Chile Mapocho Acuña: El chileno que sabía demasiado

Esta es la historia de un joven inmigrante que llegó en busca de aventuras a Nueva York. Después de dilapidar el dinero que llevaba, se empleó primero en restaurantes y luego, fue informante de una red de corrupción policiaca que se dedicaba al chantaje de mujeres. Por miedo, contó todo lo que sabía y esa mafia, que integraban policías, fiscales, abogados y jueces, cayó como castillo de naipes.


“Lea el intenso drama de las mujeres que fueron vendidas y tuvieron que comprarse a sí mismas a la policía”, decía un anuncio destacado en la edición del 24 de septiembre de 1931 del New Evening Post de Nueva York. Con esta llamativa publicidad, se lanzó al mercado editorial el libro Women for Sale, cuyo autor fue un chileno de curioso nombre, Chile Mapocho Acuña.

Al parecer, la publicación tuvo bastante éxito porque ese mismo mes se presentó otra edición para responder a la demanda de los lectores que querían comprar ese pequeño libro de tapas duras que costaba dos dólares de la época. El interés por este título no era literario, sino más bien respondía a la curiosidad por conocer la versión de ese hombre bajito, de mirada triste y grandes orejas que no dejó piedra sobre piedra en la llamada Brigada contra el Vicio de la Policía de Nueva York.

El rostro del chileno se hizo conocido en la prensa de la ciudad de los rascacielos en noviembre de 1930, cuando se atrevió a ser testigo en un juicio donde declaró que había participado en una red de corrupción que sobornó a autoridades y sobre todo chantajeó a prostitutas y a mujeres inocentes. Acusó a policías, fiscales, abogados y jueces, entre otros, de inculparlas, detenerlas y chantajearlas y a las que no podían pagar, enviarlas a un reformatorio.

Obviamente, la noticia causó el interés y la indignación de los habitantes de Nueva York quienes se mantuvieron al tanto por medio de la prensa y exigieron justicia. Entendible ya que los hechos eran indignantes y sumado a ello, contenían todos los ingredientes de una película de la mafia de la época: extorsión, corrupción, desaparición de testigos, prostitución, entre otros delitos.

Este drama estuvo ambientado en los años de “La Prohibición” (1920-1933), época en que en algunos estados era ilegal el alcohol y Nueva York era un foco de vicios, entre ellos, la prostitución. Para combatirla estaba la Brigada contra el vicio de la policía de la ciudad, que para hacer su trabajo se infiltraba en los burdeles, pero muchos de sus miembros se involucraron más allá de lo conveniente y se corrompieron.

“Los policías corruptos dependían en gran medida de los informantes y cuando la depresión económica se hacía cada vez más profunda, la ayuda barata era fácil de encontrar. Los soplones eran, en su mayoría, delincuentes y que por un precio módico les decían a los policías dónde podrían arrestar gente. Si no había un hecho delictual, buscaban una persona inocente y le inventaban un delito por el que pudiera ser llevada a prisión”, recuerda el programa Cómo el sexo cambio al mundo, del canal de televisión History Channel, que recordó esos sucesos.

El trabajo del soplón también era participar como señuelo en el hecho delictivo y luego, avisar a los policías para arrestar a quienes habían caído en la trampa. El escenario más común era dirigirse a un burdel y pagar los servicios con dinero marcado, billetes que eran usados como prueba del delito de prostitución. Cuando no había datos reales, los inventaban acusando a jóvenes inocentes a quienes les “plantaban” el dinero marcado para sindicarlas como prostitutas.

Para librarse de esa acusación tan vergonzosa para la época, les ofrecían una salida: que pagaran al policía, al abogado o al juez sumas exorbitantes para ellas y sus familias y luego, que siguieran pagando para borrar sus antecedentes manchados. Las que no podían hacerlo, se iban directamente al reformatorio de Bedford, conocido por acoger a estas “descarriadas”. Para la acusación de prostitución no se necesitaban más que el testimonio de un supuesto cliente, “ya que a las mujeres se les creía menos, sobre todo si eran solteras”, asegura ese mismo programa de televisión.

Ese tinglado armado por policías corruptos cayó estrepitosamente cuando la llamada Comisión Seabury, encabezada por el fiscal Samuel Seabury comenzó a investigar la corrupción en varios estamentos estatales y políticos, entre ellos la policía y la Brigada contra el Vicio. El energético fiscal y su equipo llamaron a cientos de testigos a declarar, muchos de los cuales no acudieron porque desaparecieron misteriosamente antes de que abrieran la boca. El que sí llegó fue el chileno Chile Mapocho Acuña.

