Artículo 1

La Nueva Constitución –no solo en tanto “conjunto de leyes”, sino en cuanto “nueva hermenéutica” que lee dichas leyes- implica considerar a los bienes (agua, cobre, bosques, etc.) en su carácter común antes que en su estatuto privado y, por tanto, sociales antes que individuales.


“El hombre libre en ninguna cosa piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es meditación de la muerte, sino de la vida.”

Baruch Spinoza

La Constitución de 1980 fue la constitucionalización del neoliberalismo o, si se quiere, la expresión más extrema de éste como dispositivo de gobierno de los cuerpos. En sentido estricto, dicha Constitución es la inversión de la Filosofía del Derecho de Hegel, pues, como plantea su “artículo 1” (artículo doctrinario, ideológico, hermenéutico), no pone al Estado como motor de la historia, sino a la “familia” y a la “sociedad” (dos términos genealógicamente pertenecientes a la “familia” del discurso económico). Dicho artículo no ofrece una normatividad precisa, pero si una hermenéutica particular, en la que todo el resto de la legislación se interpreta a partir de su forma. Al plantearlo así, la Constitución elaborada por Guzmán pretendía golpear ideológica y estratégicamente al marxismo soviético (que justamente había pretendido invertir a Hegel) y, a diferencia de la Constitución de 1925 que, a través de la idea de “desarrollo”, tenía la tendencia mínima de estatizar la economía, la nueva Constitución legalizó la tendencia a economizar al Estado renovando así, las viejas técnicas pastorales renovadas ahora bajo la nueva rúbrica neoliberal.

El 18 de Octubre irrumpió como un virus en el cuerpo de dicha Constitución y la destituyó completamente, desacralizándola y mostrando la historicidad que supuraba. Podíamos cambiarla, tendríamos que cambiarla. Pero ¿por qué? Ante todo, lo que la Nueva Constitución no debe incorporar es cualquier forma que apunte a la conservación, explícita o implícita del “Artículo 1” señalado.

La Nueva Constitución deberá procurar lo que cualquier Constitución digna de dicho nombre debe procurar: dar poder al pueblo. Para eso, es necesario no solo escribir una Nueva Constitución, sino inventar otra hermenéutica, otro modo de interpretación, otro uso del mundo que abrace a una República en que las instituciones devengan profanas y resistan cualquier operación de sacralización.

Para eso, la Nueva Constitución tendrá que ser un texto abierto que posibilite la irrupción de potencias que no necesariamente puedan traducirse en un marco representacional, pero que impulsen transformaciones que el marco constitucional catalice. En este sentido, se trata de reactivar la vieja tradición “maquiaveliana” antes que la “hobbesiana”, aquella que acepte el conflicto político y nos lance a la felicidad; antes que aquella que tienda a su neutralización y solo nos ofrezca seguridad. Solo una Constitución abierta, será una Constitución profana que estará permanentemente en disputa.

La Nueva Constitución –no solo en tanto “conjunto de leyes”, sino en cuanto “nueva hermenéutica” que lee dichas leyes- implica considerar a los bienes (agua, cobre, bosques, etc.) en su carácter común antes que en su estatuto privado y, por tanto, sociales antes que individuales. Si Chile sigue en revuelta, es porque la Nueva Constitución solo devendrá desde el fuego; una Constitución que ya ha sido escrita en los múltiples rincones de las ciudades, en sus muros, calles, esquinas, plazas, casas, en medio de la conversación cotidiana. Todo ya está escrito. Solo resta seguir el ritmo de su escritura, el breve aleteo de la imaginación que sigue reunida en Dignidad.

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