Apruebo que Carabineros, tal como está, debe desaparecer

Foto: Agencia Uno

Carabineros colapsó junto con Chile; su mirada autoritaria, que daba resultado en un país adormecido por el cuento transicional, hoy no funciona. Esa curiosa historia de que eran los más queridos, actualmente no le hace sentido a nadie, salvo a quienes ven en ellos el último bastión de un “patriotismo” que se sustenta en símbolos de una elite trasnochada, y no en el respeto de los derechos de quienes habitan la Patria.           


Comenzó octubre y con él un clima político ad portas de tal vez el plebiscito más importante de nuestra historia reciente, por no decir el más fundamental de toda la vida de Chile. Estamos ante la disyuntiva de seguir bajo una Constitución creada para una ideología y sus caprichos, o cambiar las bases sobre las que continuaremos nuestra coexistencia democrática.

Ya lo dijo el filósofo esloveno Slavoj Zizek en un mensaje hace un par de días: ésta no es cualquier elección en la que se opta por alternativas en un mismo terreno; es una en donde realmente hay un real ejercicio de libertad, pues se buscará construir un nuevo terreno. Uno ojalá común donde haya certezas para todos gracias a una discusión en la que, es de esperar, entren todas las ideas democráticas, sin que algunas sean suprimidas o llamadas “inconstitucionales” por el solo hecho de haber sido derrocadas por las armas.

Por lo mismo, en las calles se han desatado controversias de toda índole con los ciudadanos que este relato construyó. Lo que pasó hace un año fue un colapso casi corporal, que no tiene que ver necesariamente con grandes relatos o pancartas ideológicas, aunque nos encontremos con éstas muchas veces, ya que se desarrolló con las herramientas de la ideología imperante. Fue un reventón del mismo ciudadano/cliente que se construyó al alero de un “consenso” impuesto por los que hicieron de sus reglas el aire en el que vivimos.

Los sucesos del viernes recién pasado en los alrededores de la llamada Plaza de la Dignidad nos hablan mucho de ese reventón y de la ineficacia de las instituciones para entenderlo. Carabineros, al haber sido empujado un joven al río Mapocho por uno de sus funcionarios, demostró que toda su lógica institucional ya no funciona en un país que explotó. La institución colapsó junto con Chile; su mirada autoritaria, que daba resultado en un país adormecido por el cuento transicional, hoy no funciona. Esa curiosa historia de que eran los más queridos, actualmente no le hace sentido a nadie, salvo a quienes ven en ellos el último bastión de un “patriotismo” que se sustenta en símbolos de una elite trasnochada, y no en el respeto de los derechos de quienes habitan la Patria.

Aunque suene feo decirlo en un contexto en el que lo político tradicional ha sido crucificado, lo que se requiere hoy es que la política haga su trabajo. ¿Estoy diciendo con eso que se reaccione de la misma forma en que se reaccionó en la Transición? No. Porque en aquellos años no hubo acción política; en cambio, se quiso hacer menos visible la derrota de la democracia ante una dictadura que, al haber perdido en su plebiscito, triunfó en la institucionalización de sus ideas.

En estos días, urge que, junto con el proceso que comienza, se plantee uno de los principales problemas de este régimen político y económico que debe terminar de una manera inteligente y no torpe: tenemos una policía que no sabe actuar en democracia y que, cuando quiere encargarse del “orden público”, lo que hace es desatar la violencia en las calles; ¿Y qué es lo peor de todo? Que está blindada en materia de financiamiento, lo que hace que sus jerarquías no estén del todo sometidas al poder político. Es decir, tal como está, debe desaparecer por el bien de todos.

¿Quién decía que la Constitución no era relevante?

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