Chile y la vigencia del feminismo humanitario

Fue en marzo de 1978 que se conmemoró el primer Día Internacional de la Mujer en Chile y las imágenes que dejó la represión en contra de las manifestantes fueron portada de medios internacionales. A pocos meses de su instauración por la Asamblea General de Naciones Unidas,  Santiago y Concepción fueron testigos de la valentía de un pequeño grupo de familiares de detenidos desaparecidos. Todas mujeres.

Allí se exigió justicia contra las atrocidades que el mismo régimen negaba e invocaron su derecho a la verdad. Madres, esposas, hermanas e hijas lideradas por Sola Sierra denunciaron que no solo eran víctimas de la violencia de la ‘política de shock’ que vulneraba sus prerrogativas económicas, sociales y culturales; sino también sus derechos civiles y políticos. No solo eran ‘la esclava del esclavo desaparecido’, sino que su dignidad era pulverizada por la negación y apología a la criminalidad de lesa humanidad que había destruido a sus familias.

Cuarenta años más tarde, y en plena represión contra el estallido —entre los centenares de mujeres víctimas de mutilación ocular, tortura y violencia sexual por agentes del Estado— el caso de Fabiola Campillai nos evoca el horror de acciones deleznables. Víctima de una mutilación ocular que la dejó ciega y con un daño equivalente al de un crimen de guerra, son pocos  los que afirman que ella podría hacer responsable al Estado de un crimen de lesa humanidad y no de un mero exceso de fuerza policial caratulado en un expediente judicial como un crimen culposo. Más, ella —con la misma valentía de Sola Sierra—ha seguido su actividad política de entrañable solidaridad feminista comunitaria. 

Y la de ella no es la única expresión de esa regresividad en el respeto a los derechos humanos de las mujeres que estamos padeciendo desde hace un trienio.

La violencia en contra de las niñas y de las mujeres adultas afecta desde las más pobres hasta las de la elite. No hablamos solo de la tortura y de las mutilaciones. Hay actos políticos, hitos que marcan no un desaire, sino un significativo desprecio a la condición, a la investidura política. El más reciente, aquel en contra de la Presidenta del Senado, Adriana Muñoz. Pero, también otros. La persecución, por ejemplo, velada en contra de la Defensora de la Niñez; y, de otras mujeres que ejercen liderazgo opositor, como el caso de la contraviolencia cultural de Las Tesis. Fenómeno global de defensa de los derechos humanos de las mujeres en contra de varias transversalidades y vulnerabilidades que padecemos en el mundo.

Este 8 M debemos pensar que Sola Sierra nos ha dejado un legado, pero que Fabiola Campillai y otras mujeres como ella, necesitan una defensa mancomunada y todos los feminismos de centroizquierda debieran contribuir.

Se trata de la protección de una condición natural, aquella que Simone Weil —filósofa francesa— defendió: la de la sacralidad de la libertad de la mujer, la sacralidad de su dignidad y de su cuerpo.

Hoy día estamos en una coyuntura especial.

Hoy tenemos que defendernos en contra de totalitarismos encubiertos, del liberalismo y de ciertas regresiones marxistas que niegan nuestras libertades fundamentales. 

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