Bolsonaro tiene COVID-19 y las redes sociales explotan

Bolsonaro tiene COVID-19 y las redes sociales explotan

En Brasil, las redes sociales se llenaron de mensajes de apoyo al virus al estar enfermo Bolsonaro, mientras una periodista alega que “fracasamos como sociedad” por ello. ¿Está mal desearle la muerte a un negacionista de ultraderecha responsable por la muerte de miles? La duda tiene paralelo con Chile y las acusaciones de “golpismo” contra los que cuestionan la salud de Piñera.

Cae la noche de lunes 6 de julio en Brasil y en las redes sociales solo se habla de una cosa: ¿estará Jair Bolsonaro contagiado por el coronavirus?

Todavía no se confirmaba el positivo, información que vendría solo a la mañana siguiente, pero sus detractores, que hoy por hoy son mayoría en aquel país, celebraban esa posibilidad, y muchos de ellos con irónicos mensajes de apoyo al virus, cosas como “fuerza corona”, “haz lo que tengas que hacer”, “contamos contigo” y otras con el mismo tono burlón.

Mientras tanto, los seguidores del bolsonarismo, que pese a ser minoría no son pocos (al menos unos 25% de la sociedad) y que además sueles ser fanáticos, acusaban a la izquierda de ser “fascista”, por desear la muerte de su ídolo.

En medio de todo esto, llamó la atención un mensaje por Twitter de la periodista Vera Magalhães, representante icónica de los medios hegemónicos brasileños, diciendo que los deseos de muerte al presidente son una señal de que supuestamente “fracasamos como sociedad” .

Magalhães es la típica periodista de derecha que trata de ocultarse bajo el nombre fantasía de “prensa objetiva”, feminista solo cuando le conviene, defensora de los intereses del mercado, por lo que su humanismo con Bolsonaro es capaz incluso de relativizar las más de 65 mil muertes ya producidas en Brasil por el COVID-19.

Ahora que ya es oficial que el presidente brasileño tiene la infección que alguna vez llamó de gripecita, y que ahora le tiene enfermo y con síntomas – las informaciones desde el Palacio del Planalto apuntan a que tuvo fiebre de 38 grados en la noche del lunes y que radiografías de sus pulmones detectaron daños, aunque sin especificar en qué grado –, vuelven los anhelos de que su desenlace sea el mismo que sufrieron otros 65 mil de sus compatriotas, vidas que también fueron afectadas por las políticaS sanitaria demente de ese mismo Bolsonaro.

El mensaje de la periodista, aunque suene hipócrita, plantea una cuestión ética: ¿está mal desearle la muerte a un negacionista de ultraderecha cuya política ha sido responsable por la muerte de miles y que puede ser víctima de la misma plaga que ayudó a propagar?

Su frase no está de todo mal, porque por cierto hay miles de razones por lo que podemos concluir que “fracasamos como sociedad”, pero ninguna de ellas tiene que ver con burlarse de la desgracia de una persona como Bolsonaro, que de hecho ha pasado los últimos meses burlándose de los enfermos de coronavirus y de aquellos que se atrevían a tratar la enfermedad con la gravedad que corresponde.

¿Dije los últimos meses? Quizás podría enfocarme solo en los últimos días, en los que Bolsonaro simplemente ignoró el hecho de que hay una pandemia.

El sábado estuvo en la embajada de Estados Unidos celebrando el 4 de julio, como un patriota estadounidense más, cómo si no fuera el mandatario de otro país. Todo eso en un asado con invitados sin mascarillas o cualquier otra norma de seguridad, como si estuviesen en aquel mundo que existía antes de que el virus apareciera.

El domingo lo pasó caminando por las calles de Brasilia sin mascarilla ni guantes, y como si estuviera en campaña electoral: sacó fotos, estrechó manos, tomo en brazo a bebés ajenos, abrazó gente, generó aglomeraciones entre sus fanáticos, y todo eso un día antes de hacerse el examen que le detectó el contagio por coronavírus.

