11 puntos sobre el cliché sobre la violencia: Contra la violencia del cliché contra la violencia

Foto: Agencia Uno

El cliché “condena” tanto la “violencia” ejercida por un grupo de manifestantes contra una estatua como la implementación de gases lacrimógenos por parte de las fuerzas policiales. Con ello, el cliché borra las diferencias de posición, las jerarquías realmente existentes, superponiendo a ellas una moral abstracta que se promulga contra la violencia.


                                                                      “Condeno la violencia venga de donde venga”

Condorito.

1.- El término “violencia” ha devenido un cliché que obtura cualquier trabajo crítico. Desde el 18 de octubre, la “violencia” se ha levantado, desde el discurso oligárquico, como un término que se “condena” pero que se mantiene peligrosa y estratégicamente impensado.

2.- El uso actual del término “violencia” es de origen liberal. Presupone que la razón es contraria a la violencia y que la primera tiene la capacidad tribunalicia de ejercer el “juicio” contra lo que llama “violencia”. El paradigma liberal implícito aquí es que derecho y violencia, civilización y barbarie, se contraponen, siendo el segundo término el excedente del primero. Premisa liberal presente en la tradición contractualista desde Hobbes a Kant que hoy deviene cliché, es decir, un estereotipo que se repite pero que no piensa, que se reproduce infinitamente pero no nos interroga.

3.- La condena sobre la violencia es, a la vez, la violencia de la condena. El cliché: “condeno la violencia venga de donde venga” intensifica las formas de violencia antes de neutralizarlas. Su “condena” mantiene impensada la violencia precisamente porque no es capaz de reconocer la violencia del lugar de enunciación que la misma frase pone en circulación: la “condena” es el ejercicio soberano del juicio que, precisamente por eso, ejerce una violencia necesaria y pretendidamente suprema. En cuanto “suprema” el lugar de enunciación de quien ejerce el “juicio” que condena toda acción calificada de violencia, es el de la soberanía y, por tanto, de una violencia que se pretende “fuera” del resto de violencias, en una posición de privilegio, en el ilusorio lugar de un universal. En otros términos, es la posición del Leviatán de Thomas Hobbes para quien el Estado deviene la forma suprema de soberanía pues tiene la capacidad de neutralizar a la stásis (guerra civil) que se fragua en el mítico “estado de naturaleza”.

4.- El cliché: “condeno la violencia venga de donde venga” es ideológico porque impide pensar la violencia, deshilvanarla, imaginar otras posibilidades de pensamiento que no sea la dicotomía entre los que la condenan y los que no, entre los “amigos” y “enemigos”, los civilizados y los bárbaros. Por esto, el cliché es ideológico y patentemente reaccionario. Es el cliché que fomenta la guerra, la paranoia, la persecución contra todos aquellos que sean calificados de cómplices de “justificar” la violencia. Es la inquisición del pensamiento, si se quiere, su normalización, por más que aparezca lo contrario bajo el hermoso vestíbulo del humanismo. 

5.- El cliché respecto de la “violencia” responde a la cuestión de la “justificación”. ¿Qué es “justificar”? Ante todo, evaluar su uso bajo el paradigma de los medios y fines. Como bien reconoció Walter Benjamin respecto de la tradición jurídica, para unos, no importa que los medios sean “injustos” para alcanzar los fines propiamente justos (derecho natural); para otros, importan los medios que han de ser “justos” si se quiere alcanzar fines igualmente justos (derecho positivo). Sin embargo, la “justificación” remite exclusivamente a la violencia vistas desde el derecho (donde existe una mirada objetiva –la del juez- que puede “condenarla” o no). Solo en el derecho, la “violencia” aparece como su contrario que, sin embargo, es utilizada como “instrumento” que puede o no utilizarse para el cumplimiento o no de determinados fines. La “justificación” implica, por tanto, una noción de “violencia” orientada al cumplimiento de un determinado “fin”, a la realización de una obra determinada. Como bien identificó Arendt, esta noción de violencia responde a un paradigma “técnico” que, al igual que un martillo, o un computador, se identifica con un “medio” que puede alcanzar un determinado “fin”.  ¿Es la acción un medio para un fin, la realización de una obra y el uso de un medio –como la violencia? Interrogar al paradigma de la “justificación” significa comenzar la aventura del pensamiento e interrumpir el discurso sobre la violencia.

