Adolescentes y fuerza pública: del dicho al hecho

Hace un año que el desfase entre las normas y la práctica parece ser cada vez mayor, y durante el invierno en pandemia además quedó claro que la represión se ejerce sólo contra los adversarios políticos del gobierno, siendo tolerada y justificada la violencia de otros sectores (los camioneros, manifestantes del rechazo, o pobladas anti mapuche como las que actuaron efectuando desalojos ilegales el 1 de agosto en Victoria, Curacautín, Traiguén y Ercilla). Con esto la cantinela de condenar “la violencia venga de donde venga” se revela una vez más como hipócrita y falsa.


La condición jurídica de niños/as y adolescentes nunca ha sido idéntica a la de los adultos, al menos en lo relativo al tratamiento que según las normas nacionales e internacionales debe dárseles por parte del sistema penal.

Pocos años antes de la Convención sobre los Derechos del Niño aprobada en noviembre de 1989, la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó las llamadas “Reglas de Beijing”, sobre la justicia de menores. Dentro de ellas se regula el “primer contacto” del menor de edad con la policía y el sistema judicial, señalando que el criterio clave es la necesidad de “evitar daños”.

Según  el comentario que aparece en las propias Reglas de Beijing:

“La expresión ‘evitar daño’ debe interpretarse en el sentido amplio de reducir al mínimo el daño al menor en la primera instancia, así como cualquier otro daño adicional o innecesario. Ello es de particular importancia en el primer contacto con las organizaciones encargadas de hacer cumplir la ley, que puede influir profundamente en la actitud del menor hacia el Estado y la sociedad”  (Reglas Mínimas de Naciones Unidas para la Administración de la Justicia de Menores, Comentario a la Regla 10 sobre “primer contacto”).

Desde antes de la arremetida represiva iniciada el 18 de octubre de 2019 y que ahora se ha vuelto a intensificar, llegando hasta el lanzamiento de un adolescente al río Mapocho el viernes pasado, sabemos que el “derecho normado” muchas veces no tiene nada que ver con lo que realmente ocurre en la práctica, donde generalmente opera un “segundo código” (no escrito) que termina siendo más determinante del trato real que se da a las personas en el sistema policial y penal.

Hace un año que el desfase entre las normas y la práctica parece ser cada vez mayor, y durante el invierno en pandemia además quedó claro que la represión se ejerce sólo contra los adversarios políticos del gobierno, siendo tolerada y justificada la violencia de otros sectores (los camioneros, manifestantes del rechazo, o pobladas anti mapuche como las que actuaron efectuando desalojos ilegales el 1 de agosto en Victoria, Curacautín, Traiguén y Ercilla). Con esto la cantinela de condenar “la violencia venga de donde venga” se revela una vez más como hipócrita y falsa.

A continuación acudo a mi propia experiencia de vida para referir cómo en los hechos se verifica este “primer contacto” de los adolescentes con la policía, tan relevante para toda la vida futura de la persona que lo sufre.

PRIMER CONTACTO (1987)

Arranqué varias veces de la policía en las calles céntricas de Punta Arenas por ahí por los años 1984 y 1985. Nunca estuvieron muy cerca de aprehenderme. Gracias a la velocidad propia de la pubertad y a los relatos que había escuchado de amigos más grandes que sí habían sido detenidos y/o golpeados por carabineros mis piernas sabían correr a tiempo para salvarme de la represión.

Llegando a Santiago en pleno año 1986 no sólo tuve que seguir corriendo rápido sino que  aprender el arte de picar a toda velocidad pero con los ojos bien abiertos para parar de golpe antes de toparse con otro piquete, que por lo general en esos días de mítines-relámpagos estaban apostados en todas las esquinas de la Alameda, entre San Antonio y La Moneda. En el Edificio Diego Portales (hoy GAM) era habitual ver que en los días de protesta que en una parte elevada y poco visible de la estructura del ex edificio de la UNCTAD se instalaban militares apuntando hacia abajo con ametralladoras.

Como quinceañero me creía un experto en esquivar a los “cilones” (como llamábamos a las Fuerzas Especiales). Hasta que una vez a fines de 1987, cuando ya había cumplido 16 y estaba terminando 4° Medio, al ir zafando de ellos por Alameda con Estado y justo en el instante en que me creía a salvo, de la nada un miembro del piquete de Fuerzas Especiales descargó con toda su fuerza el bastón de servicio contra mi espalda. Aún veo su cara roja, inflamada de abuso y odio, al momento de dar el golpe. En el momento aguanté el dolor y sólo me preocupé de terminar de salir del lugar: no quería ser detenido y mucho menos con la mochila llena de panfletos de las Juventudes Comunistas.

No les dije nada a mis padres ni hermanas, y recién al otro día me miré la espalda en el espejo. La forma de la luma seguía ahí, muy bien delineada en medio de un moretón en su fase inicial.   

