistieron de alta tecnocracia la modernización pinochetista. 

En un plano prosaico el anunció mediático del “partido neoliberal” comenzó de modo muy pueril hace algunas semanas. Santiago Pavlovic levantó uno de los relatos del orden más impúdicos sobre la revuelta (18/0) homologando vandalismo y violencia popular. Mediante una editorial bizarra separó los sucesos de violencia de una extensa cadena de desigualad, aislando al sujeto popular, y volviendo a restituir una mutilada capa media que, por estos tiempos, ha desafiado al dominio oligárquico. Tal  reportaje, en lo esencial, resguardaba con visos “progres” los intereses del 1% más rico de la ciudadanía y tuvo como objetivo un mensaje de clases. En el fondo Pavlovic fue el peón encargado de manifestar el desprecio elitario de las corporaciones contra el holgado triunfo del 25 de Octubre.

Nuevamente la modernización aporofóbica utiliza todas sus redes, sus infernales termitas corporativas para restituir las terapias de un orden conducente a una “segunda modernización”.  Nuevamente el movimiento destituyente es el único lugar ético-político que puede neutralizar la embestida de los halcones de la modernización y mantener en vilo el cuestionamiento a la racionalidad abusiva de las instituciones. “Que siga el movimiento constituyente, pero que no cese el proceso derogante” En esta fricción viva se juega la ruptura democrática de Abril. La derogación, no cesa, al menos hasta ahora, ante la prepotencia  de los discursos de la real politik. 

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