Apuntes sobre el Neoliberalismo Millennial. Entre halcones y conservadores

En nuestra parroquia la derecha, de vocación hegemónica, ha devenido en una fuerza anti-conservadora, dado que lo conservador no cubre todo el espectro ontológico de la realidad, sino que es el espacio de un campo insustituible, aunque no suficiente para fundar la “totalidad” de la vida social. Para el mundo conservador la historia es un proceso y no necesariamente un progreso libidinal (laico/emancipatorio) que marche hacia una “filosofía de la historia” que suponga una racionalidad modernizante, o bien, una superioridad moral.

En el caso chileno los desplazamientos tectónicos implementados bajo la modernización pinochetista implican repensar el universo conservador y sus esquirlas. Tal tarea debe ser concebida desde los postulados de una tradición no afiliada a las premisas del proyecto económico-social “timoneado” por los “halcones” de Milton Friedman (‘Chicago Boys’). Aludimos a un hito fundacional: el famoso shock anti-fiscal que selló una escisión irreversible entre conservadurismo ontológico y la derecha neoliberal a comienzos de los años 80′.

En nuestra parroquia la derecha, de vocación hegemónica, ha devenido en una fuerza anti-conservadora, dado que lo conservador no cubre todo el espectro ontológico de la realidad, sino que es el espacio de un campo insustituible, aunque no suficiente para fundar la “totalidad” de la vida social. Para el mundo conservador la historia es un proceso y no necesariamente un progreso libidinal (laico/emancipatorio) que marche hacia una “filosofía de la historia” que suponga una racionalidad modernizante, o bien, una superioridad moral. La pasión conservadora implica leyes o regularidades que asumen que existe una sociedad a partir de la experiencia histórica. En suma, nada más lejos del conservadurismo que una contra-revolución modernizante encabezada por un  catolicismo integrista y altamente desregulador (caso chileno).

El filósofo chileno Renato Cristi, en más de un artículo, ha consagrado su trabajo a estudiar la “singular transición ideológica” de Jaime Guzmán, empresa que se extiende desde Jaime Eyzaguirre a Osvaldo Lira. Y de allí hasta arribar finalmente a las tesis de Friedman y a las ideas controversiales de von Hayek. Lo anterior nos permite identificar al conservadurismo como un sistema de creencias que –parafraseando a Alberto Edwards- apela a la figura de un Estado fuerte e impersonal. En su génesis este último hunde sus raíces en la crítica anti-ilustrada de mediados del siglo XVIIII (Conde de Rivarol) a la entrada de la revolución francesa y el aluvión industrial. Sin perjuicio del hito histórico, luego del ajuste estructural (1976), en nuestra parroquia el modelo neoliberal se sirvió de nociones tales como eficacia, control y neutralidad consagrando un “paradigma gestional”que erradicó cualquier lastre ético-normativo proveniente de procesos reformistas que heredaban las tradiciones emanadas de la propia experiencia republicana. De otro modo, y al precio de un nudo ciego, todo “gravamen social” que fuera un obstáculo para la nueva “asepsia económica” (liberalización de los mercados) fue desplazado por cuanto obstruía la re-invención del modelo productivo hacia una matriz de servicios. Por tal motivo la vieja república debía ser sacrificada. Y el soluto fue el shock anti/fiscal que abrazó la junta militar (1976) bajo el incontrarrestable principio de la eficacia, excluyendo ideologías o premisas conservadoras, estatales o liberal-reformistas.

Contra el sentido común, la eventual conducción conservadora de la política económica quedó excluida en los primeros años de la modernización pinochetista (1973-1976). En aquella trama el discurso de los ‘Chicagos boys’ apelaba a las leyes infalibles del monetarismo científico, a una conducción “no” ideológica del proceso social (“neutralidad valorativa”). Aquí tuvo lugar un barrido colosal de todas las tradiciones mesocráticas, una “limpieza étnica” de las figuras cívico-republicanas encarnadas en el régimen político consolidado en 1938 (Frente Popular). Este fue el colapso de la topografía nacional/desarrollista. Conviene recordar que la inspiración de la modernización neoliberal consiste en renunciar a los supuestos de una vida buena (“bien común” en clave conservadora) y establecer distancias de toda moral pública (léase monopolio) investida en la figura del Estado. Se trata, dadas las circunstancias históricas, de operar desde un “juicio de factibilidad” y desde una tecnificación del cuerpo social (accountability). Aquí imperan un conjunto de procedimientos técnicos basados en la expertise como aquel Corán que evitaría, según este paradigma, la regresión populista (“demanda popular”) del periodo nacional-desarrollista que experimentó América Latina hasta mediado de los años 70′.