Acuña tenía una memoria privilegiada y en el estrado cantó como un jilguero ante el estupor de los policías con los cuales había trabajado. Recordó cada una de las veces que lo utilizaron como soplón, los casos donde se hicieron arrestos a verdaderas prostitutas y las no pocas en que se incriminó a mujeres respetables. Con ello, 28 policías cayeron en desgracia y fueron separados de sus funciones. Luego, vendrían una de las depuraciones más profundas que ha tenido la institución neoyorkina en su historia. Gracias a su declaración, medio centenar de mujeres que habían sido enviadas injustamente al reformatorio, pudieron salir en libertad. 

En los días en que se efectuó la investigación y se concretó el testimonio de Chile Mapocho Acuña, los habitantes de Nueva York y de Estados Unidos completo, se devoraban esta historia recogida en las portadas de los principales medios de comunicación. Como se hizo conocido, el joven chileno temió por su vida. Por lo mismo, le asignaron tres guardias diarios, uno cada ocho horas, para evitar que lo silenciaran para siempre.

Chileno en la Gran Manzana

Chile Mapocho Acuña, quien nació en 1899, llegó a Nueva York a mediados de los años 20 en busca de aventuras y buena vida. Fue después de una discusión con su padre que vendió unos viñedos que había recibido de herencia de una pariente y se embarcó rumbo al norte. Según registros, arribó en 1923 a la Isla Ellis, famosa porque allí emplazada la Estatua de la Libertad y porque en esos años era la puerta de entrada de los inmigrantes.

Relató en su libro Women for Sale que la pasó estupendo y se llenó de amigos mientras tuvo dinero. Cuando los recursos se le acabaron, las amistades desaparecieron y empezó a pasar necesidades, sobre todo hambre. El orgullo no le permitió pedir ayuda a sus padres y hermanos, así que enfrentó las precariedades y buscó trabajo en lo que fuera. Su primer empleo en Manhattan fue de lavaplatos, oficio modesto pero que le permitió sostenerse humildemente y lo mantuvo cerca del que quería ejercer, el de chef.

En 1924 se casó con Sonya, una joven que conoció en una reunión social y con la que tiempo después tuvo un hijo llamado Hugo.  Cuando había ascendido a mesero en un restaurant de Manhattan le hizo un favor a un policía, lo que marcó el inicio de su carrera como soplón: le tradujo una carta en italiano supuestamente de unos ladrones y luego, casi sin saber lo que estaba haciendo, le dijo que sabía de dos burdeles que funcionaban cerca. Por el servicio prestado el policía le dio un billete de $50 dólares, lo que equivale en la actualidad a unos $850 de la moneda norteamericana.

Así lo relató también en su libro, donde explicó además que la Brigada contra el Vicio usaba soplones externos para evitar suspicacias entre las prostitutas y sus proxenetas y que en el sistema creado había más de una forma de ganar dinero: “Una era obtener cinco dólares por cada mujer u hombre arrestado y otra, era ganar una parte de lo que las casas de prostitución de lujo pagaban por protección y para que los policías olvidaran por algunos meses sus direcciones”, señaló.

En Women for Sale, Acuña aseguraba que a pesar de que ganaba buen dinero y que podía mantener muy bien a su esposa e hijo, se sentía culpable, angustiado, tenía miedo, en las noches no dormía y si lo hacía, tenía pesadillas. Llevaba, además, una doble vida ya que a Sylvia le dijo que trabajaba en una firma alemana y que muchos días tenía que irse de viaje. Por el contrario, se quedaba en Nueva York a hacer su trabajo, dormía en hoteles y visitaba casas de juego, “que era mi único vicio”.

Estando en el límite de su salud mental, cayó en una trampa tendida por algunos miembros de la misma Brigada contra el Vicio que le tenía encono, quienes lo acusaron de extorsión. Después de pasar once meses en la cárcel y sincerarse con Sonya, se alejó de le policía y aceptó un trabajo de cocinero. Todo iba bien hasta que se encontró con su excolega, “Harry, el griego”, quien le advirtió que su vida corría peligro por lo que decidió acudir a la Comisión Seabury y decir todo lo que sabía a cambio de protección. “Algunos piensan que lo hice por dinero, pero sólo gané cerca de 2.500 dólares por entrevistas a diarios y eso no vale la reputación de un hombre. Otros porque quería aparecer como héroe y otros por revancha, pero mi real motivo fue el miedo”, recordó a la vez que señaló que la noticia del caso y de su confesión aparecieron en los diarios en Chile, por lo que cayó en desgracia en su familia y fue desheredado.