6.- La “justificación” o no de la violencia supone abstraerla y erigirla en equivalente general de toda acción. Es clave que el cliché sobre la violencia hable de ella a “secas”, como si ella se encontrara por fuera de la historia y sus procesos. Su “abstracción” permite elevarla a equivalente general, cuyo efecto político es justamente la neutralización de toda diferencia cualitativa respecto de acciones desempeñadas en posiciones de poder completamente diferentes. Así, el cliché “condena” tanto la “violencia” ejercida por un grupo de manifestantes contra una estatua como la implementación de gases lacrimógenos por parte de las fuerzas policiales. Con ello, el cliché borra las diferencias de posición, las jerarquías realmente existentes, superponiendo a ellas una moral abstracta que se promulga contra la violencia. El borramiento cualitativo de los grados e intensificaciones sitúa al abstracto significante “violencia” que invisibiliza las relaciones de poder reales: ¿es la misma “violencia” aquella de un niño cuando lanza una piedra contra las tropas israelíes que la de estas tropas cuando, con armas, tanques, aviones, apoyo internacional y mediático, éstas asedian a la población palestina? ¿Por qué Franz Fanon no consideraba equivalente la violencia argelina contra la colonización francesa? ¿Por qué Michel Foucault no habló de violencia sino de “relaciones de poder”? Justamente porque no abstraían sus diferencias cualitativas en las que se sitúan las relaciones entre los actores.  ¿Se convierte la violencia del oprimido en más “justificable” entonces? Justamente se trata de destituir este paradigma juristocrático de comprensión e ir más allá de la equivalencia general a la que desemboca y que dice “todo es lo mismo”. El nihilismo que todo lo iguala, que dice que “todo es lo mismo” que se tramita en la cuestión de la “justificación” deviene el patetismo con el que una clase dominante experimenta el terror frente a la sublevación popular que pretende neutralizar sin poder lograrlo. Con ello, se trata de prescindir de toda forma de “justificación” para que emerjan las intensidades múltiples en las que se juegan las formas-de-vida. No son ni el derecho ni la filosofía política los registros hermenéuticos para pensar, sino la stasiología como campo estratégico de enfrentamientos múltiples que no se dejan reducir a los análisis nómicos del monumentalismo filosófico y jurídico característicos de la tradición.

7.- Las violencias no son jamás equivalentes. Por eso, es clave –al menos por ahora- en un ejercicio de epoché necesario para el pensamiento, distanciarnos de la noción abstracta de “violencia” y atender las diferencias cualitativas que marcan las polimorfas y concretas relaciones de poder. Cuando se pregunta: ¿hay o no “violencia”? se presupone una noción unívoca –normativa- de la misma que, curiosamente, nunca coincide con el orden de la dominación.  

8.- La revuelta no es un término molar, sino stasiológico. Ella no expresa una “violencia” sino un deseo de habitar. Es el punto ciego de toda filosofía, de toda politología. La anti-materia de toda hegemonía que no puede contra ella. La revuelta es el verdadero hábitat de los oprimidos porque éstos no buscan un lugar en la escena nómica propuesta por la oligarquía, sino en el mundo que saben que es siempre de todos y de nadie. La revuelta no tiene nada que hacer con el discurso sobre la violencia y su efecto de normalización, sino con las potencias destituyentes que (des) anudan los lindes de toda hegemonía. Por eso, el presente no es el momento para abrazar “equivalencias” sino para liberar las decisivas “diferencias”. No “todo es lo mismo”, no “toda violencia es igual”: el decrépito espíritu del nihilismo no puede con la intensidad de las diferencias, los singulares que irrumpen toda escena.

9.- En cuanto excedente del orden jurídico, la violencia es, a la vez, el reverso de dicho orden y, por tanto, el orden mismo que pretende negar. La stasiología nada quiere saber de la abstraída violencia, y todo, de la multiplicidad de las relaciones de poder, de sus enfrentamientos capilares, de sus estallidos silenciosos y pesadillas cotidianas. Dejémosles la maquinaria de guerra que proyecta “condenar la violencia venga de donde venga” a los policías del pensamiento e interrumpamos su falaz “pacifismo” con la radicalidad del gesto y la stasis. Como la revuelta, también el pensamiento tiene a la policía como su amenaza más decisiva. Porque pensamiento y revuelta son dos términos para designar una misma intensidad. Digámoslo provocativamente: la revuelta no fue otra cosa que irrupción de pensamiento.

10.- Perpetuar el cliché sobre la violencia conduce al fascismo. Para el 18 de Octubre de 2021, el gobierno invirtió la estrategia policial: en vez de llenar de policías y militares las calles de Chile, abandonó a las mismas a las bandas delincuenciales y así procurar que sea la misma ciudadanía la que clame por “más policía”. No tendrá que lidiar con los DDHH exigidos por la izquierda, porque ahora la izquierda tendrá que lidiar con los ciudadanos que le exigen comprometerse en la agenda de seguridad. La fascistización está en curso. No es difícil. La revuelta no es garante de nada sino pervive en ella un trabajo crítico y constante de “desmitologización” que pueda problematizar el uso de los términos de los opresores –los “falsos mitos” decía Furio Jesi-  antes que asumirlos irreflexivamente por parte de los oprimidos. Desmitologizar la agenda de seguridad y no hablar de ella como si fuera un hecho dado o natural, constituye el punto de partida de toda apuesta revolucionaria.

11.- La clase dominante ve violencia solo en la sublevación popular que impugna su dominio. Por eso, el cliché sobre la violencia tiene algo de verdad en la medida que en él se juega la imposibilidad de ver la devastación de su orden. Cuando la ven, se burlan de ella. ¿Imperialismo? –no existe, formas que tiene la “izquierda” para culpar a otros de su propia miseria. ¿Pobreza? Son unos incultos que no conocen las cifras. ¿Violencia estructural? Fórmula abstracta del marxismo –o del madurismo- que no contempla a los individuos para atentar contra la sagrada “democracia”. Las múltiples formas de sublevación exponen dicha dominación al desnudo, pero la clase dominante no puede verla porque ella está objetivamente implicada: solo en eso, la clase dominante no puede ser juez y parte. No porque tenga “mala voluntad”, sino porque su posición dominante en la materialidad de la lucha de clases se lo impide.

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