Lo anterior nos permite identificar una distinción incomoda, pero muy necesaria, por cuanto se advierte una distancia constitutiva con los supuestos utilitaristas de auto-regulación del mercado y su preponderancia bajo el periodo de la libre concurrencia –periclitada en la década de los 30’. En cambio, la comunión moral del conservadurismo intenta compensar la desunión creada por el materialismo mercantil (capitalismo rapaz) cuyo paradero fue el jueves negro de 1929. Esta poderosa lección histórica a comienzos de los años 80’ fue notablemente retratada por Mario Góngora, quien a poco andar denunció la crisis de tradiciones cívicas en su célebre “Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile” (1981). Sin embargo, las implicancias públicas de su obra fueron incapaz de frenar la travesía que Jaime Guzmán –so pena de Tomismo- había iniciado en torno a un proyecto de liberalización económico-social que consagraría la idea de una subsidiariedad negativa, o al menos pasiva, pese a su adhesión teológica por las ideas de Michael Novak.

En suma, para el mundo conservador el orden social no puede ser concebido como el resultado de átomos yuxtapuestos llamados a establecer relaciones contractuales (provisiorias) para la satisfacción de sus intereses inmediatos. Si ello fuera así tendríamos un paisaje similar al utilitarismo de Tomas Hobbes, remozado por John Locke (empirismo ingles): los sujetos solo se ligarían por el factum de la norma, o bien, por contactos práctico-materiales, sin ningún otro tipo de apelación comunitaria. No existirían los grupos intermedios -caso del libera/conservadurismo de Montesquieu o Tocqueville- en distintas orientaciones. Y así las fuentes de solidaridad contarían con frágiles mecanismos normativos, salvo el campo de la contractualización y su dosis de atomización. 

Y es que desde el conservadurismo clásico es posible levantar una penetrante crítica al nominalismo anglófono, o bien, a las reapropiaciones de la escuela Austriaca (Von Misses, Von Hayek). Aquí resulta  necesario explicar el distanciamiento con una perspectiva contractual (liberal decimonónica) del orden social, por cuanto ella prescinde de las “instancias normativas” (creencias, ritos, instituciones y tradiciones u otras formas de integración) que harían más estable el orden normativo basado en el respeto y/o la legitimidad de las herencias culturales.

Hasta aquí podemos constatar una grieta ontológica entre la racionalidad conservadora y su concepción sobre autoridad, tradición y Estado –expuesta en la conocida obra de Mario Góngora- respecto a las premisas del paradigma gestional de los servicios (managerial). Si bien es posible trazar una primera “fricción” entre la Escuela de Chicago y el discurso conservador a fines de los 70’, también corresponde adelantar una explicación en torno a la posterior hegemonía modernizante que años más tarde dio lugar a un collage neo-conservador.

Por fin luego de cuatro décadas de decantación histórica, debemos nombrar  una transición que comprende dos registros inconmensurables. De un lado, las tradiciones valorativas extraídas del tiempo histórico y, de otro, las libertades económicas. Efectivamente, el imaginario conservador (comunidad moral, orden, familia, instituciones, trabajo y autoridad) está vinculado a compromisos ontológicos que se tornan controversiales con las tesis referidas a agentes particulares (subsidiariedad en su variante negativa) que reconocerían en el mercado el despliegue de una moral civilizatoria y la estrechez cognoscitiva. Es por ello que autores como Milton Friedman y F. Von Hayek -pese a cierta pereza de la izquierda chilena para abordar los desafíos conceptuales y hermenéuticos de ambos autores- han retratado sus ideas en la libertad de elección (Camino de Servidumbre) para dar cuenta de esto último, a saber, el discurso gestional acerca de crecimiento económico, sistema de vouchers, indicadores de logro, emprendimiento y des-regulación tiene como trasfondo la edificación de la sociedad de consumo.

