Acerca del affaire Linconao/Marinovic, un par de cosas

Muchos no sabemos ninguna lengua hablada en Chile más que la lengua española, porque así se implementó nuestro Estado nación en el XIX. ¿Lo bueno? Que siempre se puede implementar un proceso planificador, ahora más que nunca, porque la historia, los discursos y la constitución la están escribiendo los pueblos y estos son plurilingües.


El Estado Nación Chile se construyó monolingüe, se estandarizó monolingüe y, como sucedió (y suele suceder) las lenguas regionales (es decir, lenguas sin Estado soberano) se las arreglaron como pudieron (algunas se extinguieron, otras cayeron en zona naranja o roja de peligro; otras, por vergüenza, se dejaron de hablar por algunas generaciones o, por sobrevivencia, se tornaron lenguas familiares).

El proceso de revitalización lingüística al momento de la Convención Constitucional estaba ajustándose en un proceso estandarizador bastante débil: nunca con un verdadero proceso planificador; con algunos movimientos certeros, sí; en algunos casos con algunos movimientos que se motivaban más por razones de “cumplir”, de “quedar bien”, pero siempre desde una óptica muy vertical. Como sea, cuando el proceso que está viviendo Chile empezó a tomar ribetes de peso en lo concerniente a la plurinacionalidad y plurilingüismo (conceptos muy nuevos para muchos de los chilenos y que empezaron a cuajarse en los últimos años, a pesar de llevar más tiempo) saldría, por angas o por mangas, un affair.

Yo lo estaba esperando, de hecho (suelo enseñar historia de las lenguas con una perspectiva estandarizadora) porque una comunidad con un plurilingüismo en diglosia (es decir, con una variante A prestigiosa y con variante o variantes B en posición marginada) requiere, justamente, de un proceso estandarizador “otro”, que implica concientizar a la comunidad hablante y, sobre todo, implica desarrollar un proceso planificador consciente, que es educar a la población.

Cuando Loncon, como presidenta de la CC asumió, su diglosia también asumió como eco de ese plurinacionalismo. En esa diglosia se impone su mapudungun materno y, como lingüista inmersa en el monolingüismo funcional español, el español como la variante A (la prestigiosa, la ejemplar, la que “hay que usar”), mas no su lengua funcional.

Esa fue la primera señal, siento, de lo que se venía: no conocer la complejidad y los requerimientos de un plurilingüismo como este. La queja de una constituyente de derechas como la señora Marincovic (muy parecido a lo que hizo Marta Hildebrandt en Perú) recala de manera ejemplar como esa voz hegemónica, voz de un Estado Nación monológico, monolingüe (o bilingüe, a lo más, como sucede en algunos colegios privados chilenos, con el inglés) que aún no está concientizado (o no quiere estarlo) con un plurilingüismo que aflora, en nueva cepa, en un Estado Nación que debe ser plurinacional.

Creo que lo que se viene ahora, como una labor de suyo de la mano con la Convención constitucional será cimentar, fomentar y dar voz al proceso planificador que instale el plurilingüismo como una necesidad estatal. Muchos no sabemos mapudungun, muchos no sabemos aymara, muchos no sabemos pascuense o vānaŋa, por ejemplo. Muchos no sabemos que algunas lenguas están en serio peligro de extinción si no se implementa una estandarización regional acelerada, por ejemplo. Muchos no sabemos ninguna lengua hablada en Chile más que la lengua española, porque así se implementó nuestro Estado nación en el XIX. ¿Lo bueno? Que siempre se puede implementar un proceso planificador, ahora más que nunca, porque la historia, los discursos y la constitución la están escribiendo los pueblos y estos son plurilingües.

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