Sentí rabia. Y seguí protestando igual. En esos tiempos de tortura y muerte me pareció que recibir un lumazo era lo de menos: “sacarla barata” como se dice.

SEGUNDO CONTACTO (1989)

El 1 de Mayo de 1989 fui a la concentración en General Velásquez, convocada por una recién reconstituida Central Unitaria de Trabajadores (que definitivamente no era idéntica a la antigua Central Única de Trabajadores de los tiempos en que la encabezaba el anarco-trotskismo de Clotario Blest y Luis Vitale).

Miles de personas, aglutinadas por lo general en torno a las banderas de la enorme cantidad de partidos y minipartidos de la izquierda más la presencia siempre algo polémica de la Democracia Cristiana, escuchan a oradores como Manuel Bustos (DC). Adelante estaba sentado Clotario Blest, que se desmayó a causa de su avanzada edad, y murió casi un año después, el 31 de mayo de 1990.

Al terminar el Acto, me voy marchando con la columna del Partido Socialista de los Trabajadores, sección chilena de una de las principales corrientes trotskistas internacionales y que poco después pasó a llamarse Movimiento Al Socialismo -igual que la sección madre radicada en Argentina-, para tratar de constituirse como “partido en formación”.

Casi al lado nuestro va una columna rojinegra del MIR, aunque ahora no recuerdo de cuál de sus dos fracciones (un par de años antes hubo una escisión entre el MIR “político” de Nelson Gutiérrez y Jécar Neghme, y el MIR “Pascal”).

Cuando ellos llegan a la Alameda, el carro lanza-aguas se les va encima y de inmediato empiezan los enfrentamientos. Un compañero de la dirección de nuestro micropartido nos dice: “¡Esta hueá se ultreó! ¡Nosotros nos vamos!”. Y dado que la cultura de ese tipo de sectas políticas incluye ir a estos grandes eventos del movimiento obrero con toda la familia, las 50 o 60 personas que iban bajo el lienzo del partido guardaron sus cosas y se retiraron.

Todos, menos yo, y otro cabro a quien no ubicaba, con un look entre proletario y punk, de los tiempos en que el punk rock en Chile era entendido por sobre todo como una estética visual, bastante combativa por cierto.

Nos fuimos corriendo hacia las barricadas que se estaban empezando a instalar en varias partes de la Alameda entre Las Rejas y General Velásquez. Corríamos en grupos peleando contra los guanacos, que en esos tiempos estaban pintados de negro y blanco. Arrancábamos hacia las barricadas y las tratábamos de incrementar y defender con lo que hubiera a mano.

De repente se produce una enorme arremetida policial. Corro hacia la esquina norte de Alameda con General Amengual, donde había un pequeño Servicentro, que sigue ahí. Quiero entrar a comprar algo y así eludir a los persecutores, ¡pero es feriado!, así que me topo de frente con sus puertas cerradas. Comprendo que es inútil seguir arrancando. Me toman entre tres o cuatro policías y me arrojan a la entrada de un carro celular (parecido a los que ahora usan como Traslado de Imputados) estacionado a media cuadra de ahí.

Entro como puedo mientras les dan palos a los detenidos que suben justo después que a mí. Arriba hay dos puertas y sin pensarlo me meto rápido por la derecha. Resulta que en ese lado están las mujeres detenidas, lo cual es bueno porque a ellas las hostigan verbalmente pero no las golpean, a diferencia de los palos y gritos que llegan desde el lado izquierdo. Pero me preocupa que me descubran ahí y me saquen a golpes hacia el sector correcto, así que me quedo quieto y espero. Varias mujeres jóvenes van botando de a poco por las rendijas los panfletos que habían recogido en la concentración.

El carro para a cada rato para hacer más detenciones. Frena y acelera bruscamente, causando que nos golpeemos entre nosotros y con las paredes y el techo. 

Escucho que suben a uno que grita “¡tengo derecho a una llamada!”. La respuesta no se hace esperar, en la voz grave de un paco que le dice: “¡eso es en las películas, ahueonao!”, y de inmediato se escucha un brutal sonido doble: el del palo que golpea su cabeza, seguido el sonido  del rebote del palo en el techo del bus. Varias veces, hasta que el detenido se queda en silencio.

Finalmente estacionan y nos hacen descender del vehículo. Nunca se dieron cuenta de que por error yo estaba con las mujeres. De repente ya estamos en el patio de la Comisaría que queda en Ecuador, cerca de la Villa Portales.

El panorama es desolador: cientos de hombres y mujeres detenidos, a quienes se mantiene reducidos en el patio, sentados con las piernas estiradas hacia adelante, y obligados a mantener la cabeza encima de las rodillas. A los que no aguantan la posición y levantan la cabeza los agreden a lumazos. “¿Viste que no es tan difícil?”, dicen mientras pegan, muertos de la risa.

