¿En serio alguien creyó que el capitalismo se acababa el 18 de octubre?

Mirar hoy a la gente comprando en grandes centros comerciales y sacar conclusiones tan fáciles como que el problema no era el modelo, es no entender que el consumo, o el consumismo, es más fuerte que la posición política o ideológica que se diga suscribir. Hay comportamientos que son cuestiones culturales que se producen por estilos de vida e incentivos hegemónicos.


Quien creyó que el capitalismo en Chile había terminado el 18 de octubre del 2019, no entendió nada o se quedó preso de sus ilusiones y sus miedos. Quienes están seguros de que la explosión social vivida en nuestras tierras fue solamente algo organizado, que no tenía nada que ver con el ciudadano construido en los últimos 30 años, no saben el país que habitan.

Por más que cueste entender, las explosiones de esta magnitud jamás se hacen con personajes extranjeros lejanos a las lógicas imperantes. Los destrozos, la rabia y la impotencia vista en el último año y tanto, no es la muestra de un discurso ideológico militante claro, sino de algo casi corporal que eran reacciones hacia eufemismos, términos y cuestiones que ya no le hacían sentido a nadie.

Eso es fundamental saberlo. Lo que acá explotó fue una forma de capitalismo que estaba reafirmada discursivamente por un relato transicional que buscaba estirarse más allá de lo conveniente. ¿Fue esto su término? Ciertamente no. Pero logró visibilizar que todo lo que se dijo que se era, realmente no era tal.

¿A qué me refiero con esto? A que, a diferencia de lo que dicen algunos pensadores oficiales, lo que había acá no era una expectativa mayor creada por el evidente desarrollo de los últimos años, sino la exigencia de saber qué era. ¿Es clase media esa que estaba y está hoy en los malls? ¿Ha hecho el desarrollo económico a los sujetos más libres y dueños de su destino como se dijo? Esas eran preguntas que circulaban muchas veces inconscientemente y son el resultado del revés del crecimiento y el bienestar pasajero del acceso al consumo, que es un malestar constante y que se traduce en el mal estilo de vida que la gente tiene para lograr tener uno bueno.

Con mal estilo de vida uno no habla solamente de la pobreza que Chile tuvo en el siglo XX, sino de aquella que está vestida de ingreso medio. Esa que sustituyó la poca certeza laboral por un crédito a destajo, en que, aunque ganes un poco más del sueldo mínimo, te puedes endeudar como si tu capacidad de pago fuera mucho más. Ese es el problema y la complejidad que trae consigo.

Mirar hoy a la gente comprando en grandes centros comerciales y sacar conclusiones tan fáciles como que el problema no era el modelo, es no entender que el consumo, o el consumismo, es más fuerte que la posición política o ideológica que se diga suscribir. Hay comportamientos que son cuestiones culturales que se producen por estilos de vida e incentivos hegemónicos.

Medir la concurrencia a los mismos edificios comerciales a los que se atacó el 2019 y afirmar que todo lo que pasó en el estallido fue prácticamente una pose, es no saber qué pasó; es transitar por un pasillo lleno de frases. Es creerse lo que algunos efectivamente se creyeron, y es que lo que venía hacia adelante no era capitalismo. Pero lo cierto es que no hay en el presente inmediato algo parecido a una alternativa a la sociedad capitalista. Pero sí existen bastantes alternativas a lo que en Chile conocemos como el único camino.

¿Solucionará alguna de estas el problema intrínseco del reinado del capital? Claramente no, pero lo puede hacer notorio, lo puede visibilizar. ¿Y cómo se logra eso? Poniendo más ideas en disputa, comenzando un debate ideológico y político que no esconda sus diferencias y sus contradicciones tras una historia convenientemente temerosa, como la que se construyó en los últimos treinta años en Chile.

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