Aprobar un nuevo Chile es votar Convención Constitucional

Si vamos por el Apruebo, si vamos por la apuesta democrática, tenemos varios desafíos. El primero de ellos, es para quienes nos reconocemos de izquierda. Tenemos que entender que el Apruebo no es de izquierda, ni propiedad de la izquierda. Votar Apruebo hoy día es una expresión popular mucho más amplia y de mayor sentido que nuestras banderas. Por esa razón, nuestra apuesta por el Apruebo debe ser inclusiva, diversa y convocante: no sólo para las fuerzas de oposición, sino también para quienes no se declaran antineoliberales y para los sectores de derecha que consideran que la salida de la crisis actual debe ser democrática.

La campaña ya empezó, y lo hizo en medio de una crisis sanitaria y social profunda, moviéndose en las turbulentas aguas de la incertidumbre, la esperanza, el miedo y los cambios. Pero también frente a un plebiscito que- abre amplias posibilidades y desafíos.

El plebiscito pone en la mesa dos formas de enfrentar la actual sensación de incertidumbre. En una vereda, tenemos una respuesta autoritaria a los problemas de la gente, donde la democracia sigue restringida, la escena de la violencia policial contra la ciudadanía se mantiene, y en general, la espiral de violencia se agudiza. De la mano van medidas de austeridad económica y, por supuesto, ningún cambio a la estructura de concentración del poder político y económico del país. Esta respuesta ya la hemos visto en los últimos 30 años y la estamos viendo en la Araucanía; en la impunidad por los casos de violación de los DDHH en el estallido; en un gobierno que no ha entregado certezas económicas a las personas ni siquiera en crisis, pero que sí ha sabido proteger a las grandes empresas a costa de la salud de las personas; y en la declaración constante de que todo cambio que busque acabar con el abuso hacia las mayorías es inconstitucional.

En la otra vereda, hay una respuesta de apertura, de encuentro, de diálogo, de democracia plena, de voluntad de mayorías e inclusión de minorías históricamente excluidas, donde se abre una posibilidad única de enmendar el rumbo y hacer los cambios necesarios es a través un espacio democrático (Convención Constitucional) que discuta con consensos amplios (2/3) la carta magna que va normar la estructura orgánica del Estado y los principios y valores que deben regir nuestra convivencia en este estrecho pedazo de tierra a un costado de la Cordillera de los Andes.

Si vamos por el Apruebo, si vamos por la apuesta democrática, tenemos varios desafíos. El primero de ellos, es para quienes nos reconocemos de izquierda. Tenemos que entender que el Apruebo no es de izquierda, ni propiedad de la izquierda. Votar Apruebo hoy día es una expresión popular mucho más amplia y de mayor sentido que nuestras banderas. Por esa razón, nuestra apuesta por el Apruebo debe ser inclusiva, diversa y convocante: no sólo para las fuerzas de oposición, sino también para quienes no se declaran antineoliberales y para los sectores de derecha que consideran que la salida de la crisis actual debe ser democrática. Sin embargo, el desafío más grande en este sentido, está frente a una ciudadanía, que quiere cambios, pero a la vez reniega de las responsabilidades y compromisos colectivos, que desconfía de las instituciones porque tiene razones de sobra para hacerlo, y que tiene un sentimiento pasional con el desengaño que se expresa en la ira contra la política institucional y tras años de neoliberalismo, sus héroes y heroínas son más una apuesta estética que una apuesta ética.

Para esto, tenemos que entender con humildad que se hace indispensable la tarea inicial de reconstruir confianzas. Esto implica volver a tejer lazos duraderos en lo local, pero con nuevas concepciones de lo que significa tejer estos lazos, donde la novedad permanente del neoliberalismo debe ser reemplazada por la revalorización de la constancia que implica el trabajo político y social. Este es el paso mínimo para des-elitizar la democracia y lograr efectivamente recuperar la política para la gente. 

El segundo desafío, y parafraseando a Kathya Araujo, apunta a que el Apruebo no se puede abordar desde una lógica puramente electoral. Es un momento para empujar la tarea de la imaginación transformadora, que muestre un horizonte temporal de largo plazo. En este momento histórico, Chile no requiere sólo de medidas puntuales, sino de grandes horizontes políticos que deben estar anclados en cosas concretas, pero puestos como horizontes deseables amplios. Estos hay que construirlos, con esfuerzo, con seriedad, con gravedad y con pasión.

El tercer desafío importante es la masividad y la Convección Constitucional. ¿Por qué? Primero, para reafirmar la convicción democrática de cambio y, segundo, para transformar el plebiscito en un fenómeno social y político, y no solo electoral. Las principales dificultades en este punto son el miedo al contagio y la gran desinformación respecto al plebiscito. Para lo primero, debemos exigir que se garantice nuestro derecho a votar a la vez que se cuida nuestra salud, por medio de campañas de cuidado y de medidas que permitan el voto para personas con COVID-19, sanitización de los locales de votación, entre otras. Respecto a la desinformación, es un desafío tan grande que incluso implica hacerse cargo del desconocimiento de la existencia del segundo voto del plebiscito, y por ende se podría pensar equívocamente al enfrentarse a esa papeleta que “mixta” es paridad, cuando la única opción paritaria es la Convención Constitucional.

Elucubremos, bajo el supuesto de que si más gente vota aumenta el Apruebo, en las condiciones actuales podríamos pensar que mientras más gente vote, es posible que más personas se inclinen por la Convención Mixta Constitucional. Por ende, la campaña debe estar enfocada principalmente a informar, saliendo de los círculos politizados y elitizados de la población, y organizando la esperanza que tiene el Apruebo, enfatizando que la Convención Constitucional es la opción más democrática y transformadora.

Porque puede ser que el Apruebo esté ganado, pero si no nos hacemos cargo de estos desafíos, es posible que en dos años más, cuando el proceso constituyente finalice, termine ganando el Rechazo.

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