Ahora sí: se acabó la transición

Cuando la derecha política pierde, por lo general, es la fáctica la que ejerce presión con menos decoro. Y hoy el oficialismo no existe. Hay un presidente que ya no solo es evitado, sino menospreciado y culpado del fracaso en rotundo, cuestión que aunque no parezca problema de la oposición, a la larga, debe tomarlo en cuenta como uno de esos factores.


Este fin de semana se testeó finalmente el estallido social del 18 de octubre. Si bien el plebiscito de Apruebo versus Rechazo dejó en claro que la Constitución actual ya no era una opción, las elecciones de este sábado y domingo ayudaron a entender mejor qué Apruebo ganó y cuáles son las señales que nos indicarán qué viene hacia el futuro.

Algo nada de menor para la historia de Chile es el resultado que obtuvo la lista de independientes, como tampoco-y sobre todo en estos tiempos de antipartidos- la llamada Apruebo Dignidad, formada por el Partido Comunista y el Frente Amplio. El PC, una colectividad con tradición de más de un siglo, ha sido siempre parte de proyectos con los que ha tenido experiencias relativamente satisfactorias y otras realmente macabras. Entre las primeras podríamos señalar el Frente Popular, la primera coalición de izquierda formada en nuestro país, y entre las macabras está claramente la persecución de la que fue objeto por González Videla y luego del golpe de Estado de 1973.

Sin embargo, la diferencia hoy es crucial: todo parece indicar que en esta oportunidad, y dado lo simbólico de sus triunfos por sobre las cifras, la colectividad fundada por Luis Emilio Recabarren debe tomar otra posición en el mapa político actual. Y es la de articular las fuerzas progresistas para lograr un proyecto contundente, amplio y modernizador. ¿Cómo lo hará?

Ciertamente no es una respuesta fácil. Una cosa son los discursos, los relatos históricos y la efervescencia, pero otra es la concretización de algo que pueda hacer concordar estos discursos con el ciudadano construido en estos años y sus virtudes y defectos, sus carencias y sus hábitos.

Pero el PC no está solo. A su lado está un Frente Amplio al que le ha costado entender el funcionamiento del poder, y que ha aprendido con la experiencia en el Congreso debiendo sufrir escisiones con colaboradores históricos y otros, como Pamela Jiles, que solo lo usaron como herramienta para tratar de destruirlo por dentro.

Una buena noticia es que esto último no ha sucedido. Pero eso no puede ser motivo de felicidad si no va acompañado de un entendimiento real de lo que pasó: se cayó finalmente un relato político que, a pesar de que no hacía sentido alguno, aún estaba funcionando. Y es ese que se construyó sobre la base de un eje en el que la confrontación entre derecha y la Concertación (Nueva Mayoría, llámele cómo quiera) parecía el único antagonismo existente, y en el que siempre descansaría la gobernabilidad nacional. 

Para reemplazar este antagonismo con cierta durabilidad, digámoslo, se requiere desde el lunes entender tamaña responsabilidad, comenzar a pensar no tanto desde la crítica a algo que ya no se sustenta en las urnas, sino en cómo se establece una alternativa que maneje un sinfín de factores que aparecerán conocido el trayecto histórico del país. Cuando la derecha política pierde, por lo general, es la fáctica la que ejerce presión con menos decoro. Y hoy el oficialismo no existe. Hay un presidente que ya no solo es evitado, sino menospreciado y culpado del fracaso en rotundo, cuestión que aunque no parezca problema de la oposición, a la larga, debe tomarlo en cuenta como uno de esos factores.

Es cierto, finalmente se acabó la transición y todo lo que esta llevaba consigo. Los eufemismos se despedazaron y las últimas cáscaras terminaron por caerse. Pero la pregunta de cómo se llena ese vacío es principal. Obviarla es no saber política. El trabajo cultural que se viene es enorme.

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