Amenazado por convivencia

Foto: Agencia Uno

La culpa es de ese intento permanente del periodismo político chileno por transformarlo todo en el mismo reality, y a sus periodistas en animadores de una barbarie permanente. Los debates políticos se tratan de presentar una propuesta de representación a la gente y de debatir un futuro. Pero la televisión lo que vende es el formato de una polémica: El amenazado por convivencia.


Lo que está pasando con el debate de CNN es otro botón de la decadencia del periodismo político en Chile y el mundo. Llevamos dos años de pandemia y nos acostumbramos a la distancia, a las mascarillas, a poner el brazo, y antes que todo, a vernos por zoom. Marco Enríquez-Ominami tuvo que viajar a la CELAC, por sus compromisos con los líderes políticos de la región, con los que desde hace años intenta construir confianzas para hacer una Unión Europea a la latinoamericana. Y lo hizo durante el fin de semana pasado, estando de regreso este lunes a primera hora. Ahora está cumpliendo los siete días de cuarentena obligada y listo para participar en ese debate. Pero no, no se le permite debatir. Nadie le tiene miedo, lo sé, porque ninguno de sus contendores y contendoras puso obstáculos a su participación remota.

Reclamamos: “Es que el formato exige su presencia”, nos dijeron desde el canal. Entonces lo entendí. La culpa es del formato. La culpa es de ese intento permanente del periodismo político chileno por transformarlo todo en el mismo reality, y a sus periodistas en animadores de una barbarie permanente. Los debates políticos se tratan de presentar una propuesta de representación a la gente y de debatir un futuro. Pero la televisión lo que vende es el formato de una polémica: El amenazado por convivencia. Los periodistas en el púlpito indicando las bajezas o grandezas de sus candidatos odiados/mimados. Si no hay una provocación y un “eliminado”, entonces no vale la pena. Como la cosa no es informar, es entretener, tiene que haber un guionista diseñando el circo, y los candidatos ahí, en el estudio, sometidos a sus reglas.

La política desde hace siglos que es lo mismo. Un mundo lleno de hermosos valores embarrados por las asquerosidades del poder, por el ripio de las decisiones, por la sangre de las cicatrices. Es lo uno y lo otro. El que cambió fue el periodismo político, que pasó desde ese heroísmo investigativo de Bernstein y Woodward, a vender teles robadas. Porque eso es de lo que se trata, por ejemplo, filtrar a la opinión pública juicios: Tomar algo ilegal y venderlo. A todas sus investigaciones le ponen el “gate” de Watergate, pero muchas de sus audaces reuniones con “garganta profunda” no son más que “tomarse un café” en Isidora Goyenechea con un fiscal que busca fama.

Marco fue sometido a un juicio que iba a ser justo como todos los juicios. Hasta que algunos periodistas y fiscales empezaron a jugar a los trascendidos. De ese juicio fue declarado inocente, pero después de 7 años de trascendidos montados en la tele con música tenebrosa, planos en blanco y negro, cámaras ocultas, y todo el cuanto hay televisivo. Destruyeron nuestra campaña de 2017 y la credibilidad del líder que proponía Asamblea Constituyente desde 2008 y que en 2014 punteaba con un 40% las encuestas. Que les importa el país, si ya habían ganado los auspicios.

A los periodistas tenemos que exigirles más. Exigirles, por ejemplo, que ayuden a sacarle el barro a la política, no a metérselo. Aunque claro, todo cojo le va a echar siempre la culpa al empedrado. Pero a los periodistas también tenemos que exigirles menos. Nadie ha votado por ellos, así que no son representantes de la gente. A lo más que pueden aspirar es a ser representantes de ellos mismos y/o de los editores y dueños de los medios. Ellos no tienen el derecho a restar a un candidato de un debate porque, en medio de una pandemia, no puede estar de manera presencial. Esa arbitrariedad significa restarle otro trozo de representación a nuestra democracia en crisis de la misma, y ellos no tienen el derecho de hacer eso, de nuevo.

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