Justo cuando nos van a ordenar que nos pongamos en esa misma posición en el suelo, alcanzo a ver a cuatro o cinco cabros como de mi edad a quienes le dieron un tratamiento especial: los tienen apoyados de cabeza contra la pared. Sus piernas están a cierta distancia de ella, las manos tomadas por atrás de la espalda, y el único punto de apoyo que tienen es la parte justo arriba de la frente, apretada contra la dura pared de madera.

En ese preciso momento les ordenan abandonar esa postura, y que salgan caminando en fila. Los jóvenes están desorientados y adoloridos. No pueden caminar, aunque lo intentan se caen al suelo. Los carabineros los levantan a palos y puntapiés.

Después de un tiempo que se hizo eterno sentado con la cabeza contra las rodillas empiezan a clasificarnos por edad. Me falta un mes y dos semanas para cumplir 18, que es la mayoría de edad penal, así que levanto la mano cuando preguntan por quienes eran menores de edad.

Yo cursaba el segundo año en la Escuela de Derecho, y si bien no nos habían enseñado “Derecho de Menores”, asumí como algo obvio que el tratamiento jurídico de los menores era menos malo que el de los adultos.

Craso error. Después de unas horas los adultos comenzaron a ser liberados, pues los cargos eran sólo de “desorden público”. Los menores, en cambio, fuimos llevados a un calabozo al interior de la comisaría.

Cuando ya se hizo de noche, nos sacaron esposados hacia un furgón policial que nos trasladó a la 34° Comisaría de menores, en avenida República.

El ingreso fue bastante duro. A los familiares que llegaron afuera -entre ellos mi madre, que había presenciado estupefacta cómo fuimos sacados desde la otra comisaría- les hablaron dulcemente diciendo que s fueran a sus casas y que no se preocuparan, pues esta era una comisaría de protección de menores, que nos iban a dar té con leche y pan con mantequilla para que luego durmiéramos tranquilos en literas antes de pasar al otro día al tribunal. Mientras tanto, nos obligaron a desnudarnos en una oficina a la entrada del recinto policial. Las mujeres policías que estaban a cargo de la revisión de una decena de jóvenes de sexo masculino se deleitaban en hacer observaciones sobre Allende, y se burlaban de nuestros cuerpos, mientras decían cosas como: “ese Chicho que tanto quieren ya debe estar todo podrido en el cementerio, hasta esos bigotitos que tenía”. No olvido sus caras. Pero me daban más pena que rabia.

Al sacarnos al patio en dirección al calabozo aparece un policía enorme que nos da un largo y odioso discurso, y nos mostró unas heridas de bala que tenía en la cabeza diciendo “me dispararon por la espalda porque los delincuentes no se atreven a darme cara”, y remató anunciando que para que reflexionáramos toda la noche sobre los graves desórdenes que habíamos causado en la Alameda había decidido quitar todas las colchonetas del suelo y no entregarnos frazadas, aprovechando que la noche iba a ser bastante fría. 

Dormimos con dificultad, acurrucados en un rincón todos los “protestantes”, más los niños ladrones que iban aprehendiendo de noche y que para capear el frío se agregaban de inmediato a nuestro montoncito. Cada cierto tiempo los carabineros iban y pateaban con toda su fuerza la puerta metálica, para asegurarse de que no nos durmiéramos del todo. Recuerdo a un cabro que al despertar dijo: “chuta….se me metió el ruido en el sueño y creía que eran los del Frente que nos venían a rescatar”.

Al otro día nos hacen formar para ir al tribunal, y nos advierten que aquellos que no sean retirados por sus padres o adultos responsables se iban a ir directo al SENAME. Yo no sabía que mi madre ya le habían avisada por amigos de mi detención. Un sector del cabrerío daba por hecho que sus padres no los iban a ir a retirar, y estaban aterrados ante la idea de ir a dar a los recintos del SENAME, que nunca tuvieron buena fama.

En el tribunal me dejaron ir bajo responsabilidad de mi madre, y nunca más supe de ese proceso. Los cabros que habían sido detenidos en robos durante la noche no salieron. Llegué a la casa, donde esperaba mi abuelo materno, muy preocupado y solidario, y me puse a estudiar para el control de Derecho Histórico II que tenía al otro día.

EPÍLOGO

Esos dos contactos no fueron los únicos. He seguido teniéndolos a lo largo de toda mi vida, como si el destino me hubiera dado el encargo de comprobar que tan cierto es lo que nos enseñaron en Derecho Constitucional cuando nos dicen que la policía existe “para dar eficacia al derecho”.

Una vez hice un reclamo por una detención ilegal que sufrí hacia el año 2008, y más de un año después me llegó la respuesta a la casa en un CD-R. La conclusión era que no habían existido irregularidades en la detención, y el fundamento de su conclusión era que no había que tener por cierta mi denuncia porque quien la formulaba es “una persona que tiene problemas con la figura del carabinero”.

Sólo les faltó agregar la referencia a las Reglas de Beijing sobre los efectos a largo plazo del “primer contacto”, absolutamente confirmadas en este autoanálisis de caso.

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