En consecuencia, no podemos obviar esta “peculiar” mutación entre dos universos epistémicos que por la vía de un partido político (UDI) cedieron el espacio político a un clivaje liberal-conservador. Todo indica que el giro obligatorio del gremialismo neoliberal (es algo posterior a los ajustes antes mencionados, a lo menos un quinquenio) y consiste en su necesidad de adaptarse y apoyar el factum de las desregulaciones activadas desde la segunda mitad de la década de los 70’ por la escuela de Chicago; esta vez nacionalistas y conservadores se sienten interpelados por una vocación anti-estatista (léase anti-allendista en plena guerra fría) y por ello suscriben al principio de subsidiariedad en una clave defectuosa.

No existe a la fecha una explicación satisfactoria sobre este comercio conceptual y sus ambages ideológicos. En principio tal mutación obedece a procedimientos y axiomas que dan cuenta de un pragmatismo que explica las tensiones coyunturales que actualmente tienen lugar dentro de la desdibujada Unión Demócrata Independiente (UDI), los brotes liberales de “Chile Vamos” y Evopolis (UDI Millennial). En este sentido las decisiones del líder del gremialismo nos arrojaron a un barril sin fondo, a un sitio eriazo donde la voracidad de la capitalización derogó mitos, tradiciones y clivajes culturales de la vieja república (1938-1970). Ello también ha contribuido a una crisis de relato comunitario. A poco andar hemos sido testigos fúnebres de una derecha especuladora y oligopólica -ocaso cognitivo de la propia derecha- que en una versión controversial José Antonio Kast ha imputado al mismo proceso de liberalización- dado que no interroga los límites de la acumulación financiera. Y ello merced a una desregulación que abrió paso a un modo de producción especulativo (digital) cuyo abismo hoy se ubica en la potencia socio-productiva del capitalismo de Estado Chino.

Aquí se echaron las bases para una élite librada a la desmemoria, a la borradura de su propio archivo republicano. Una derecha en caída libre a la post-historia del capitalismo post-material. Esta nueva élite, dada su decadencia elitaria, no busca re-instalar las fronteras epocales, ni menos los rituales del bronce parlamentario. Llegamos al ‘descampado’ de la libre acumulación y la derogación de las fronteras del Estado nación (1950-1970) se han agudizado con la pandemia social -coyuntura mediante-. Guzmán, más allá de instruir un trazado época, no vaciló en aplicar una cirugía mayor. De un lado, se desprendió del universo conservador que representaba Mario Góngora y, de otro, contribuyó a la vorágine de la acumulación financiera desde la velocidad suntuaria del consumo en desmedro del retrato conservador. Fue así como la Constitución de 1980 fue la consumación judicativa del proyecto metafísico de la cibernética que ha transitado desde la teología política nacional-católica hacia la teología política neoliberal. En sentido estricto, dicha Constitución es la inversión de la Filosofía del Derecho de Hegel, pues, como plantea su “artículo 1”, no pone al Estado como motor de la historia, sino a la “familia” y a la “sociedad”, pero siempre mantiene en vilo la desregulación infernal y la sobreacumulación. Qué duda cabe, el líder de la UDI giró controversialmente (entre el evolucionismo de Hayek, el tomismo y la teología de Novak) hacia recetas liberalizantes. Y cabe admitirlo: debe ser recordado como un gran arquitecto del desfonde neoliberal.

Total
7
Shares
Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *

Related Posts
Read More

Espacio Riesco, el nuevo Supertanker

¿No es el arriendo del Espacio Riesco algo similar? ¿Acaso no se quiso hacer un golpe de efecto que, como hemos visto, no terminó en nada, con los pasillos del salón de eventos vacíos? Se dice que se usará una vez que colapsen los hospitales públicos, pero no se sabe si tiene la capacidad real para cumplir esa función.