#Adiós2020: el año que aprendimos a vivir

Fotografía: Newtral

Con sentimientos encontrados te decimos Adiós 2020, porque con tus bombas de hacinamiento y disparos de incertidumbre hiciste estallar todas las heridas que crecían silenciosas, desenmascaraste todas las mentiras familiares escondidas en la libertad de las calles y la eternidad de las noches; y el empleo precario de fachada bonita mostró su más triste rostro de cesantía, y hermanos, tíos y vecinos se hundieron en el llanto crudo en cuarentena; depresiones solas superadas a la fuerza en el ajetreo del nuevo emprendimiento imaginado bajo la ducha, del delivery en la moto restaurada, del uber agarrado como salvavidas en el centro del mar.



Con sentimientos encontrados te decimos Adiós 2020, porque jamás podremos olvidar aquel momento de máximo temor, con la más estricta cuarentena, en el encierro inusitado, aprendiendo a vivir en los escasos metros cuadrados que descubrimos, en pequeños departamentos chilenos, como nuestro universo, constelaciones compuestas por un living comedor y una cocina en la que volvimos a hacer pan, con la receta de la mami, con la masa entre las manos, mientras por televisión escuchábamos que el mundo se caía a pedazos en forma de ataúdes abandonados en la calle.

Y pensamos una y otra vez, moviendo el viejo uslero rescatado, aferrados a la madera, en nuestra madre y el añoso abuelo que invierno a invierno le da pelea a la porfiada muerte, y decidimos dejar de verlos, una semana más, olvidarnos por momentos de sus rostros color ocaso, reemplazar pieles ásperas y el calor de los acurrucos por pantallas luminosas que no huelen a colonia vieja ni a arrugas sudadas. Imaginamos sus funerales sin deudos, últimos suspiros solitarios en hospitales fríos, y se nos rompió el alma, bajo el furioso temporal de junio, afirmados a una cerveza sigilosa en las medianoches de viernes que jamás parecieron viernes.

Con sentimientos encontrados te decimos Adiós 2020, porque con tus bombas de hacinamiento y disparos de incertidumbre hiciste estallar todas las heridas que crecían silenciosas, desenmascaraste todas las mentiras familiares escondidas en la libertad de las calles y la eternidad de las noches; y el empleo precario de fachada bonita mostró su más triste rostro de cesantía, y hermanos, tíos y vecinos se hundieron en el llanto crudo en cuarentena; depresiones solas superadas a la fuerza en el ajetreo del nuevo emprendimiento imaginado bajo la ducha, del delivery en la moto restaurada, del uber agarrado como salvavidas en el centro del mar.

Tantos rostros divorciados que se volvieron a mirar al espejo para echarse ánimos que no existían, ánimos pintados como el payaso pobre dibuja su risa, ánimos artificiales que el trajín de la vida devuelve hoy a las doce de la noche, cuando hombres y mujeres descubran que sobrevivieron, que sacaron el corazón a flote, con el cuerpo lleno de las cicatrices de pandemia, con arrugas que hoy sabrán aparecieron; con las zapatillas favoritas vendidas, sin auto, sin bicicleta, sin las joyas guardadas que se debieron vender para hoy poder estar aquí, acorralados por deudas marcadas en la frente, pero respirando al fin de cuentas, con un hijo, un amigo al que abrazar bajo el fuego de la peor peste planetaria. 

Adiós 2020 te dicen las más de 16 mil familias de chilenos a las que el covid les arrebató la vida de un hermano, una madre, un abuelo. Un abrazo de bienvenido 2021 que mirará al cielo buscando una sonrisa imaginaria que acompañará como una nube invisible para siempre.

Nubes que ahora están fresquitas, en Traiguén, Iquique y San Ramón; muertos que son nubes colapsadas de agua, metiéndose con fuerza en gargantas que no quieren dejar de recordar, gargantas que no quieren soltar al año en que vieron por última vez a sus amados. Mientras, dos casas más allá celebra su primer año nuevo la guagüita recién nacida, la preciosa niña que intenta sus primeras sonrisas mientras la caquita no la deja dormir; la bendición que llegó el año menos pensado, que obligó a la enfermera embarazada a dejar su hospital colapsado para hacer un prenatal a la distancia de sus compañeras agobiadas, mujeres que se olvidaron si era día o era de noche en la batalla contra el virus que a ellas también les cambió la vida. 

Quizás sea en los ojos luminosos de la bebé inocente que todos nos podamos encontrar esta noche, en paz, luego de dar tanta batalla, recibir tantos golpes y mazazos. En el agüita sana de la vista de Ema, la Amalia, el Mariano, el Gaspar, no habrá ya más reyerta, se reducirán los rencores contra gobiernos y ministros, contra injusticias y pobrezas. Como dicen las señoras que saben, en las guagüitas benditas está la esperanza de la vida que da sentido a este seguir, al continuar en esta angosta y larga faja de tierra echándole para adelante.

Mientras, los inescrupulosos seguirán sacando provecho de la desgracia ajena; vistiéndose de héroes presentando vacunas, creyendo sus trofeos el rescate que nos dieron nuestros propios ahorros en la hora del hambre y de la deuda. Pero el juego de los niños en las poblaciones, en los estrechos pasajes de los barrios de El Bosque, allí donde partieron las protestas del hambre contra un gobierno sordo, será siempre la ilusión, las ganas de seguir, de decir que venga nomás el 2021, a ver qué tanto pasa, si en 2020 los chilenos ya aprendimos a vivir, lanzando propinas desde el décimo piso a los chinchineros embanderados que nos recordaron, en el claustro, quiénes somos de dónde venimos.

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