Chile en el estrado

Cuando Chile Acuña se decidió a delatar a los policías corruptos con que había trabajado se presentó en las oficinas del Samuel Seabury y ante los ojos atónitos de éste, confesó toda su experiencia en la Brigada contra el Vicio. Con todos estos antecedentes, el fiscal le dio protección y lo convirtió en su testigo estrella.

En noviembre de 1930, Acuña declaró en forma pública. “Expliqué quién era, mi vida y cómo llegué a los Estados Unidos y me involucré en la Brigada contra el Vicio. Extrañó que un hombre de mi educación haya caído tan bajo”, rememoró en su único libro. Habló sobre los cerca de 150 arrestos en que participó y cómo se hacía el “trabajo” y con quiénes lo realizó. Días después, en otra sesión de declaraciones, bajó del estrado y a petición del fiscal les tocó el hombro a 28 policías de los 40 presentados en fila. Así, con una acción digna de película, indicó los que estaban involucrados.  

El chileno tenía en realidad una memoria privilegiada ya que describió con lujo de detalles los casos donde plantó el dinero marcado, el aspecto de las víctimas, las casas donde vivían y la reacción que tuvieron cuanto fueron acusadas. Recordó la vez que participó en la detención de dos primas que vivían solas y que nada tenían que ver con prostitución y que zafaron porque tenían medios para solventar los sobornos. También la de una pobre y honesta madre de familia que lo enterneció al punto de rogar a los policías que no procedieran contra ella.

El caso y los cientos de testigos e inculpados se convirtieron en una las historias favoritas de los lectores de periódicos, especialmente de Nueva York.  Tres meses después de su testimonio, la noticia no daba tregua y hasta algunos acusados arremetieron legalmente asegurando que el testimonio de Acuña no era fiable debido a su prontuario.

Al final de cuentas, la policía entró en un proceso de depuración, lo mismo que la Corte de Mujeres. Aun así, Acuña siguió teniendo guardaespaldas que lo cuidaban día y noche y se cambió el nombre a Charles Manson, sin imaginar que iba a ser el nombre de un desquiciado asesino de principios de los años 70.

Pocos meses después, el 23 de abril de 1932, el New York Times publicó que Chile Mapocho Acuña había muerto la noche anterior en el Hospital del Ojo y Oído de Brooklyn, donde había acudido semanas antes debido a fuertes dolores de cabeza. En ese centro asistencial le diagnosticaron un tumor cerebral cuya operación debió aplazarse para que pudiera asistir a tribunales. “Luego del juicio Acuña volvió al hospital donde su condición empeoró. Ni las autoridades del hospital ni la viuda afirmaron si la operación se llevó a cabo”, señaló el diario.

No pudo, como escribió en Women for Sale, “volver mi cara hacia el este, hacia el amanecer de un nuevo día”. De él queda ese libro, que se puede conseguir en la sección libros raros de las bibliotecas de algunas universidades norteamericanas. Según su autor, lo escribió para contar su verdad y que los lectores lo juzgarán por sí mismos. Aun así, se dio el gusto de enviar ejemplares autografiados a la misma Brigada contra el Vicio, o lo que quedaba de ella.

Familia Acuña

Chile Mapocho Acuña fue hijo de José Acuña Latorre y Mercedes Mena Villalón. Su padre se destacó como constructor: hizo la cúpula de la Iglesia de Lourdes, instaló el primer sistema de calefacción del Senado y trabajó en la construcción de las estaciones de Melipilla, San Francisco El Monte, entre otras. “Construyó también una vega y un mercado en los terrenos que actualmente ocupa la Estación Mapocho”, asegura una publicación del Archivo Masónico, quien también indica que fue el responsable del primer alcantarillado que se instaló en Santiago, en la casa del senador Ramón Escobar.

Sus hijos tenían curiosos nombres: Sansón Radical, Arquímides Capitán, Australia Tonel, Justicia Espada, América del Sur, Tucapel Arauco, Chile Mapocho y Grecia Brasil. La más conocida es Justicia Espada, quien se convirtió en la primera mujer sudamericana que se recibió de Ingeniera Civil. Para homenajear a esta pionera, el Colegio de Ingenieros instauró un premio que lleva su nombre. Su nieta, Mirella Gajardo, la recuerda con mucho cariño y orgullo. De su tío abuelo Chile Mapocho, poco o nada sabe porque no se hablaba de él en la familia. “Puede ser porque en esa época la gente no tenía los medios actuales para comunicarse con quienes vivían lejos y también por negación ya que no era un asunto agradable”, asegura.

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