Toda esa negligencia además no es casual, Bolsonaro luchó por ella. A fines de junio, un tribunal de Brasilia impuso una norma que obligaba al presidente a usar mascarillas en actos públicos, bajo pena de multa si no lo cumplía. Los abogados del Planalto corrieron para derribar la norma y defender el derecho del mandatario a ser irresponsable, permitiendo el show del fin de semana.

Incluso en la misma conferencia de prensa de este martes por la mañana, cuando habló por primera vez tras salir el resultado positivo del examen, el presidente se sacó la mascarilla, contaminando los micrófonos que después serían retirados de la mesa por otras personas.

Claro que esas pequeñas tonteras puntuales no son nada comparado a toda una política de defensa de la muerte a escala nacional. Bolsonaro se peleó con los gobernadores y alcaldes que trataron de mantener medidas de aislamiento en sus estados y comunas, defendió a rajatabla la idea de que la Covid-19 es una enfermedad insignificante, que lo importante era mantener la economía sin importar cuantas muertes eso puede generar, se hizo propagandista de un medicamento (la hidroxicloroquina) que los científicos terminaron rechazando porque generaba más muertes por efectos secundarios que recuperaciones de pacientes, mantiene el Ministerio de Salud de Brasil hace más de 50 días sin un titular, administrado interinamente por un general, entre tantos otros absurdos.

En su afán por negar la pandemia, llegó incluso a promover entre sus seguidores la idea de invadir hospitales de campaña y sacar fotos para probar si había realmente tantos enfermos como se anuncia, o si era “fake news”, como le gusta tildar a las informaciones desfavorables a su gestión.

Ante todo eso, volvemos a la pregunta: ¿está mal desearle la muerte a un sujeto como este? Quizás esa duda tenga un paralelo con Chile, y las acusaciones de “golpismo” que Jacqueline Van Rysselberghe impuso a los que cuestionan la salud del presidente Sebastián Piñera.

Aunque me parece que el caso chileno no se trata de desearle mal al mandatario. De hecho, quizás los exámenes médicos que se solicitan pueden indicar que incluso por su bien y el de su salud, no solo por el bien del país, lo de alejarse del poder sería una buena decisión.

Chile enfrenta un escenario caótico tanto en la salud cuanto en la economía. Sus cifras son comparables a las de Brasil en términos relativos, y basta decir que, ante una enfermedad que necesita densidad demográfica para esparcirse, es el único país con menos de 20 millones de habitantes entre los 20 más afectados del mundo – y está en 6º lugar, superando algunas de las naciones más pobladas del mundo, y casi empatado en el 5º puesto con el Perú, que tiene el doble de habitantes.

Aunque sin ser tan agresivo como Bolsonaro, Piñera también menospreció los alcances de la pandemia. La diferencia entre ambos más en la postura que tomó tras perderse el control de las cifras de contagios y muertos: el chileno trató de fingir que no se apostó por la inmunidad de rebaño, pese a todos los indicios de que sí lo hizo, mientras que el brasileño mantuvo su discurso negacionista intacto.

Al igual que durante el estallido social, cuando pasó a evitar apariciones públicas y a delegar decisiones, Piñera muestra que las presiones de escenarios realmente graves y que requieren un liderazgo real le afectan internamente. Por eso lo que se plantea no es exactamente que se aleje, porque quizás no tenga que hacerlo, pero sí que debiera pasar por exámenes que determinen su estado de salud, este es el tema.

Querer que Piñera se aleje no tiene que ver con desearle mal a él personalmente, sea cual sea la prioridad de quien evalúa. Mantenerlo en el poder si los médicos determinan que no tiene condiciones para eso le hace daño a su salud y también a su imagen pública, además de debilitar al país ante el mundo y perjudicar a la gente que depende del acierto de las políticas públicas en un momento como el que vivimos en estos días.

Y, por otro lado, darle aún más poderes a un presidente es un error, aunque no hubiera ninguna duda sobre la salud del presidente, y peor aún en medio a dos crisis como las que Chile enfrenta en este momento.

Y al final, queda otra pregunta ética: ¿quién condenará por falta de humanidad la indiferencia ante las vidas perdidas por esos errores políticos justificados por la necesidad de proteger la imagen de un político, de proteger a una sola persona?.

Sobre el Autor

Víctor Farinelli

Corresponsal de Brasil en Chile.

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